Después de dejar a su amante en una de las esquinas antiguas de Madrid, Buceta se despidió de ella con ternura y emprendió el camino de regreso a casa. Frente al portal del edificio, se quedó un instante pensativo, calculando en silencio cómo y de qué manera expondría todo a su esposa. Subió las estrechas escaleras de la finca y abrió la puerta.
Hola dijo Buceta. ¿Aurora, estás?
Sí, en casa contestó Aurora con su imperturbable flema. Hola. ¿Voy friendo ya los escalopes, o qué?
Buceta se prometió a sí mismo actuar con franqueza, con decisión, con firmeza viril. Cortar, de una vez, con la doble vida antes de que los besos de la amante se enfriaran en sus labios, antes de volver a ser engullido por la rutina.
Aurora dijo, aclarándose la garganta. Venía a decirte… que debemos separarnos.
La noticia a Aurora le resbaló. Siempre fue difícil alterar la serenidad de Aurora Buceta. En tiempos, Buceta incluso se burlaba de ese temple llamándola Aurora la Fría.
¿Y eso? preguntó Aurora desde la puerta de la cocina. ¿Entonces no frío los escalopes?
Como prefieras contestó Buceta. Hazlos si quieres, si no, no. Pero yo me marcho con otra mujer.
La mayoría de esposas, tras semejante anuncio, suelen abalanzarse a sartenazo limpio o armar una escena digna de zarzuela. Pero Aurora nunca fue como la mayoría.
Menudo figurín soltó ella. Pero, a ver, ¿has recogido ya mis botas del zapatero?
No… Buceta, desconcertado. Si tanto te importa, ahora mismo bajo y me las traigo.
Ay, Buceta, qué cruz… murmuró Aurora. Mándale a por pan y te trae harina.
Buceta se sintió herido. Todo el drama que había imaginado se desinflaba como un globo. Faltaban emociones, gritos, reproches. Aunque qué otra cosa esperar de la mítica templanza de Aurora la Fría.
¡Me da la impresión, Aurora, de que no te estás enterando! protestó Buceta. Te estoy diciendo oficialmente que me voy con otra mujer, que te dejo, y tú, hablando de botas.
Hombre, a diferencia de mí, tú puedes irte a donde quieras. Tus botas no están en el zapatero remató Aurora con gentileza implacable. ¿Por qué no habrías de ir?
Habían compartido muchos años, y sin embargo, Buceta nunca supo bien cuándo Aurora hablaba en serio y cuándo ironizaba. Se había enamorado de ella precisamente por esa calma, su falta total de conflicto, su sobriedad. A lo que se sumaba una admirable capacidad de gestión doméstica y unas formas rotundas y atractivas.
Aurora era fiable y leal, tan fría y poderosa como un ancla de treinta toneladas. Pero ahora Buceta amaba a otra. Una pasión ardiente, prohibida, dulce. Había que poner fin y volar a otra vida.
Así que, Aurora declaró Buceta, con solemnidad dolida y cierta dignidad, estoy agradecido por todo, pero me marcho porque quiero a otra. A ti ya no te quiero.
Será posible dijo Aurora. No me quiere, el señorito de medio zapato… Mi madre, por ejemplo, quería al vecino del quinto. Y mi padre adoraba la partida de dominó y el orujo. ¿Y qué? Mírame, aquí estoy, una joyita.
Buceta sabía que discutir con Aurora era como estrellarse contra una muralla. Cada frase suya pesaba como el plomo. Todo el dramatismo le abandonó; se le quitaron las ganas de montar ningún escándalo.
Eres estupenda, Aurora admitió sin alegría. Pero quiero a otra. La quiero como un loco, apasionadamente, y quiero irme con ella, ¿lo entiendes?
¿Esa otra quién es? ¿Maribel la de la frutería?
Buceta dio un paso atrás. Hacía un año, en efecto, tuvo un lío clandestino con Maribel, pero jamás pensó que Aurora la conociera siquiera.
¿De dónde sacas eso tú…? intentó preguntar, pero desistió. Da igual. No, no es Maribel esta vez.
Aurora bostezo.
¿Entonces a lo mejor es Clara la de los seguros? ¿Con ella te fugas?
A Buceta le recorrió un escalofrío. También había sido su amante en el pasado, y si Aurora lo sabía, nunca dio muestra de nada. Claro, ella era de pocas palabras.
No es ni Clara ni Maribel respondió Buceta a la defensiva. Esta es otra mujer, maravillosa. La cima de mis sueños. No puedo vivir sin ella y me voy, aunque me lo ruegues.
Pues será entonces Maite, seguro remató Aurora. Ay, Buceta… eres peor que una puerta vieja. Menudo secreto, vamos. ¿La cima de tus sueños? Maite Valentina Alonso. Treinta y cinco años, un hijo, dos legrados… ¿acierto?
Buceta se llevó las manos a la cabeza. ¡Diana total! Con Maite Alonso tenía ese romance ahora.
¿Pero cómo… quién te ha contado…? ¿Me has seguido, acaso?
Elemental, querido Buceta sonrió Aurora. Hijo, soy ginecóloga desde hace más años de los que tienes de discreto. Y he visto por consulta a todas las mujeres de este Madrid, tú sólo a la mínima muestra. Me basta con echar un vistazo donde se debe para saber si ya has pasado por allí, calamidad.
Buceta se rehizo a duras penas.
Supón que aciertas admitió, casi gallardo. Incluso si es Alonso. Da igual. Me iré.
Tonto eres, Buceta dijo Aurora calmada. ¡Si al menos preguntaras antes! Te digo como profesional: en Maite no hay nada maravilloso, igual que todas. ¿Has visto el historial médico de tu cima de tus sueños?
No… confesó Buceta bajito.
Pues hale. Primero, al baño, y mañana pido cita con García, en Sanidad, para que te vea sin tener que esperar. Luego hablamos. Es de risa: ¡marido de ginecóloga sin saber elegir una mujer sana!
¿Y yo qué hago, Aurora? preguntó Buceta, vencido.
Voy a por los escalopes dijo Aurora. Tú dúchate y haz lo que quieras. Si algún día necesitas que te aconseje sobre mujeres sanas, avisa, que te paso referencias.







