Sobre nuestros parientes que alquilaron una habitación a nuestra hija universitaria

Nuestra hija Clara vivió durante cinco años con nuestros parientes: mi hermana y su marido. Su hijo se casó joven y se marchó a otra ciudad. Fue Teresa quien nos propuso que Clara se quedara con ellos. Nosotros teníamos pensado poner a nuestra hija en una residencia de estudiantes, pero aceptamos el ofrecimiento. Acordamos la cantidad a pagar y Clara se instaló en casa de Teresa. Le enviaba el dinero puntualmente cada mes, incluso en los veranos cuando Clara estaba en casa.

Además, llevábamos a mi hermana productos de nuestra huerta y jardín: patatas, cebollas, remolachas, zanahorias y coles. Regalábamos también diferentes frutas, mermeladas, encurtidos y bastante carne.

Por supuesto, nuestra hija también comía de estos productos, aunque la mayor parte terminaba en la mesa de Teresa y su marido. Ellos no dudaban en agasajar con todos estos manjares a otros familiares y amigos. Clara comía aparte; nadie en casa de mi hermana se molestaba en cocinarle.

En cuanto subía la factura de la luz o el agua, Teresa nos avisaba y subía el alquiler. Varias veces pensé en buscarle habitación a mi hija en otro sitio, pero sentía que, al estar al cuidado de mi hermana, Clara estaba más protegida.

Todos los veranos, durante cinco años, Teresa y su marido venían a visitarnos. Se marchaban siempre con las bolsas repletas y una sonrisa de oreja a oreja. Pero cuando Clara se licenció, consiguió el título y se casó, fue entonces cuando en otoño recibí una llamada de Teresa. Me preguntó cuándo iría a llevarle patatas, carne y demás cosas de la huerta.

Me sorprendí y le dije: Si te hace falta algo, ven tú misma. Son sólo 150 kilómetros y tienes coche.

Teresa colgó sin más. Pensé que habría habido un fallo en la línea. Un par de horas después, me llamó su marido. Me gritó por teléfono, acusándonos a mi marido y a mí de haberles utilizado y luego haberlos dejado de lado. Según él, durante todos aquellos años no les habíamos pagado nada. Incluso me reprochó que mi hija usara mucho la lavadora, diciendo que solo se debía poner una vez a la semana.

No mencioné nada acerca del valor de los alimentos que les llevamos durante cinco años. Poco tiempo después, mi hermana y su marido aparecieron en casa para exigirme el dinero. Justo mi marido estaba en el trabajo. Vinieron en su propio coche. Les negué el pago y entonces comenzaron a caminar por el jardín, llevándose lo que les apetecía.

Por suerte llamé a una vecina, que avisó a la policía. Mi hermana y su marido acabaron en el cuartelillo. Les pusieron una multa y luego los soltaron.

Ahora, el resto de la familia me mira como si fuera una persona repugnante. Teresa cuenta a todos que alimentaron gratis a mi hija durante sus estudios, que vivió con ellos sin pagar y que casi les metí en la cárcel. Así es como he acabado siendo la mala, la desagradecida…

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Mi marido no me cogió de la mano cuando perdimos a nuestro bebé. Tomó mi huella digital.