Tras dejar a su amante a la puerta de su edificio en Salamanca, Miguel Buendía le dedicó una caricia lenta, una despedida suave que delataba la ternura que aún le hormigueaba en los labios. Puso rumbo a casa. Al llegar al portal, vaciló un instante midiendo mentalmente cada palabra que dirigiría a su esposa. Subió despacio las escaleras, buscando en el repique de sus pasos el valor que le faltaba. Metió la llave y entró.
¿Hola? pronunció Miguel, apenas audible. Clara, ¿andas por casa?
Aquí estoy le respondió su esposa con calma estoica desde la cocina. Hola. ¿Empezamos ya con los filetes?
Miguel se prometió ser directo, plantar cara como un hombre de verdad y no seguir oculto en su doble vida, tan cobarde como tentador, mientras aún le ardían en la boca los besos de su amante.
Clara se aclaró la garganta, buscando autoridad. He venido para decirte que debemos separarnos.
La noticia no movió nada en el gesto de Clara. Era casi imposible sacar a Clara Buendía de sus casillas, y Miguel, en su momento, le había puesto el mote de “Clara la Impasible” por ese motivo.
¿Eso qué significa? preguntó Clara, asomando desde el marco de la cocina. ¿No hago los filetes?
Como prefieras dijo Miguel, sintiendo un leve temblor. Si quieres, hazlos; si no, no. Yo me marcho con otra mujer.
Con tal confesión la mayoría de las esposas habrían lanzado la sartén o montado una escena memorable. Clara no era de ese grupo.
¡Uy, menudo enterao! contestó ella. ¿Y mis botas del zapatero, las has traído?
No Miguel se encogió. Si te importa tanto, bajo ahora mismo a por ellas.
Ay, Miguel bufó Clara con media sonrisa. Eres tal cual, Buendía. Te mando por calzado y vuelves con las zapatillas de hace tres inviernos
Miguel sintió un pinchazo de ofensa. ¿Era así como debía acabar una separación, sin reproches ni llantos, sin pasión, sin rabia? ¿Pero qué más podía esperar de su “Clara la Impasible”?
¡Clara, no me escuchas! explotó. Te anuncio oficialmente que me voy con otra, que me largo de casa y tú sólo hablas de botas
Normal repuso ella sin inmutarse. Yo no puedo irme a ningún sitio, pero tú sí: tus zapatos no están en el zapatero.
Habían pasado juntos media vida y Miguel aún no había aprendido a descifrar si Clara bromeaba o hablaba totalmente en serio. Justo por ese carácter sereno, esa paz y esa economía de palabras se había casado con ella. Y porque era una mujer de recursos, firme y con un cuerpo agradable.
Clara era fiable, leal y fría como un ancla de hierro. Pero ahora Miguel estaba enamorado de otra. Amaba con locura y con pecado. Así que debía zanjar la cuestión y buscar un horizonte nuevo.
En fin, Clara Miguel bajó la cabeza, jugando a ceremonial. Te agradezco todo cuanto has hecho, pero me marcho. Amo a otra mujer, a ti ya no.
Me tienes pasmada dijo Clara, irónica. Mira tú, no me quiere el señorito. Mi madre, por ejemplo, estaba enamorada del vecino; mi padre, del dominó y del vino. ¿Y? Aquí estoy yo, tan campante.
Miguel sabía que discutir con Clara era luchar contra el peso de las palabras. Su entusiasmo inicial se evaporó; no quería broncas.
Clara, eres maravillosa, de verdad musitó. Pero amo a otra. Me vuelvo loco por ella. Me voy, ¿lo entiendes?
¿Otra? ¿Quién? ¿La Lucía Carrasco, la de la gestoría?
Miguel dio un paso atrás. Cierto, había tenido algo con Lucía el año pasado. ¡¿Y cómo lo sabía Clara?!
¿Y tú cómo? balbuceó, pero se mordió la lengua. Da igual. No, no es Carrasco.
Clara bostezó.
¿Entonces será Marta Ferrero? ¿Te vas con ella?
Miguel sintió un frío en la espalda. También Marta había sido un desliz, pero pertenecía ya al pasado. ¿Cuánto sabía Clara exactamente? Ella, pétrea, nunca preguntaba nunca reprochaba.
Ni Marta ni Lucía dijo Miguel, tragando saliva. Es otra, una mujer fascinante, de veras, la cima de mis sueños. No puedo vivir sin ella y me voy a su lado. No me lo impidas.
Esta claro, será entonces la Mayte, ¿no? Mira que eres transparente, Miguel Ya ves tú, ¡qué secreto! La cima de tus sueños: Mayte Valdivieso, treinta y cinco, un hijo, dos abortos ¿Me equivoco?
Miguel se llevó las manos a la cabeza. ¡Diana! Justamente iba a largarse con Mayte Valdivieso.
¿Pero cómo? murmuró. ¿Quién te lo ha contado? ¿Has investigado, me has espiado?
Por favor, Miguel repuso Clara con aire de quien lo ha visto todo. Soy ginecóloga en Salamanca desde hace veinte años. Yo he tocado a más mujeres en esta ciudad de las que tú ni sospechas. Me basta un vistazo y ya sé por dónde has pasado, alma de cántaro.
Miguel apretó los dientes.
Supongamos que has acertado dijo, intentando sonar digno. Aunque sea Mayte, me voy igual. Eso no lo cambia nada.
Eres un insensato, Miguel añadió Clara con sorna. ¡Podrías habérmelo preguntado, aunque sólo fuera por curiosidad! Por cierto, de fascinante, Valdivieso tiene poco, igual que el resto, te lo digo como médica. ¿Y tú, sabes cómo anda tu cima de la salud?
N-no reconoció Miguel entre dientes.
Pues hale. Te vas derechito a la ducha, luego mañana llamo a Nico, el microbiólogo, y que te hagan las pruebas sin esperar cola decidió Clara. Y después, hablamos. Menuda vergüenza: ¡el marido de una ginecóloga sin capacidad para elegir mujer sana!
¿Y qué hago yo ahora? preguntó Miguel, al borde del sollozo.
Pues yo voy a preparar los filetes sentenció Clara. Tú dúchate y haz lo que quieras. Y si quieres una cima de ensueño sin sustos, pregunta, que te asesoroMiguel avanzó hacia el baño, ensimismado, los zapatos resonando en el suelo como si anunciaran su derrota. Abrió el grifo de la ducha y, mientras el agua calentaba, se observó un instante en el espejo. Vio el reflejo ahogado de sus gestos: las cejas arqueadas, el cabello con entradas, la barbilla indecisa.
Una carcajada brotó de su garganta, primero ronca, después imparable. ¡Clara la Impasible! Nadie jamás podría ganar esa partida. Ni con pasión ni con traición; no había herida ni gloria posible. Sintió, sorpresivamente, alivio: las mentiras se evaporaban con el vapor que ya empañaba el espejo y, pese a la derrota, aún quedaba verdad en aquella casa.
Se duchó largo y después, aún envuelto en la toalla, asomó al umbral de la cocina. Clara cenaba en silencio, el tenedor erguido y una sonrisa ladeada en los labios, como si custodiarlo todo desde su trinchera invisible.
Miguel se acercó, sumiso, y cogió su filete del plato con los dedos, como un niño. Clara alzó la vista.
¿Vas a quedarte?
Miguel se encogió de hombros, tragando el primer bocado.
Quizá me quede dijo al fin. O quizá me vaya. Hoy, sólo quiero cenar contigo.
Clara asintió con su imperturbable dignidad, y al alzar sus copas de agua como si brindaran por una complicidad secreta, ambos supieron, sin decir palabra, que a veces el final de una historia no era un portazo dramático, sino la más callada de las treguas. Allí, con los filetes y los silencios de siempre, compartieron una última noche sin promesas, sin futuro claro, pero con todo lo vivido temblando aún entre los dos.







