Tía, te cuento lo que me pasó, porque todavía me acuerdo y casi me entra la risa. Ya hacía medio año que salía con este chico, Ignacio Jiménez, y me tenía la cabeza llena de pájaros. Era de esos que te parecen perfectos al principio: muy leído, con curro fijo, siempre de punta en blanco, nos llevaba los fines de semana a cafeterías monísimas por Madrid, paseábamos por el Retiro, hablábamos de pelis y libros… Vamos, que parecía que íbamos en la misma onda.
Pero claro, el tiempo pone a todos en su sitio. Yo buscaba una relación de igual a igual, y resulta que él pensaba en una vida muy cómoda, pero a su costa lo menos posible.
Total, que una noche mientras cenábamos, él tan tranquilo, echando el té, me suelta: Oye, ¿no estás cansada de ir a mi casa y yo a la tuya? Es una tontería pagar dos alquileres. ¿Por qué no buscamos un piso juntos por Chamberí o Malasaña?
Yo ya llevaba tiempo dándole vueltas al tema y me ilusioné, claro. Pero ojo, lo que vino después me dejó helada.
Eso sí, vamos a dejar las cosas claras me dice, como si estuviésemos firmando la hipoteca. Somos gente moderna. El presupuesto, cada uno el suyo y los gastos a medias. El alquiler, la luz, la compra… todo 50/50.
Bueno, pensé, justo es justo.
¿Y la casa? le pregunté, esperando que dijese también a medias, como todo.
Ignacio se ríe así, medio nervioso, y con una sonrisilla me suelta: Eso la naturaleza ya lo ha decidido. Tú eres la mujer y tienes ese don de hacer acogedor el sitio. Así que la cocina, la limpieza y la colada son tu asunto. Yo si eso saco la basura o arreglo algo si se rompe, pero de lo demás te encargas tú. Que para algo quieres ser la reina de la casa, ¿no?
Imagínate mi cara. Yo pensando: ¡Para qué contratar a alguien de limpieza si tienes a la novia en casa gratis!
No discutí, decidí contestarle en su propio idioma.
Mira, Ignacio, te entiendo. Quieres compartir gastos, perfecto. Pero yo también trabajo ocho horas y no me apasiona gastar mis tardes fregando o cocinando mientras tú descansas.
Le vi ponerse tenso, pero seguí explicando:
Mi propuesta es que contratemos a alguien que venga dos veces por semana: que limpie, planche y cocine lo básico. Lo pagamos a medias, como el resto. Así todos estamos contentos y nadie acaba agotado. El ambiente y los detallitos, poner unas velas o elegir las cortinas, eso ya lo hago yo.
Su cara era un poema; primero flipa, luego se mosquea y al final, pura indiferencia. Yo viendo cómo en su cabeza sacaba cuentas y no le cuadraba ni por asomo.
¿Para qué quieres a una extraña en casa? me dice, poniendo mala cara. Eso es un gasto tonto. De verdad, Laura, ¿tan difícil es prepararle la cena a tu novio? Es cariño, no un trabajo.
Aquí es cuando me di cuenta: cuando tocar pagar el trabajo de casa, todo es amor y cuidado, pero para rascarnos el bolsillo en el súper, eso sí que es negocio.
Ignacio, si yo después de ocho horas de curro me tengo que poner a cocinar porque tú estás viendo un partido o una serie, eso no es amor, es explotación. Si vamos a compartir piso y gastos, todas las tareas tienen que ser justas. O las repartimos o contratamos a alguien, pero no voy a pagar lo mismo y currar el doble.
Se hizo un silencio de esos incómodos, cenamos casi sin cruzar palabra y lo de tengo que pensarlo me lo soltó como quien pide sal.
Al día siguiente ya no hubo ni el buenos días de siempre. Por la tarde, un WhatsApp cortísimo diciendo que trabajaba hasta tarde. Y a los tres días, pues desapareció. Silencio absoluto.
Una semana después, por unos amigos en común, me entero de que va diciendo que Laura sólo piensa en el dinero, que no sirve para llevar una casa y que no está hecha para una vida en pareja. Vamos, que para él yo era una interesada.
Al principio duele, claro. Medio año de planes, ilusiones… Pero después de ese corte tan limpio, sentí alivio.
Que no, que a Ignacio no le gustaba yo. Le gustaba la idea de tener la vida resuelta y la casa en orden sin mover un dedo.
Así que, ¿sabes qué? Contraté a alguien para la limpieza sólo para mí. Llego a casa, todo huele a limpio, me hago una infusión y pienso: Esto sí que es felicidad: no tener que cuidar de quien no te valora.Ahora, cada vez que paso por delante de una cafetería de esas en las que desayunábamos, sonrío y hasta me permito un pequeño brindis conmigo misma. Porque aprendí que mejor sola y en paz, que bien acompañada sólo en Instagram. Los domingos ya no los paso pensando quién va a hacer la colada: los dedico a pasear, a leer en la cama, a invitar a mis amigas a casa sin preocuparme de si hay migas en la mesa.
Y si algún día aparece otro Ignacio con traje y muchas palabras bonitas, sé detectar enseguida si busca pareja o sirvienta. Que se apañen ellos con sus contratos y condiciones: yo ya firmé el mío conmigo misma, y esa sí que es una relación para toda la vida.
Así que, tía, gracias por escucharme otra vez. La próxima infusión, la preparo yo, pero sólo porque me da la gana.







