Amor

Una noche, estaba recogiendo el ambulatorio del pueblo cuando de repente escucho la puerta chirriar, como si alguien hubiera empujado fuerte con el hombro. Me giro y… Madre mía, casi se me cae la fregona. Frente a mí estaba, o al menos eso pensé, Miguel, nuestro querido y apañado carpintero de la zona de San Lorenzo, un hombre respetado, de barba espesa y blanca como la leche, siempre oliendo a serrín y tabaco de liar. Pero aquel tenía la cara lampiña, las mejillas pálidas y hasta un corte en el cuello tapado con una tirita. El olor a colonia “Varon Dandy” llenaba la habitación tanto que me picaba la nariz. ¿Había sido capaz Miguel de afeitarse la barba del todo?
¿Miguel Ignacio?, le digo dejando el felpudo, ¿eres tú? ¿O es que has mandado a tu hermano pequeño?
Él, hecho un lío, retorciendo la boina entre las manos, sin mirarme a los ojos:
Soy yo, Elvira… Dame algo, anda. Algo pal corazón. Pa los nervios.
Me puse seria, como enfermera de libro, le senté en la camilla y saqué el tensiómetro.
¿Pero qué te pasa, criatura? ¿Dónde te duele?
En todo el cuerpo gruñó. Por dentro me retumba como si alguien martilleara una chapa. No puedo ni dormir. Y mira… las manos me tiemblan.
La tensión le marcó 160 sobre 100, altísima para Miguel, que nunca pisaba el médico y partía clavos con los dedos.
A ver, le dije, en plan de sargento. Habla claro: ¿te has pasado de faena o te has enfadado con Teresa?
Al nombrar a su mujer se le descompuso la cara, le salió un color rojo a manchas y la mandíbula se le tensó. Teresa Pardo, que así se llama su señora, era la discreción y dulzura personificadas, siempre a su lado, en las duras y maduras. Y Miguel, ya te lo puedes imaginar, cabezota como un roble retorcido.
Dame las gotas y no preguntes tanto. Lo tuyo es curar.
Le eché unas gotitas de valeriana y le puse una pastilla de Adiro debajo de la lengua. Se quedó un rato muy callado, luego murmuró un gracias y se marchó. Le vi por la ventana y andaba deprisa, rejuvenecido casi.
Vaya, vaya pensé, ¿será posible que a Miguel le estén revoloteando mariposas en la barriga a estas alturas?
Ya sabes, en los pueblos todo se sabe. Si estornudas en una esquina, en la otra ya están rezando por tu alma.
Al día siguiente, justo antes de que anocheciera, vino corriendo Lucía, la cartera:
¡Elvira! ¿Te has enterado de lo último de Miguel? ¡Está como una regadera! No solo que se ha quitado la barba, que ya tiene delito, sino que hoy ha ido a la capital, a Ávila en el autobús, volvió cargado de bolsas y las escondía bajo la chaqueta. Nuria, la del mostrador de la tienda de tejidos, ha llamado diciendo que por qué tu Miguel estuvo comprando telas y luego entrando en la joyería.
Sentí un vuelco en el corazón. Seguro que estaba enredado con otra, eso parecía… pero ¿quién? En el pueblo no hay secretos.
¿Y Teresa? le pregunté bajito.
Lucía puso cara de pena:
Ay, Teresa… anda que no está alicaída. Los ojos siempre húmedos.
He oído que la ha mandado a dormir a la cocina vieja diciendo: No molestes, que estoy con un proyecto. ¿Qué proyecto va a tener un carpintero de noche? Ya se ve…
Un par de días después se me presentó Teresa, tan chiquitita y enjuta, con el pañuelo de lana antiguo.
Elvira susurró, ¿puedo pasar?
La senté cerca de la cocina de leña, le serví un té calentito con un poco de mermelada casera. Se quedó mirando el vaso entre las manos, sin parpadear:
Se va, Elvira. Se me va. Cuarenta años juntos, dos hijos, nietos… Y ahora, se acabó.
Pero, Teresa, ¿y eso? ¿Por qué piensas eso?
Ya no es el mismo. Se afeita, se pone colonia Ayer encontré en su chaqueta un ticket de Hilos de Oro. Y además, fue al desván y rebuscó mi baúl con los vestidos viejos. Entré y me echó una mirada… cerró la puerta en mi cara. Ya ves, vieja y fea… Pero él tampoco es un chaval ya
La acaricié el hombro, sin palabras. Ay, los hombres… ¿qué demonios se les pasa por la cabeza?
Tienes que aguantar, Teresa intenté animarla. Seguro que no es lo que parece.
¿No? me miró irónica. Ahora canta. Cierra el cobertizo y se pone a martillear y a cantar. Clavelitos, clavelitos Él, que nunca soltó una copla… Enamorado está, Elvira. Seguro.
Se marchó y yo me pasé la noche en vela. No podía creer que Miguel, nuestro resistente como un olivo viejo, fuera capaz de abandonar la familia por un desliz. No él. Era seco, sí, poco dado a las palabras, pero jamás una mala jugada.
Pasó una semana y los rumores iban creciendo como una masa de pan en día húmedo. Algunos decían que la nueva bibliotecaria de Ávila, otros que una forastera que se había comprado una casita en el pueblo de al lado.
Mientras tanto, Miguel estaba ensimismado, ojos encendidos, delgado, pero… con una energía renovada. Iba tan a lo suyo que ni saludaba.
El sábado, cerca del atardecer, viene corriendo el hijo pequeño de la vecina:
¡Tía Elvira! ¡El abuelo Miguel se ha caído en el patio! ¡La abuela Teresa te está llamando!
Cogí la bolsa del botiquín, crucé el patio casi volando, las alpargatas resbalando. Pensaba solo que no sea un infarto, por favor.
Al llegar, Miguel tumbado en la hierba, la cara gris, los labios morados. Teresa, a su lado, desesperada. Y el patio cubierto de maderas talladas, botes de pintura, tablas En medio del lío, una glorieta de madera blanca por la mitad.
Le tomé el pulso, acelerado, la tensión alta.
¿Qué ha pasado? pregunto.
La tabla muy pesada la he querido mover Me ha dado un tirón y luego aquí y se señala el pecho.
Le pinché, le calmé el dolor, estabilicé la tensión. Al rato recuperó el resuello.
Teresa, busca un vecino; entre todos tenemos que meterlo en la casa. Aquí en el fresco no puede quedarse.
Le acomodamos en la cama.
Miguel preguntó Teresa bajito. ¿Y para qué quieres tú esa glorieta? Si ya es otoño y el invierno acecha.
Miguel la miró durante largo rato, suspiró y, rebuscando bajo la almohada, sacó una cajita de terciopelo y una libreta vieja de tapas amarillas.
No era así como quería hacerlo, Teresa, le dijo tembloroso, casi como un niño. ¿Sabes qué fecha es mañana?
Teresa se quedó clavada, haciendo memoria:
Veinte de octubre Domingo…
¿Y hace 40 años?
De golpe se tapó la boca con la mano.
Virgen Santa, Miguel ¡Nuestra boda de rubí!
Miguel le pasó la libreta:
Es tu diario antiguo, Teresa. Lo encontré en el baúl del desván.
¿Lo leíste? se ruborizó.
Lo leí asintió. Perdóname, viejo tonto. Lo leí y lloré de emoción.
Yo contenía el aliento. Solo se oyen los tictacs del reloj en la pared.
Soñabas con una casa, un jardín y una glorieta blanca junto al arroyo, donde tomar el té y poner discos. Querías un vestido azul con encajes Y yo, entre la albañilería y el taller la casa la hice, pero la glorieta siempre después Por dinero, tiempo, fuerzas Y tú callabas, aguantando mi genio.
La miró a los ojos:
Casi se nos ha pasado la vida y nunca te regalé ni el cuento, ni el vestido. Por eso corrí a Ávila, a por la tela y el anillo. Olga, la modista, me lo arregló. Y la glorieta no calculé fuerzas, me pudo. Quería darte la sorpresa y acabé dándote disgustos.
Teresa se arrodilló junto a la cama, le cogió la mano áspera, de carpintero.
Tonto eres, Miguel dijo entre lágrimas, pero con una luz de alegría en la voz que se podía casi tocar. Qué tonto Ya pensaba que tenías otra, una jovencita. Que ya no me querías. Y al final ¡la glorieta!
Pero ¿qué dices, Teresa? Busca en el armario el vestido, pruébatelo.
Aunque me quede justo, me lo pongo igual
Estaba yo a punto de soltar la lagrimita y carraspeé para disimular.
Bueno, me puse seria. Don Miguel, reposo absoluto. Ni madera ni martillo. Mañana te hago revisión.
Miguel me sonrió agradecido:
Elvira no cuentes nada por ahí, que nos van a tomar por locos.
Qué sabrán ellos, hombre. Descansad. ¡Salud!
Salí al porche. La luna asomaba enorme y amarilla entre las nubes. El aire fresco, oliendo a hojas mojadas, a humo de chimenea y, curiosamente, a manzanas pasadas, aunque ya era muy tarde para ese aroma.
No tardó en saberse. Alguien corrió la voz de que Miguel estaba preparando una sorpresa para Teresa y se había pasado.
Al día siguiente, desde temprano, todo el pueblo se volcó: hombres con herramientas, el herrero con bisagras de forja, el pintor con los botes En un abrir y cerrar de ojos, montaron la glorieta blanca, preciosa, como la boda en una novela. En la mesa pusieron mantel bordado, una tetera de porcelana y tazas con sus platillos. Parecía un cuento.
Y entonces salió Teresa, con su vestido azul y el anillo nuevo, guapísima, peinada, un poquito de carmín en los labios. A su lado, Miguel, aún pálido, en chaqueta y con sus medallas de trabajador prendidas, y la corbata bien puesta.
Miguel sacó el viejo gramófono que le había cambiado al chatarrero. Puso un disco, que crujió y empezó a sonar la voz de Jorge Sepúlveda: Mirando al mar
Miguel le dio la mano a Teresa y se pusieron a bailar, despacio, torpes pero radiantes. La miraba como el primer día, como si en vez de cuarenta años solo hubieran pasado cuarenta minutos de su primer encuentro.
Todo el pueblo les miraba. Las mujeres lloraban en silencio, tapándose con el borde del pañuelo. Los hombres, serios, fumaban mirando al suelo, y seguro que cada uno pensaba en su propia esposa y cuándo fue la última vez que le llevó flores o le dijo un simple gracias.
Mientras, yo pensaba en cuánto tiempo perdemos en resentimientos, en malos entendidos, en hablar por hablar, y lo corta que es la vida realmente. Al final, lo único que importa es notar el calor de una mano querida y ver una chispa de luz en los ojos dedicados solo para ti.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

4 × 5 =