Isabel fue ingresada en la maternidad con bastante antelación al parto: su embarazo se había enredado en complicaciones durante las últimas semanas, y los médicos no estaban dispuestos a tentar la suerte, sobre todo porque no venía solo un bebé, sino dos de golpe. Le ofrecieron a la futura mamá una cesárea programada, pero Isabel estaba empeñada en parir por sí misma. Los doctores, al final, aceptaron intentarlo: si las cosas se torcían, siempre había tiempo de correr al quirófano.
Además, Isabel y su marido tenían contratado un parto acompañado; ya sabemos que a los obstetras españoles no les emociona nada tener extraños pululando en la sala de operaciones. El trabajo de parto comenzó bien entrada la noche. Avisaron al instante a su marido, que apareció en apenas veinte minutos, y nos los llevamos directos a la sala de partos. No era la primera vez que Isabel pasaba por esto, así que siguió las indicaciones al pie de la letra, con calma, y para las cuatro de la mañana ya estaba fuera la primera criatura.
La pequeña chilló nada más salir, y la comadrona felicitó a Isabel por el nacimiento de su hija primogénita. Sin embargo, en vez del acostumbrado jubileo, el padre soltó una sonrisa forzada y enseguida volvió a mirar a su mujer con cara de circunstancias. Diez minutos después llegó la segunda niña. Isabel no cabía en sí de felicidad, mientras el flamante padre rompía a llorar, pero no por la emoción precisamente. Por supuesto que nos preocupamos, pero la madre saludó con la mano y aclaró entre risas:
No os preocupéis, en una hora se le pasa. Ya le ha ocurrido otras veces con las gemelas y con las chicas mayores. Él quería, aunque fuera por una vez, un chico, pero no ha habido suerte y está un poco disgustado. Pero le encantan sus hijas, así que ya lo véis, todo bien. Y efectivamente: al día siguiente, al asomarnos por la ventana de la maternidad, vimos al orgulloso padre liderando una tropa de niñas preciosas, atando globos y gritando a su madre que la adoraban. Y entonces comprendimos que en esta familia lo único que sobraba era cariño… aunque un varón tampoco les habría venido mal, pobre hombre.







