Chiquitina

La Pequeñaja
A la pequeña Inés, de cinco años, han decidido mandarla este verano al pueblo, a casa de su abuela. La niña llora, no quiere irse; apenas recuerda a su abuela y la idea de quedarse sin sus padres le asusta mucho. Pero sus padres no ceden. Su padre trabaja en el Ayuntamiento, su madre es profesora. Los dos están ocupados de la mañana a la noche, así que Inés suele quedarse bajo el cuidado de la vecina, que bastante tiene ya con los suyos propios, tres niños de todas las edades.
Su madre, tratando de consolarla, le dice: «Ya verás, te va a encantar. La abuela tiene gallinas; las darás de comer, y también hay una cabritate harás amiga de ella, y te dará leche cada mañana.» Inés calla un momento, tratando de imaginarse cómo una cabra podría darle leche.
El viaje está fijado para la mañana siguiente. El padre consigue que le presten una tartana, tirada por una yegua torda. Colocan allí el hatillo de Inés, suben la madre y la niña, y un guardia civil, muy formal, les lleva fuera de la ciudad, hacia el pueblo.
España aún tiene muy reciente la guerra, aunque Inés no la recuerda bien; sólo le viene a la memoria cuando su padre aparecía alguna vez de uniforme, con el sable y la pistola, para luego marcharse otra vez y ver a su madre llorar. Tampoco olvida aquellos años de escasez, cuando siempre tenía hambre y le pedía a su madre: «Dame panito», y su madre, otra vez, lloraba sin nada que darle.
Ahora Inés ya no pasa hambre, pero enfrenta una nueva prueba: tendrá que separarse de su madre todo el verano. No sabe cuán largo es un verano, pero le parece una eternidad.
Sin embargo, el viaje le resulta de lo más entretenido. Le fascina ver al joven carretero guiando la yegua, la cola del animal espantando moscas, e incluso las manzanas que va soltando por el camino.
El trayecto no es corto. En la tartana da tiempo de todo: come, duerme y se despierta sólo cuando escucha: «¡Arre!» y la yegua se detiene frente a la casa de la abuela.
La despedida con su madre es, de nuevo, un mar de lágrimas. A la madre le cuesta despegarse de Inés, pero la polvareda de la tartana se asienta y la niña sigue sollozando, frotándose lágrimas y polvo en la cara.
La abuela le dice cosas suaves, tratando de tranquilizarla, pero ella apenas escucha. Se calma sólo al ver aparecer a una enorme gata multicolor, como nunca había visto. Y la gata también la observa, como preguntándose quién será esta pequeña. «Mira, es Tomasa le explica la abuela. Nos guarda la casa de ratones. Puedes acariciarla, es buena.»
La gata, efectivamente, resulta muy cariñosa y deja que Inés la acaricie. Aquella suavidad y ronroneo son tan reconfortantes que pronto olvida su pena. La abuela la alimenta y luego la lleva a la bañera, donde la baña como en un cuento de hadas. Inés, soñolienta, se desliza en el sueño imaginando historias.
No tiene tiempo para echar de menos a nadie. Cada día es un festín de novedades. Observa con asombro cómo la abuela ordeña la cabra, cómo los gallos se pelean, cómo Tomasa trepa a los árboles Todo lo que en la ciudad nunca había visto. Pero la mayor novedad llega tras conocer al vecino: un chaval pelirrojo, cuajado de pecas, de unos nueve años.
Él es el primero en notar la llegada de una forastera a la casa de al lado. «¡Eh, pequeñaja! ¿De dónde sales tú?», le grita. Inés se queda muda ante el sobrenombre, sin responder. Él salta la valla, se acerca: «¿Cómo te llamas?» «Inés», responde. «Yo soy Miguel», y le ofrece la mano, seria y normalmente sucia. Ella no sabe qué hacer, así que es él quien le aprieta la mano y la agita con energía. Así comienza su amistad. Él la llama “pequeñaja”, ella finge molestarse y lo llama “pecoso”, ambos hacen como que se enfadan y se amenazan con ortigas, pero no pueden pasar un día sin el otro.
La abuela, ocupada en el campo y la casa, apenas puede vigilar a su nieta. Mientras esté sana y alimentada, todo está bien. Pero ve el peligro en la amistad con Miguel: «No andes tanto con él, que puede enseñarte cosas malas le advierte. Él y su abuelo son unos malhablados.»
El abuelo de Miguel, su único familiar, lo cría como buenamente sabe después de perder a los padres en la guerra. El hombre ha sido contramaestre en la marina y usa un lenguaje, digamos, pintoresco. Miguel ha heredado parte de su florido vocabulario.
Inés ni entiende ni le da importancia a esas palabrotas, pero sí se da cuenta de que con Miguel la vida de cada día es una aventura. Se adentran juntos en los pinares, sin miedo a perderse, y aunque Inés a veces se asusta, como cuando un conejo enorme espanta bajo sus pies y Miguel se ríe: «Vaya, niña de ciudad, asustada por un conejo.»
Vuelven en ocasiones rebozados de zumo de moras, los cestos llenos de setas, muertos de risa.
En las calurosas tardes, se bañan en el río. Ella no sabe nadar hasta que Miguel le enseña, sujetándola con firmeza pero con cuidado.
Un día, él anuncia: «Mañana nos vamos de pesca, no te duermas.» Inés ha visto a los mayores con cañas, y a Miguel le molesta no tener equipo propio. No sabe de dónde lo saca Miguel, tal vez lo cambia por algo, ya que dinero nunca tiene y sabe que su abuelo le riñe con la ortiga. Ella presencia un castigo de esos y desde entonces teme al abuelo casi tanto como a la propia ortiga. Miguel aguanta el castigo, y luego la mira y le pregunta con sorna: «¿Nunca has visto un culo tan rojo?» Inés, la verdad, no. La mira con pena: «¿Duele mucho?» «Bah, esto no es nada; con correa sí que duele, pero con ortiga… ni sentirlo.»
Al amanecer, no puede dormir. Un silbido la avisa y, antes de que la abuela se entere, Inés y Miguel ya se pierden camino al río. Miguel atrapa saltamontes para pescar, improvisa una caña con una rama de avellano y un corcho de flotador; pone el anzuelo y, cruelmente, ensarta el bicho. «Tienes que estar muy quieta, que los peces se asustan», le dice. Inés obedece, y contempla a Miguel con admiración. Cuánto sabe de todo.
Al final, la espera da fruto: pescan dos buenos barbos que brillan al sol. Le da uno a Inés, «llévalo a tu abuela, que lo fría», y otro para su abuelo. No guarda rencor al viejo; así son las normas y, al fin, su abuelo no es malo, solo duro de carácter.
La abuela se alegra mucho del pescado, pero no logra romper la amistad con Miguel, aunque lo intenta.
El verano pasa volando para Inés. Casi se sorprende cuando vuelve a ver la tartana con la madre y el mismo carricero. Se siente feliz, pero ahora no quiere irse. Ruega quedarse aunque sea unos días más, y aunque le faltan palabras, se atreve a usar algunas del repertorio marinero aprendido. Su madre casi se desmaya al oírla, la agarra y no da lugar a más ruegos. Inés ni siquiera puede despedirse bien de Miguel…
Años después, Inés es ya enfermera voluntaria, sargento en el ejército republicano, y viaja en un tren militar, los ojos cerrados repasando su vida, consciente de que más adelante, en el frente, no tendrá tiempo para nostalgias. Aquél verano de infancia en el pueblo lo recuerda con nitidez; las escenas y personas, como si hubieran ocurrido ayer.
La guerra la recibe con humo y olor a quemado. Encuentra a la unidad médica del regimiento y es recibida por un médico mayor, ya canoso, con ojos cansados pero sonrisa amable.
«Compañera…» «capitán», le sopla el doctor (la bata oculta los galones). «Compañero capitán, sargento…», empieza a decir ella. El capitán la interrumpe: «Ya veo, ya veo, que eres sargento.» Recoge los papeles, los revisa: «Descansa mientras puedas, hija. Luego no habrá tiempo.» «Estoy lista para servir…» Pero él insiste: «Mejor, ve al cuartel del batallón y preséntate allí. Ahora mismo nuestro comandante está allí.»
Inés pregunta varias veces por el camino. Un veterano le recomienda: «Ve por la trinchera, no vaya a ser que le des gusto a algún tirador alemán.» Y es verdad que podría gustarle a cualquiera; los soldados no quitan ojo de la joven menuda y bonita, con el uniforme nuevo y cinturón ancho. Ella lo nota, y al pasar junto a un grupo de soldados, uno murmura: «¡Con esa hermosura, mandarla al infierno, ay…» Ella oye sólo la mitad y se sonroja.
Entra agachada en el búnker de mando, donde el despacho está separado por una lona. El telegrafista le saluda con respeto y ella le hace gesto de que siga en lo suyo. «¿Está el comandante?» pregunta. El soldado, siempre queriendo cumplir, le responde y conecta por radio. Tras unos sonidos, grita: «¡Señor mayor, estamos en línea!»
Detrás de la lona se oye una voz ronca, dando órdenes, y algunas palabras tan fuertes que hasta el telegrafista se ruboriza al ver que hay una mujer presente. De pronto, Inés, que ya sospecha por ese tono, entra decidida: «¡Señor mayor, la sargento…! ¡Miguel!»
El comandante abre los ojos como platos. «¡Pecoso!» Por unos segundos, se hace el silencio. El mayor mira con asombro la sonrisa de la enfermera. Por fin, rompe el hechizo: «¿Inés? ¡Pequeñaja!» No hace falta explicación; se lanzan a abrazarse como si el tiempo no hubiera pasado.
No se cansan de mirarse y compartir palabras. Miguel saca un paquete de picadura, arranca un pedazo de papel de periódico para liarse un cigarro, pero al mirarla, pide permiso con la mirada. «Por supuesto», dice ella, y le ofrece un paquete de cigarrillos militares. «¿Tú fumas?» «No, los dan en la ración, los guardaba por si hacían falta.» «¡Perfecto!»
Un soldado entra: «Aquí tienes, mayor», y les sirve té caliente.
Durante los breves descansos, Inés corre a ver a su Miguel. En el caos, en pleno frente, entre bombas y heridas, surge entre ellos ese amor que sólo puede nacer en la guerra, profundo y absoluto, donde se vive al borde en cada segundo.
Miguel siente que siempre la ha amado, desde aquella primera vez, siendo unos niños. Ahora, en las raras noches tranquilas, duermen juntos, se besan con la ternura de quien puede perderlo todo mañana, los labios ardientes de deseo y miedo.
A veces las nubes cubren todo el cielo, pero los soldados, atentos, siempre saben distinguir los motores de los aviones, y quien dice ya vienen los nuestros o los alemanes están encima. Cuando llegan los bombardeos, los estallidos convierten el mundo en un infierno de ruido y temblores, imposibles de dejar atrás.
En la enfermería nadie huye, nadie se rinde: cada uno cumple su papel, gritando las órdenes para que se escuchen entre el estruendo.
Un día, tras un ataque especialmente feroz, cae el silencio. Inés, por primera vez, siente las piernas flojas y una angustia indefinible. Presa de la inquietud, corre a comprobar si Miguel sigue bien. «¿Y si está herido y yo no estoy allí?», piensa.
Pero cuando llega, sólo ve un cráter enorme donde antes estaba el búnker. No puede creerlo; parece una pesadilla. ¿Cómo va a estar muerto Miguel? Los soldados se quitan las gorras y, en silencio, le indican la tumba improvisada.
Inés, petrificada en el borde del hoyo, no siente su cuerpo. El mismo soldado mayor que le aconsejó miedo a los francotiradores ahora le pasa un brazo por los hombros: «Ha tenido buena tumba el comandante, honda. No te seques el alma, chica, llora.»
Inés aúlla entre sollozos, mordiéndose los dedos, acurrucada en una litera del tren, que la arrastra hacia la retaguardia, hacia la noche. Vuelve encinta de un hijo de Miguel.
Pasaron los años. Su hija fue madre cuatro veces. Inés ahora es abuela muchas veces. Este día es especial: el benjamín de sus nietos viene a visitarla.
Ha preparado todo lo que más le gusta a Paulito. Sentada en la cocina, con el álbum de fotos sobre las piernas, repasa las caras: los mayores, ya con sus propios niños, sus bisnietos. Hay rostros morenos, rubios, de todo tipo, pero sólo hay un pelirrojo. Cree quererlos a todos por igual, o al menos eso se repite.
Por fin suena el timbre. Casi como en su juventud, se levanta ligera y corre a la puerta. En el umbral está el nieto, oficial de la Marina, uniforme impecable, pecas doradas. Sonríe tal y como le sonreía Miguel en el pasado, como el hombre más querido de su vida.

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Chiquitina
Huérfana — ¿Así que es eso? ¿Has hecho la maleta y te largas? Marina estaba plantada en el umbral de la habitación, con los puños en la cintura. La bata se le tensaba y el rostro se le encendía de feas manchas rojas. — ¿Tienes idea de lo que he hecho por ti? ¡Te salvé del orfanato cuando tu madre se esfumó y tu abuela faltó! Vika, sin volverse, seguía metiendo los vaqueros en su vieja mochila. La cremallera se atascaba y aquello la frustraba casi más que los gritos de su tía. — ¿Y acaso te pedí que me salvaras? —respondió la niña, al fin cerrando el bolso—. Me recogiste para quedar bien delante de la familia, de la santa. Como diciendo: “Mirad qué heroína, Marina, ha recogido a la huérfana”. — ¡Pero cómo tienes cara! —Marina dio un paso dentro—. ¡Estos días de mayo íbamos a ir con los amigos al campo, a hacer barbacoa, a descansar! Y tú, ¿qué? ¿Otra vez con tus morros largos? ¿Otra vez todo mal? — No está “todo mal”, Marina. Es solo que no quiero ver a tus… alegres amigos. Tengo examen mañana y necesito prepararme. — ¡Que tiene examen! —La tía alzó las manos, a punto de rozar la lámpara—. Fíjate, la empollona. Si no fuera por mí, estarías fregando suelos en el orfanato y comiendo sopa rala. He hecho de tutora legal, ¡respondo por ti ante la ley! Vika se giró bruscamente. — Pues renuncia. Ahora mismo. Llama a Servicios Sociales y di: “Que se la lleven, yo no puedo”. ¿Qué pasa, miedo a perder la imagen? — ¡Pero tú…! —Marina se ahogó de rabia—. ¿Ahora vas a poner condiciones? ¡Pues encantada! Mañana mismo presento los papeles. ¡Estoy harta! Ni agradecimiento, solo orgullo. Vive como quieras. Búscate a tu madre, que ni se ha acordado de ti en siete años. — ¡Y a lo mejor soy yo la que renuncia a vosotros! —gritó Vika—. ¿Te crees que estar aquí es un paraíso? ¡Prefiero un centro de menores antes que seguir contigo! Marina se quedó paralizada, con la boca entreabierta. Del pasillo vinieron pasos pesados: era Eugenio, el padre de Vika, recién regresado de la cárcel el verano pasado, viviendo allí de “gorrón”, ni trabajo ni derechos sobre la niña. — ¿A qué viene tanto grito? —preguntó rascándose la barba—. Los vecinos van a llamar a la policía. — ¡Y tú cállate! —le ladró Marina—. El padre del año… Van a mandar a la niña al centro y él pensando en los vecinos. Vika miró a su padre y sintió náuseas. Recordaba cómo, con tres años, se lo llevaban uniformados, cómo su madre cerró la puerta y se fue “por pan”, para volver una semana después y luego desaparecer sin remedio. Todo empezó cuando trajeron a Vika de neonatos. Su madre, joven y siempre con prisa, apenas miró el paquete. — Mamá, quédate con ella, que yo tengo que salir —le dijo a su madre antes de irse a una cita. Y esa “salida” duró trece años. La abuela era de la vieja escuela. No era de mimos ni juguetes, pero siempre sabía cuándo Vika tenía hambre o dolor de cabeza. Cuando se llevaron al padre y la madre partió en busca de “una vida mejor”, la abuela suspiró y empezó a tramitar papeles. — Mira, Viku —le decía al peinarla—. A veces la gente necesita tiempo para saber lo que ha perdido. Mientras tanto, tú y yo juntas. Cuando llegó el colegio, la madre desapareció del todo. La abuela tuvo que atravesar el infierno burocrático para dejarles sin derechos. — Es duro —le comentaba a la vecina en el banco mientras Vika jugaba en el parque—. Quitar los derechos a una hija… Pero la niña hay que registrarla, si no, no hay médico ni cole. Vika lo oía todo. No se sentía herida por su madre: ni siquiera sabía entonces cómo odiar. Su madre era como un personaje olvidado de un dibujo animado: creía recordar algo, pero el argumento se le había borrado. Sacó buenas notas los seis primeros cursos y la abuela presumía del boletín. Hasta que… El otoño trajo de vuelta al padre desde la cárcel. La abuela lo acogió, aunque Vika sabía que nunca se habían entendido. Medio año después, ya no quedaba abuela. Se fue despacio, en una habitación de hospital donde a Vika no la dejaban entrar. Se quedó sentada en la sala de espera, con una bolsa de naranjas nunca entregada. Cuando el doctor salió solo asintió. Vika ni siquiera lloró. No podía. Marina, la hermana de su padre, se ocupó de todo. Montó el drama, lloró más alto que nadie, acomodó el pañuelo, aceptó pésames como si hubiera muerto el sentido de su vida. — No te vamos a abandonar —le susurraba a Vika en la comida de pésame, poniéndole tarta extra en el plato—. Eugenio no sirve, es un niño, pero yo… yo soy sangre de tu sangre. Hacemos tutela temporal y te vienes con nosotros. Cerramos el piso de la abuela de momento para no hacer deudas. Vika entonces no entendía que “cerramos” era “alquilamos por lo bajo y nos quedamos la pasta”. Solo quería que la dejaran en paz. *** La vida con Marina no era la del anuncio con niños felices. La tía vivía en un piso de tres habitaciones con su marido, que odiaba a Vika. La metieron en un cuarto de paso, en un sofá viejo. — ¿Has fregado los platos? —entró Marina quitándose los guantes. — Sí —contestó Vika sin despegarse del libro de historia. — ¿Y la sartén? Te he dicho mil veces que lo graso se deja a remojo. Aquí no eres una invitada, Vika. Somos familia. Y en la familia, todos tenemos obligaciones. Yo trabajo como una burra, tu padre tirado en el sofá… ¡Haz tú al menos algo útil! El padre, efectivamente, siempre tumbado. No discutía, ni reñía; simplemente, nada. A veces intentaba hablar con su hija: — ¿Qué tal el cole? — Bien. — Pues estudia, que eso es futuro. Ahí quedaba la conversación. A él le importaba poco ella, igual que a la madre desaparecida. Le preocupaba más cuándo le daría Marina dinero para tabaco o cuándo empezaba el true crime en la tele. El resentimiento se acumulaba. Marina la reprensía por la comida, la ropa, por existir. — ¿Tienes idea de lo que cuesta calzar a una adolescente? —se quejaba por teléfono—. ¡Le crecen los pies por minutos! Y la ayuda social, calderilla. Yo pongo de mi bolsillo. ¿Agradecimiento? Cero. Se me queda mirando como una loba. Vika lo oía todo a través de la puerta fina. Sabía que cobraba dinero por ella y que el piso de la abuela daba buena renta. Pero no podía decir nada, porque a Marina le daban ataques. *** El escándalo estalló en el puente de mayo: — ¡He dicho que vienes al chalet de los Pérez! —vociferó la tía—. Hay que quedar bien. Ponte el vestido azul. — No voy —contestó Vika, serena—. Tengo que repasar matemáticas. Estuve enferma en marzo y voy justa. — ¡La matemática puede esperar! —chilló la tía—. Me estropeas la imagen. Todos preguntan: “¿Y tu Vika? ¿Por qué tan rarita?” Piensan que la tenemos aquí explotada. — ¿Y no es así? —preguntó Vika, alzando la vista—. Solo me habéis comprado unas zapatillas, y grandes. ¿Y el dinero del piso de la abuela? Marina palideció. — ¡Pero cómo te atreves! ¡Eso es para tu futuro! Y además, ¿qué relación tienes tú con ella? Vika se levantó de la silla. — No voy. Ni llevo el vestido ese ridículo. Me aprieta de hombros. Marina estalló. — ¡Recoge tus cosas! —le gritó, arrojando su mochila—. Ahora mismo llamo a protección de menores. Que se la queden los del centro. A ver si allí te acuerdas del piso. — Llama —Vika metía libros con calma—. Mejor allí que aguantando tu lloriqueo por lo cara que soy… Eugenio salió al pasillo. — Basta, Marina. ¿Dónde va a ir a estas horas? — ¡Cállate! —ella se volvió—. Eres igual de inútil. Tu hija, igualita que la madre. De genio imposible. Vika salió al recibidor. Estaba lista para marcharse. Ya tenía un plan. — Me voy —dijo, poniéndose la chaqueta. — ¡Lárgate! —y la echó al descansillo, dando un portazo. Vika no fue al centro. Fue al barrio de al lado, donde vivía doña Irene, amiga y excompañera de su abuela. Irene era estricta y había sido inspectora educativa; las leyes las conocía mejor que las recetas. — Vika, hija, ¿qué haces aquí a estas horas? —abrió sujetando una mantita. — Marina me ha echado —contestó la niña—. ¿Puedo quedarme? Mañana iré sola a Servicios Sociales. Irene la miró de arriba abajo: cara pálida, mochila gastada y zapatillas viejas. — Entra… Vamos a charlar. En la mesa, Vika lo contó todo: el piso, el dinero, el silencio del padre y los insultos de la tía. Irene escuchó atenta. — ¿Así que el piso lo alquilan? ¿Y los papeles? — Tutela temporal. Siempre está “a punto” de pedir la definitiva, pero sigue así. — Porque la temporal es menos control —asintió Irene—, la definitiva permite inspecciones. Escúchame, niña. Mañana no vas a ningún lado. Vamos a ver a una exalumna mía, ahora jefa en fiscalía de menores. El piso de tu abuela es tuyo: lo vi en el testamento. Marina te lo ha ocultado. *** Al mediodía, la tía llegó hecha una furia. — ¡Que me devuelvas a la niña! —gritaba en el portal—. Vika, sal. Me calenté, cosas que pasan, ¡somos familia! Irene abrió, dejando la cadena puesta. — ¿Familia? ¡Qué oportunidad! ¡La fiscalía piensa diferente! — ¿Fiscalía? —Marina se paralizó. — La misma que revisa el alquiler ilegal del piso de la nieta y el gasto del dinero. — ¡Eso es mentira, todo es para ella, yo…! — Mejor calla. Vika no vuelve contigo. Me la quedo yo. Echa a los inquilinos, o tendrás problemas. ¡El piso es de Vika! No te aproveches de una huérfana. Marina siguió chillando y amenazando, intentó entrar, pero Vika no fue a verla. *** Marina perdió la tutela con vergüenza. A los inquilinos los desalojaron. Eugenio, asustado, se fue a trabajar de peón a otra ciudad, y a Vika le dejó un mensaje: “Es mejor así para todos”. Irene no pudo ser tutora por edad. Enviaron a Vika a un centro, donde fue incluso feliz. Irene la visitaba, Vika hizo amigas. Mejoraron sus estudios y su estado de ánimo. Al fin, vivía en paz.