Adán no era el marido perfecto, pero la forma en que se comportó en el supermercado fue la gota que colmó el vaso.

A Sandra la crió su abuela, porque su madre, al volver a casarse y tener más hijos con el nuevo marido, se instaló en otra ciudad y de Sandra se desentendió como si jamás la hubiera parido.

Salvo por su abuela, la persona más cercana a Sandra era su vecina, la señora Eulalia. La abuela se llevaba genial con Eulalia, y para Sandra aquella mujer era como tener una segunda yaya. Le visitaba a menudo, le llevaba algún roscón o pastelillos y, de vez en cuando, le regalaba una tableta de turrón aunque no fuera Navidad.

Hace poco Sandra se casó. Ahora vivía con su marido, Alfonso, en su propio piso de Madrid. Pero, ay, lo que es la vida marital: Alfonso, aquel caballero atento y educadísimo de antes de firmar en el registro, había desaparecido como por arte de magia cuando llegó el arroz.

Una tarde, tras salir del trabajo, Alfonso quedó con Sandra en el supermercado. Hacía falta llenar la nevera. Entraron juntos y, al llegar a la caja, Alfonso se hizo el sueco y se quedó en plan estatua cerca de una estantería. Sandra pagó toda la compra y, al girarse para darle las bolsas, notó que Alfonso ya había salido con pies ligeros. Alfonso, por favor, ayúdame con las bolsas, que pesan lo suyo le pidió ella.

¿Y por qué tengo que llevarlas yo? resopló él.

Pues, por lo menos, porque eres un hombre y yo soy una mujer y estas bolsas llevan más peso que una cofradía en Semana Santa.

¿Y qué pasa, que por tener barba soy burro de carga? Venga ya, que tú también puedes.

Dicho esto, Alfonso echó a andar deprisa, sabiendo perfectamente que con esas bolsas Sandra no le alcanzaría ni de broma. El portal no estaba lejos, pero las bolsas iban llenas hasta arriba. Sandra pensó que Alfonso estaba de guasa y que en cualquier momento aparecería para ayudarle, pero la broma era de esas sin gracia: él no bromeaba. Se largó de verdad.

A Alfonso le había dado por seguir los sabios consejos de sus colegas: Tienes que hacerte el jefe de la casa; a la primera, como no la eduques, se te subirá a las barbas. Tú mandas, que para eso eres el hombre. Y así, Alfonso, transformado en un revolucionario de andar por casa, la dejó allí arrastrando las bolsas.

¡Alfonso, ven aquí, que las bolsas van a acabar conmigo! gritó ella mientras tanto.

Pero él, que no era ningún ignorante sobre el peso (de hecho, metió varias cervezas y dos bricks de leche al carrito), ni se inmutó.

Sandra aguantó el tipo, aunque las lágrimas asomaban. Tenía ganas de arrojar las bolsas al primer cubo de basura, pero, tozuda, llegó con ellas hasta el portal. Al llegar, se sentó en el banco, con ganas de echarse a llorar por la rabia.

¡Sandra, hija! escuchó de pronto. ¡Ven, que voy a echarte una manita! Era la señora Eulalia, su yaya vecina.

Sandra, sudando, le entregó las bolsas. Eulalia se puso más feliz que una niña el Día de Reyes, porque con su pensión pagar esos manjares era misión imposible. Sandra, tras darle dos besos a Eulalia, subió a su piso. Ni bien abrió la puerta, Alfonso salió al recibidor como si le esperara la Lotería de Navidad.

¿Y la compra?

¿Qué compra? ¿La que me ayudaste a cargar? contestó ella con una sonrisa que helaba el alma.

Venga, no te pongas así, ¿de verdad te has cabreado?

No, ¿por qué iba a enfadarme?

Alfonso esperaba gritos, bronca y alguna que otra amenaza con la sartén, pero ella, contra todo pronóstico, estaba tranquila como una estatua del Retiro.

Yo pensaba que tenía un hombre a mi lado, pero mira, si lo que quieres es alguien que lleve los sacos, igual lo tuyo es buscarte a un forzudo de la feria zanjó, lacónica.

Sin dramas lo dijo y sin más palabras, Sandra se fue al dormitorio, sacó la maleta de Alfonso y, con el mismo arte que su abuela hacía croquetas, le preparó la despedida. Si te callas ahora, pensaba ella, luego viene lo grave. Y claro, ella de tonta no tenía ni un pelo.

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Adán no era el marido perfecto, pero la forma en que se comportó en el supermercado fue la gota que colmó el vaso.
— Es el hijo de Íñigo…