Rebeca se casó siendo muy joven; su padre le encontró marido el día que cumplió 18 años. La familia es adinerada… ¿qué más se necesita para ser feliz?

Diario de Tomás, 24 de mayo

Mi hermana Inés se casó siendo bastante joven; mi padre le encontró pretendiente justo cuando cumplió dieciocho. Nuestra familia tiene buena posición en Madrid ¿qué más puede necesitar uno para ser feliz? La boda fue por todo lo alto, vino hasta gente de Segovia. Parecía que toda la ciudad celebraba, pero los novios se sentían casi como invitados fuera de lugar.

A Inés le caía bien el novio, aunque apenas se conocían. No tuvo la mala suerte de mi hermana Lucía, quien acabó casándose con un hombre de cuarenta años del pueblo de al lado, en Ávila. Todos daban por hecho que se quedaría soltera para siempre, pero al final mi padre logró concertar una unión y prometió una dote respetable.

Los recién casados vivieron en la casa de Javier, el esposo de Inés. No era muy grande, pero tenían su propio rincón. El patriarca de la familia prometió: Cuando lleguen los nietos, abriremos otra planta.

La suegra de Inés no era de esas absorbentes. Todo lo contrario, la ayudó a asentarse y a aprender el papel de joven esposa. Sin embargo, su cuñada, Pilar, parecía tenerle una manía especial. Era la mayor, aunque vivía todavía con los padres. Su familia había conseguido casarla, pero a los pocos meses el marido devolvió a Pilar como si de una mercancía se tratase. Desde entonces sólo veía en ella mala leche. No quería poner la casa en orden ni estaba interesada en formar familia. Así que allí seguía, sola.

La tradición manda que una nuera sólo se convierte en señora de pleno derecho de la casa al dar a luz a un hijo varón. Hasta entonces, aguanta y calla. Por eso, toda muchacha que entra en casa del esposo procura quedarse embarazada cuanto antes.

Ese fue también el camino de Inés. Mientras no lo estuvo, Pilar le hizo cargar con las tareas más sucias y pesadas. Ni sentido tenía, porque había servicio contratado en casa. Pero a Pilar lo que le gustaba era mortificar a la pobre Inés.

El día que Javier supo que sería padre estaba tan feliz que no cabía en sí. Los suegros lo celebraron con orgullo, felices de Inés. Ese mismo día fueron a comprar materiales para edificar una planta nueva. Pilar no pudo disimular la rabia: sabía que le tocaría quedarse recluida, sirviendo a sus padres, sin esperanza de un hogar propio ni de casamiento.

Pasaron seis meses. Una mañana, Inés despertó por los golpes en la puerta. Era Pilar.

¿Pero qué haces ahí tirada? ¿Has terminado todo el trabajo? En casa sí, pero mi marido no me deja salir al patio. ¡Ya, seguro! ¡Si eres más perezosa que un domingo lluvioso! ¿Qué quieres? ¿Así vas a hablarme? ¿Crees que ya puedes mandar aquí? Todavía no has parido para mandar en casa, ¡no lo olvides! No pensaba en eso Tú aquí no eres nadie, y tu crío tampoco, ¿te enteras?

Pilar se puso fuera de sí. Empezó a tirarle trastos a Inés y a gritar como una poseída. Menos mal que el suegro apareció y se la llevó de allí, casi a rastras. Inés, agarrándose la barriga, intentó tranquilizarse. Todo saldría bien. Seguro que todo acabaría bien.

Hoy recordando esto, he entendido que el verdadero respeto en una familia no se gana solo con linaje ni herencia, sino con humanidad y comprensión.

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Rebeca se casó siendo muy joven; su padre le encontró marido el día que cumplió 18 años. La familia es adinerada… ¿qué más se necesita para ser feliz?
¡Vamos, hija! ¡Ambos apenas tenemos dieciocho años…!