Oye, ¿te cuento una cosa? Mi prima me llamó emocionadísima porque se enteró de que compramos una casa. ¡Qué bien! Eso está genial, me decía toda contenta. Y yo le respondí: Sí, la compramos pero ya te digo, está hecha un desastre. Hay que reformarla entera, es una ruina. Hay muchísima faena por hacer y nos va a tocar invertir un buen dineral.
Ella empezó a imaginarse: Pues arregladlo rápido y montamos una barbacoa en vuestro jardín. ¡Eso sería maravilloso! Césped, columpios, huerto con tomates y frutas vamos, un sueño. Estoy deseando ir a veros. Y yo le dije: ¿Para qué esperar? Vente este fin de semana. Nos ayudáis a tirar los trastos viejos, arrancar el papel de las paredes y en el terreno hay que podar los árboles. De verdad, necesitamos ayuda Después, si estamos cansados, hacemos la barbacoa.
Con esa propuesta, mi prima se tranquilizó un poco. Y entonces soltó: Ay, no, justo este fin de semana ya hemos quedado con mi hermano para vernos. Así que le dije: Bueno, no pasa nada. Vente el siguiente fin de semana. Trabajo hay para años, créeme. Será divertido currar juntos y después pegarnos una buena barbacoa, ¿eh? Nos lo vamos a pasar bien
Y, eso sí, si vienes, no te olvides de traer carne, que ahora estamos pelaos, todo el dinero se ha ido en la compra de la casa y no nos queda ni un euro.
En primavera ya será otro rollo, nos ayudarás a cavar el huerto, plantar cebollas y tomates, cuidaremos todo juntos y luego comeremos nuestras propias verduras frescas. ¿No es bonito?
Después de escucharme, creo que mi prima se agobió un poco. Se despidió rápido diciendo que tenía cosas que hacer y apagó el móvil. Espero que haya entendido algo, porque aquí siempre hay faena que hacer: echar estiércol, labrar la tierra, pasar el cortacésped y mil cosas más.







