Quiérete a ti mismo, y todo irá sobre ruedas

Ámate a ti misma, y todo irá bien

Fuera soplaba un viento helado, las calles de Segovia cubiertas por la niebla y el frío intenso reflejaban también el ánimo sombrío de Carmen. Sentada sola en su amplio chalet lleno de recuerdos, sentía, como tantas veces, que lo tenía todo y a la vez le faltaba lo esencial. Tenía marido, desde luego, Rodrigo, pero otra vez había salido esa tarde por asuntos, y ella sabía perfectamente de qué asuntos se trataba.

Sus hijos hacía tiempo que volaron del nido. Su hijo, casado, vivía en el barrio de Salamanca con su familia; la hija, desde hacía años, residía cerca de Bilbao. Allí terminó la universidad, se casó con un vasco y vivían muy unidos, criando ya a su pequeña hija.

Aquella mañana Carmen había hablado con su hija, Alejandra, por teléfono.

Mamuchi, te noto decaída insistía Alejandra, ¿te ha pasado algo?

Nada, hija, no te preocupes. Todo bien, ¿y vosotros? ¿Cómo está mi querida nieta?

Estamos genial, mamá. Íñigo anda todo el día con el hospital, ya sabes que los cirujanos nunca paran, llega a casa agotado, pero le encanta su vocación. Y Ainara pronto va a empezar en la guardería, está creciendo feliz.

Me alegro, hija, deseo que todo os vaya bien decía Carmen con una voz cansada.

Aun así, mamá, te noto rara. ¿Dónde anda papá?

Papá… está en el garaje, ha salido a ver el coche, con este frío y la ventisca… mintió Carmen, no queriendo preocuparla.

Desde hacía más de medio año, Carmen vivía con el corazón revuelto y una angustia que no compartía con nadie. ¿Para qué? Algunos la compadecerían, otros se alegrarían de su desgracia. El verano pasado, mientras cuidaba su huerto bajo la ventana, escuchó por casualidad a Rodrigo hablar con voz baja y dulce. Sabía que Carmen estaba fuera. Le sorprendió oírle tan cariñoso, ajeno a todo.

Bueno, mi sol hoy no puedo pasarme, pero sabes que te echo de menos yo también te quiero no te enfades, que mañana pasaré seguro. Ya sabes que cumplo lo que prometo

Rodrigo colgó, ajeno a que su mujer lo había escuchado todo. Carmen se quedó helada, como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. Su Rodrigo, tan fiel, resultó ser como tantos otros. Recordó al instante los lamentos de su hermana cuando su marido tuvo una amante. Carmen jamás pudo aceptar algo así.

Ahora, comprendía a su hermana. No sabía si llorar o echar a Rodrigo de casa. Se sentó en el muro del jardín y rompió a llorar.

Dios mío, ¡cómo he podido fiarme tanto! Rodrigo, al que consentí y confié a ciegas, ahora siguiendo los mismos pasos que tantos hombres.

Rodrigo tenía cuarenta y siete años. Se podía decir que había triunfado: tenía familia, hijos independientes, un comercio de harinas en Segovia que también proveía piensos por la provincia. Carmen, mientras tanto, llevaba meses tragando esa amarga verdad. Averiguó con paciencia quién era la otra mujer. Sin que él lo supiera, revisó su móvil una noche mientras dormía.

La otra, como descubrió, se llamaba Teresa y era una pariente lejana de unos amigos. No era desconocida, ya que en más de una ocasión habían coincidido en reuniones. Vivía en la zona de Los Pinos, un barrio de edificios altos. Por medio de una amiga común, Carmen obtuvo sin llamar la atención la dirección de Teresa.

Nuestra Teresa tiene mala fama, ya sabes le contaba su amiga, Bea. Es guapa, no te voy a negar, nunca se ha casado ni ha tenido hijos. Siempre ha ido de flor en flor, y lo sabe todo el mundo. No le dura la pareja, ni busca compromisos. Sola en la vida y tampoco querría criar un niño por su cuenta.

Carmen escuchó sin decir nada; aguantó las ganas de romper a llorar y se fue a casa donde, por fin, permitió que las lágrimas salieran en privado.

Qué duro es llevar todo esto por dentro.

Pasaron dos meses y Carmen no aguantó más. Decidió ir a ver a Teresa. Cuando esta le abrió la puerta y vio a la esposa de Rodrigo, palideció. Carmen no pidió permiso; entró y se sentó en el sofá.

Hola dijo Carmen cansada, mirando a su alrededor.

Teresa, incómoda y asustada, parecía pensar que Carmen iba a armar un escándalo. Con voz dura, Carmen preguntó:

¿No te da vergüenza estar con un hombre casado? Sabes que no está bien. ¿Tan pocos hombres solteros hay en Segovia? Sobre la desgracia de otros no se construye la felicidad, eso es sabido por todos.

Teresa rompió a llorar.

No sé qué me pasa. Estoy enamorada de Rodrigo. No puedo vivir sin él.

En ese momento, Carmen perdió el control, se levantó y le dio una bofetada.

Perdóname sollozó Teresa, no sé en qué estaba pensando

Carmen tampoco pudo contenerse. Ambas lloraron largo rato. Al calmarse, Carmen dijo:

No le cuentes a Rodrigo que he estado aquí. Pero si descubro que sigues recibiéndolo, entonces no me haré responsable de mis actos y salió sin mirar atrás.

Teresa nunca le contó a Rodrigo la visita y Carmen tampoco reveló nada. Así seguían viviendo. No sabía si Rodrigo seguía viendo a Teresa; él seguía marchándose por asuntos de vez en cuando y Carmen sospechaba a qué se debía. Sentada sola, los pensamientos la atormentaban.

No sé qué hacer. Rodrigo es mi vida. Llevamos toda la vida juntos; separarnos sería partirme. Ni quiero dividir la casa ni hacer sufrir a los hijos. Prefiero que todo siga igual.

Aunque me quedara el chalet, ¿de qué me serviría? Necesita mantenimiento, siempre hay algo que arreglar. Rodrigo está siempre con un martillo en la mano. No quiero acabar sola y sin nada. ¿Y cómo se lo diría a mis hijos? Les dolería que su padre estuviese con otra más joven

Carmen guardaba el secreto para sí, sabiendo que si lo contaba a alguien, la juzgarían. Le dirían que se valorara, que se divorciara, que amara su dignidad.

Quizá tengan razón reflexionaba, pero yo amo a mi marido. Ojalá también él me ame. Tal vez este capricho pase, volverá a la realidad. Su actitud conmigo no ha cambiado: sigue siendo cariñoso, no discutimos. Tal vez lo correcto sea amarme a mí misma y cuidarme un poco más

Era un peso muy duro para Carmen convivir con este secreto, fingir ante Rodrigo que todo iba bien, soportar en silencio. No podía apartar de su mente aquella Teresa, tan joven y bella. Pero en el fondo, resignada, aceptó, aunque le resultara extraño, que su marido hubiera estado con otra.

¿Dónde estará ahora? Dice que tiene trabajo, pero sé que podría estar con ella

De repente, una idea la sacudió. ¿Por qué no buscar ella también compañía? Se veía bien conservada, no le faltaban piropos…

No podría se dijo de inmediato. No imagino a otro hombre a mi lado. Rodrigo es el mejor. ¿Cómo podría recuperarlo del todo? Le perdonaría esta aventura, por difícil que fuera Supongo que los hombres piensan diferente sobre el amor, o quizá esté equivocada. Nadie puede saber qué tienen en la cabeza.

Carmen recordó sus años jóvenes y esbozó una triste sonrisa.

Mira que éramos felices cuando compartíamos una habitación en el piso de estudiantes, cuando teníamos que contar pesetas para llegar a fin de mes, y en vez de cenar fuera, nos íbamos de cine con las entradas más baratas. Parece tan lejano y a la vez tan cercano Hoy en día no nos falta de nada, pero me siento tan sola. Ni siquiera me atrevo a contarlo.

Un día, mientras Carmen seguía inmersa en sus pensamientos, vio por la ventana cómo Rodrigo llegaba entre la ventisca, iluminando el patio con los faros del coche. Aparcó, cerró el garaje y se adentró en la casa.

Carmen, ¿dónde andas? ¿Qué haces sentada a oscuras? preguntó, encendiendo la luz de la cocina. Ella ni había notado que anochecía.

Estoy aquí susurró, pensando en mis cosas, y con el mal tiempo que hace

No digas nada. ¡Menudo temporal! Casi no llego, la carretera estaba impracticable, todo blanco. Estoy muerto de hambre, ¿qué hay de cenar? dijo Rodrigo con naturalidad.

Carmen se levantó para preparar la cena mientras él fue a lavarse las manos. Durante la comida, Rodrigo la miró sonriendo.

Escucha, Carmen, pronto llega Nochevieja y quiero darte una sorpresa.

Carmen se tensó; últimamente no disfrutaba las sorpresas

¿Qué clase de sorpresa? preguntó casi sin respirar.

Rodrigo aguardó, observando cómo ella parecía esperar el veredicto, tensa.

¡Ay, mujer! Hace siglos que no viajamos. Espera un momento dijo mientras iba al recibidor. Mira lo que tengo aquí: ¡dos billetes de avión para Mallorca! Nos iremos a pasar el fin de año a la isla, bajo las palmeras, ¿qué te parece? dijo sonriendo.

A Carmen se le fue el peso del alma, como si le quitaran un enorme lastre. Sonrió, aún llena de dudas, pero ilusionada.

¡Madre mía, Rodrigo! Eres el mismo de siempre, inventando sorpresas. Me apunto ya mismo, creo que me vendrá genial. ¿Quién iba a pensar, ir al Mediterráneo en enero? rió feliz.

La idea me la dio nuestro hijo, pero yo también pensaba que era hora de cambiar de aires. Así que prepara la maleta

La vida empezó a mejorar para Carmen. Viajaron a Mallorca, celebraron la Nochevieja, descansaron y volvieron renovados a Segovia, más felices que nunca. Rodrigo la cuidaba con cariño, volvía antes a casa; si se retrasaba, siempre la avisaba.

Con el paso del tiempo, Carmen entendió que, a pesar de los dolores y las dudas, debía pensar también en ella, quererse y respetarse. Nada garantiza la felicidad, pero cuando no dejas de lado tu propio valor, la vida poco a poco encuentra la manera de seguir adelante. Y comprendió que, para vivir en paz, lo primero es aprender a amarse a una misma.

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Quiérete a ti mismo, y todo irá sobre ruedas
¡Abuelo, mira! — Lía está pegada a la ventana. — ¡Un perrito!