Quién sabe hacia dónde girará el río del destino

Quién sabe hacia dónde se desviará el río del destino

Durante el último mes, Eduardo andaba ensimismado, hablando poco con su mujer, Consuelo. Ella lo miraba inquieta y pensaba:

Seguro que está enfermo, fijo que le pasa algo. Dentro de poco cumplirá cuarenta y cinco y queremos celebrar el cumpleaños en un restaurante. Tendré que cogerlo de la mano y arrastrarlo al médico, conozco a uno de confianza. Debería hacerse unos análisis y ver qué más necesita…

Consuelo le contaba sus cavilaciones y temores a su mejor amiga, Inés, y esta, de pronto, le soltó:

Mi Mateo, cuando se enamoró de otra tía, también andaba raro y mustio.

¡Anda, Inés, no digas tonterías! No compares a mi Eduardo con tu Mateo le respondió Consuelo.

¿Y acaso tu Eduardo es mejor que el mío?

¡Para nada! ¡Tu Mateo siempre fue galán, un mujeriego y un payaso! ¿O me equivoco? El mío, ni dos palabras sabe juntar Fui yo la que tuvo que pedirle matrimonio cuando éramos jóvenes. Y menos mal que me fui a vivir con él, que si no, igual seguía soltero.

El año pasado, Inés pilló a su Mateo con otra. Consuelo la consolaba:

¡Déjalo ya, Inés! Ocúpate de ti misma, deja de llorar y echa de casa a ese traidor.

Inés empezó a salir por bares y restaurantes, coqueteaba con otros hombres, se cortó el pelo bien corto diciendo que era un cambio de look, y Consuelo la miraba horrorizada. Ella le sugería que se apuntara a algún curso, aprendiera a bailar, siguiera formándose, que hiciera deporte no ese tipo de cosas que hacía Inés.

Pero, con el tiempo, Inés perdonó a Mateo. Y Consuelo no lo entendía.

A Eduardo jamás podría perdonarle algo así pensaba ella.

Eduardo y Consuelo llevaban casados mucho tiempo, pronto serían veintiséis años. Se conocían al dedillo, habían pasado de todo juntos, criado a dos hijos y tocaba ya empezar a pensar en la jubilación tranquila. Aunque aún se sentían jóvenes, y Consuelo ya había hablado con la familia para celebrar el cumpleaños grande de Eduardo; se lo comunicaría a él más adelante.

Consuelo y Eduardo se casaron justo antes de acabar la universidad. Se conocieron en una excursión de la facultad. Ambos estudiaban carreras diferentes, pero vivían en Madrid. En cuarto, organizaron un viaje con varios estudiantes de distintas facultades. Sentados alrededor de una hoguera, fue Consuelo quien se fijó primero en el tímido Eduardo, y aunque al principio le costó atreverse a hablar, poco a poco se hicieron más cercanos. Ella incluso le arreglaba la camisa cuando él se la rompía en alguna rama del campo.

Eduardo le cargaba la mochila y allí surgió la amistad, luego el amor floreció casi sin que se dieran cuenta. Fue Consuelo la primera en declararse. Después, él, en voz bajita, dijo:

Consuelo, creo que también estoy enamorado de ti.

Entonces, vivamos juntos. Me mudo a tu casa y vamos al registro él no se opuso.

Así fue como Consuelo trasladó todas sus cosas al piso donde Eduardo vivía con su abuela Carmen. El más feliz fue el padre de Eduardo, ya que la abuela Carmen era su madre. La madre de Eduardo apenas se hablaba con su suegra desde joven; no quería encargarse de ella, así que el nieto, compasivo, se mudó para cuidarla. A partir de entonces Consuelo se hizo cargo.

Eduardito le decía la abuela Carmen, ¡qué suerte tienes con Consuelito! Es una mujer de provecho, activa y resuelta. Así es como tienen que ser las esposas. Cuando os caséis, el piso será para vosotros. Cuida bien de Consuelo.

Se casaron pronto. No mucho después, la abuela falleció. Los hijos nacieron uno tras otro. Ahora el mayor tenía veintitrés, el pequeño veintiuno. La vida transcurría tranquila entre vacaciones y familia unida. Sin embargo, últimamente Eduardo estaba cada vez más ausente. Recientemente, soltó en voz baja:

Se puede decir que la vida ha pasado y no hemos llegado a disfrutarla, Consuelo.

¿Pero qué dices, Eduardo? se molestó ella. No hemos parado quietos. Hemos ido a la Costa Brava, a Cádiz, a Galicia, incluso de viaje a Italia y Turquía. Criamos a los niños, pronto llegarán los nietos.

No me refiero a eso… dijo él, encogiéndose de hombros y callando. La miró de una forma extraña, pero Consuelo no le dio importancia.

Ella tenía otras cosas en la cabeza.

Eduardo, ¿qué te parece si invito a Nacho y Mónica a tu cumpleaños? Son amigos, aunque vivan en Valencia

¿Qué cumpleaños? se sorprendió él.

¡El tuyo! Que cumplirás cuarenta y cinco. Lo celebraremos en un restaurante bonito.

Ah. Ni me había enterado de que eso ya estaba decidido y la miró otra vez con esa expresión rara.

Y ahí estaba Consuelo, tres horas sentada en el sofá, sola, mirando el suelo, sin lágrimas.

Nunca me imaginé que algo así me podría pasar se lamentaba.

Ese día Eduardo llegó del trabajo temprano; ella no se lo esperaba, ya que últimamente hacía horas de más y ella se había acostumbrado a estar sola en casa.

Hola dijo él y se sentó en la cocina sin ni siquiera quitarse la chaqueta de cuero.

¿Hola? Pero bueno, Eduardo, quítate la chaqueta, lávate las manos y ven a cenar dijo su mujer en tono habitual.

Eduardo bajó la cabeza, en silencio.

Consuelo, me voy de casa. Perdóname murmuró.

¿Cómo que te vas? ¿A dónde? Anda, déjate de tonterías, te sientas y hablamos, igual estás enfermo y necesitas un médico

Eduardo levantó la mirada y la sostuvo fijamente.

Estoy perfectamente. No tiene nada que ver con médicos. Lo que pasa Consuelo, es que me he enamorado. Hace dos años que estoy con una compañera del trabajo.

¿Te has buscado una jovencita? preguntó Consuelo, dolida y seca.

No, no es más joven. Es una mujer normal, sin más, ni guapa ni fea, pero una mujer de verdad.

¿Y yo qué soy, Eduardo? preguntó ella sorprendida.

¿Tú? y agitó la cabeza como quitándose un peso. Tú eres mi jefa, Consuelo, y yo tu perrito faldero. No puedo dar un paso sin tu permiso. Controlas absolutamente todo; nunca preguntas qué quiero yo. Todo en nuestra vida está decidido por ti: la ropa que visto, dónde vamos de vacaciones, cómo celebrar el cumpleaños, qué comemos y qué bebemos. No me dejas ir al fútbol porque según tú allí no hago nada, cuando a mí me apasiona el fútbol.

Pero, Eduardo, solo quiero lo mejor para ti, hago todo por ti empezó Consuelo. Él la interrumpió.

Te doy todo lo que gano y tú lo administras. Me das el dinero justo para el café y las cajetillas de tabaco. ¿No te has parado a pensar lo humillante que es eso para un hombre? No puedo ni tomar una caña con los compañeros después del trabajo porque no tengo ni un euro suelto, ni para una cerveza en un bar. Hablaba tranquilo, con su voz monocorde, pero dolía oírle.

Consuelo se arrodilló ante él y le clavó la mirada.

Eduardo, siempre lo hemos hecho así. ¿De repente ahora te molesta? Si lo prefieres, te daré tu paga para salir con tus amigos, iremos juntos a ver partidos, y a comprar ropa te traeré al centro y eliges tú

Eduardo volvió a mirarla de forma extraña.

Consuelo, no entiendes nada alzó la voz, sorprendiéndole. Quiero respirar, sentir que las decisiones son mías, comer lo que me apetece, tener mi espacio, donde pensar a solas. Tú me impones tus deseos, y yo he ido aceptando, incapaz de rebelarme. Pero, tarde o temprano, todo acaba. Me siento incapaz, como si fueras mi tutora; decides por mí.

Ella permite que la cuiden
Dios mío, ¿y ella no es así? preguntó Consuelo, casi suplicando.

No, es diferente. Es una mujer que me deja cuidarla, me permite sentirme hombre, ¿te das cuenta?

Consuelo nunca había visto así a su marido. Parecía otra persona, como si despertara de un letargo Entendió entonces que Eduardo, efectivamente, se había enamorado, como en la juventud.

Pero esto no está bien pensó ella, a nuestra edad Qué vergüenza y en voz alta dijo. Por un capricho, ¿vas a destruir tu familia? ¿Qué dirán de nosotros, Eduardo? Recapacita. Todo el mundo piensa que somos una familia ejemplar.

¿Qué más da la gente, Consuelo? ¿Qué familia ejemplar?

Consuelo comprendió de golpe que su marido se había rebelado, había organizado una revolución. Y ella no podía hacer nada. Rompió a llorar, algo que nunca le había pasado.

¿Consuelo, lloras? se sorprendió él.

Ella lo abrazó. Pero Eduardo fue inflexible. Apartó suavemente sus brazos, se fue a la habitación, recogió unas cosas y con la maleta se marchó del piso. Consuelo se quedó rodeada de un silencio espeso.

Jamás imaginé que el destino desplegaría este giro y que pasaría de ser una esposa establecida a una mujer solitaria, mirando el futuro de la vejez en soledad

Consuelo llamó enseguida a Inés, que llegó en un instante para consolarla.

Consuelo, ¡pero qué años tenemos! ¡Venga, anímate! ¿Te acuerdas cómo me animabas tú? Que si cursos, que si cuidarme Pues no me sirvieron de nada esos cursos, querida. Mateo volvió porque se le pasó la tontería y está conmigo porque sabe que no hay quien lo aguante mejor. Quizá tu Eduardo también regrese aunque, en su interior, Inés dudaba mucho. Eduardo no era como Mateo, siempre fue más serio.

No, Inés, el mío no vuelve. Me ha dicho cosas que lo dejan claro. Hay que conocerle para saberlo.

Cuando su amiga se marchó, Consuelo se quedó mucho rato inmóvil, mirando el suelo, sin saber en qué ocupar el tiempo, a quién cuidar, a quién dar órdenes, con quién discutir. Le tocaría aprender a vivir sola. O quizá, quién sabe, la vida le sorprenda. ¿Quién sabe hacia qué riberas la arrastrará la corriente del río del destino?

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