Empiezo por contaros que tengo un piso de tres habitaciones que heredé lleva en mi familia cerca de setenta años, como quien dice y un hijo de quince años de mi primer matrimonio. Tengo treinta y seis años, y hace poco se mudó conmigo mi amigo, Andrés, que tiene treinta y nueve. Al principio vivíamos los tres tan tranquilos, hasta que Andrés, en un alarde de paternalismo, dijo que su hija, la jovencísima Martina de trece años, no tenía ni dónde poner los pies en la casa de su madre. Así que, claro, Martina se instaló en mi piso, y para ella preparé su propio cuarto. Saqué todas mis cosas para que la niña tuviera espacio y un poco de esa privacidad tan de moda entre adolescentes.
Os aviso que Martina tiene un carácter de armas tomar. Desde que pisó mi casa, empezó con sus manías: le molestaba que el armario de mi hijo fuese más grande que el suyo, y exigió un nuevo cuarto, manipulando a mi chaval a lo Picasso: ¿Me hablas? Pues cuando me des tu cuarto, lo pienso y te contesto. Una pequeña artista del chantaje emocional.
Y claro, Andrés siempre sale en defensa de su hija. Dice que él era igual, que los carácterazos se suavizan con los años. Pero no es solo el cuarto; también es muy exquisita para comer, como una pequeña reina gourmet. Martina no tiene reparo en decirme: No como eso, hazme otra cosa. Y hace una semana llegó el colmo: de su cuarto salía un aroma… digamos, memorable. Le pedí amablemente que lo limpiara porque no quería ni dejarme entrar en su zona VIP.
Vamos, que me di cuenta de que en esta casa soy la última de la fila. Me enfadé de verdad, y le dije que si seguía así de maleducada podía hacer las maletas y volver con su madre, porque yo no pienso aguantar groserías en mi casa. Como era de esperar, Andrés saltó a defender a Martina. Le conté todo lo que pensaba, y ahora no tengo ni idea de cómo irá nuestra relación. Espero no haberla destrozado por completo. Pero mira, si él no me respeta y solo le importa su hija, pues que se vaya, y punto. Que nadie se va a quedar para siempre porque sí Y yo lo tengo claro, si hay que cerrar la puerta, se cierra y ya.







