¿Quién sabe hacia dónde girará el río del destino?

¿Quién sabe hacia dónde girará el río del destino?

Llevo un mes viendo a Ignacio cada día más pensativo, callado conmigo, distante. Me doy cuenta de que algo le ocurre, por mucho que quiera engañarme pensando que son imaginaciones mías. Carmen, mi mujer, no para de darme vueltas en la cabeza:

Seguro que está enfermo, algo le pasa. Pronto cumple cuarenta y cinco años y estamos preparando la celebración en una cafetería. Tendría que llevarle al médico, conozco uno de confianza. Unos análisis, lo que sea, pero hay que hacerle un chequeo

Carmen se desahogaba con su mejor amiga, Rosario, contándole sus preocupaciones y sospechas. Y Rosario, sin cortarse un pelo, saltó:

Pues mira, mi Antonio, cuando se encaprichó de otra, se puso igual: mustio y ausente.

¡Qué cosas dices, Rosario! No compares a tu Antonio con mi Ignacio le respondió Carmen, apartando la mano.

¿Y por qué no? ¿Acaso tu Ignacio es mejor que el mío?

No, claro que no. Si tu Antonio es un seductor, siempre rodeado de mujeres, un bromista nato, ¿no? Ignacio, en cambio, no sabe ni hilar dos frases seguidas. Hasta le tuve que pedir yo matrimonio, si por él hubiera sido, seguiría soltero. Y fui yo la que se mudó a su piso.

El año pasado Rosario pilló a Antonio con otra y Carmen intentaba consolarla:

Déjalo, dedícate a ti misma, apúntate a unos cursos, haz ejercicio, baila, busca algo para superarte. Pero nada de ir de bar en bar

Rosario decidió tirar la casa por la ventana. Echó a Antonio, empezó a salir mucho, cortó el pelo y a todos decía es mi nuevo estilo, mientras Carmen la miraba perpleja, pues esa no era la terapia que le tenía en mente en absoluto.

Al cabo de un tiempo, Rosario perdonó a Antonio. Carmen no lo entendía.

Yo jamás se lo perdonaría a Ignacio pensaba.

Llevamos casados más de veinticinco años, toda una vida juntos, con sus altibajos, dos hijos ya criados y lo que debería ser la calma de la madurez llamando a la puerta. Me hacía ilusión celebrar el cumpleaños de Ignacio con toda la familia, y hasta ya lo tenía hablado con mis cuñados. Solo le diría el plan a Ignacio en el último momento, como siempre.

Nos casamos poco antes de graduarnos. Nos conocimos en una salida de senderismo, estudiábamos carreras distintas pero ambos en la Universidad Complutense de Madrid. En cuarto año colaboramos en una excursión conjunta. Recuerdo el fuego de campamento y cómo me fijé en lo callado que era Ignacio, tan serio, incluso un poco torpe. Como me daba pena, acabé protegiéndole. Le cosí la camisa cuando se enganchó con una rama y él me cargaba la mochila pesada. Poco a poco, nos fuimos haciendo inseparables y, sin darnos cuenta, aquella amistad se transformó en algo más profundo. Fui yo la que le dije: Ignacio, creo que estoy enamorada de ti. Y él, en voz baja, respondió: Pues creo que yo también.

Nunca se me olvidará cómo terminé llevándome mis cosas al pequeño piso donde vivía Ignacio con su abuela, doña Pilar, una mujer entrañable. Toda la familia se alegró, sobre todo el padre de Ignacio, porque Pilar era su madre y nadie más la cuidaba. La madre de Ignacio, en cambio, no se hablaba con la suegra. Cuando doña Pilar enfermó, Ignacio no dudó en mudarse para cuidarla y, al final, acabé haciéndome yo cargo de esa tarea.

Ignacito, hija mía, esta Carmen sí que vale, es una joya. Si os casáis, piso para vosotros. Cuídala mucho decía doña Pilar.

Al poco, nos casamos. Después falleció su abuela, y llegaron nuestros hijos, uno detrás de otro. Hoy el mayor tiene veintitrés y el pequeño, veintiuno. Han sido años tranquilos, bastante normales: vacaciones en la Costa del Sol, algún viaje a Galicia, escapadas a Mallorca, incluso algún verano en Portugal. Para mí, no ha estado nada mal. Pero en los últimos meses Ignacio anda con la mirada perdida. Hace poco me soltó:

Parece mentira, toda una vida y, la verdad, madre, no hemos hecho nada demasiado emocionante.

¿Cómo que no, Ignacio? me quejé yo. No hemos parado: hemos ido a Granada, a las playas de Cádiz, en Pirineos, hasta en Portugal hemos estado dos veces. Nuestros hijos están crecidos, y los nietos llegarán pronto. ¿No es suficiente?

No hablo de eso bufó él, mirando por la ventana.

Tenía yo la cabeza llena de mis cosas cuando se me ocurrió:

Ignacio, ¿invito a Paco y a Rocío a tu cumpleaños? Aunque estén en Sevilla, son amigos de toda la vida.

¿Qué cumpleaños? dijo, sorprendido.

¡El tuyo! ¡Cumples cuarenta y cinco! Estoy organizándolo en una cafetería monísima.

Ah, claro. Ni idea de que ya estaba todo decidido y me miró otra vez con esa expresión rara.

Ahora aquí estoy, escribiendo estas líneas, sentado en el sofá de casa, una tarde interminable en Madrid. Carmen anda por el pasillo, triste, sin saber qué pensar. Sé que no será fácil explicarle lo que pasa.

Hoy llegué a casa mucho más temprano de lo habitual; llevo ya cosa de un año quedándome hasta tarde en la oficina y ella se había acostumbrado.

Buenas tardes dije entrando en la cocina, aún con la chaqueta puesta.

¿Pero qué haces tú aquí tan pronto? Venga, quítate la chaqueta, lávate las manos y siéntate. Vamos a cenar me ordenó Carmen con su tono de siempre.

Me quedé sentado un rato, sin decir nada, mirando hacia abajo. Al final, me armé de valor y le solté, casi en un susurro:

Carmen, me voy. Perdóname.

¿Que te vas a dónde? Anda, deja de decir tonterías. Si estás malo, mañana te llevo yo misma al hospital.

Levanté la vista y la miré fijamente a los ojos.

No, no estoy enfermo. No tiene nada que ver con médicos. Estoy bien. Carmen, llevo dos años enamorado de otra persona, una compañera del trabajo.

Habrá encontrado una jovencita, claro saltó ella, toda dignidad.

No, no es más joven que tú. Pero es distinta. No es una diosa, ni una belleza espectacular; es, simplemente, una mujer, una auténtica mujer.

¿Y yo qué soy, Ignacio? preguntó ella, dolida y sorprendida.

Tú eres y no sabía cómo decirlo. Tú eres como mi jefa. Y yo he acabado siendo como un perrito atado a tu correa. Nunca decido nada por mí mismo. Desde hace años, tú decides hasta el color de mis camisas, adónde vamos de vacaciones, qué como, qué bebo, si puedo ir al fútbol o no. Y yo, simplemente, me dejo llevar, incapaz de rebelarme.

¡Ignacio, lo hago todo por tu bien! empezó Carmen. Pero le interrumpí.

No lo entiendes. No tengo dinero propio, todo te lo doy y tú organizas las cuentas. Me das la paga justa para el tabaco y el café del trabajo. No puedo irme con mis compañeros a tomar unas cañas, ni siquiera puedo invitarles yo porque no llevo euros encima. ¿Sabes lo que es para un hombre sentirse así? Es como si no existiera por mí mismo.

Carmen vino y se arrodilló delante de mí, poniéndome la mano en el hombro:

Ignacio, si es eso lo que quieres, te daré dinero para tus cervezas de los viernes, iremos juntos al fútbol, podrás escoger tu ropa. Cambiamos lo que sea necesario, te lo prometo.

Pero yo ya había tomado mi decisión. La miré una última vez, esta vez con cierta ternura y tristeza.

Carmen, no lo entiendes. Quiero espacio, respirar, vivir a mi manera, no conforme a tus planes. Con ella, con Dolores, puedo ser hombre, puedo cuidar, puedo equivocarme y aprender. Puedo ser yo. Contigo contigo soy tu proyecto, tu responsabilidad.

¿Y ella te deja cuidarla? preguntó Carmen en voz baja.

Sí, me deja ser yo mismo. Me deja ser hombre.

Nunca me había visto Carmen así, tan decidido. Se quedó mirándome, comprendiendo quizá por primera vez que mi decisión era de verdad. Y yo, a mi vez, sentí una culpa enorme, mezclada con alivio. Supe que esto marcaría un antes y un después en nuestras vidas.

Carmen intentó abrazarme. Pero fui firme, aparté sus manos, cogí la maleta que ya había preparado horas antes y salí del piso. Ella se quedó sola. El silencio pesó como nunca aquel día en Madrid.

¿Quién me iba a decir que el destino daría un giro tan inesperado y que yo, que siempre pensé que el futuro estaba atado y bien atado, me vería abocado a empezar de nuevo a estas alturas? Pero ahora sé que si no me sentía libre, nunca podría ser feliz de verdad.

Más tarde me enteré de que Carmen llamó a Rosario llorando. Rosario intentó animarla, dijo que esto no era el fin del mundo, que siempre hay tiempo de reconstruirse, de buscar nuevas metas. Quizá Ignacio, ese soy yo, acabaría volviendo algún día, pero, sinceramente, ambas sabíamos que esta vez sería distinto.

Cuando se quedó sola de nuevo, Carmen comprendió que le tocaba acostumbrarse a otra vida, a reinventarse. ¿Quién sabe? Quizá, a la vuelta de la esquina, el río del destino la lleve a una orilla más amable. Y es que, por mucho que creamos dirigir nuestro rumbo, la vida siempre encuentra maneras de sorprendernos. Hoy, yo también lo he aprendido: nadie es dueño del río, ni del destino.

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¿Quién sabe hacia dónde girará el río del destino?
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