No todo el mundo merece una segunda oportunidad. ¿Para qué quiero a mi esposa en la vejez?

Cuando tenía veintiséis años, mi esposa, Catalina, me dejó con nuestro hijo de tres años y se casó de nuevo en Sevilla. Al principio, quiso llevarse al niño, pero mi madre, Carmen, no lo permitió. Temía que Catalina le arruinara la infancia y decidió hacerse cargo de él. Mi madre siempre fue un faro para mí y, cuando era joven, me advirtió que fuese firme y cauteloso si alguna vez Catalina intentaba volver conmigo.

Hay personas, hijo mío, a las que mejor evitar. Te usan mientras les sirves, y cuando la suerte te abandona, te dejan atrás sin mirar. Así solía decirme Carmen mientras el sol se colaba por la ventana de nuestra casa en Granada.

Crecí rodeado del cariño de mi madre, de mi padre, y junto a ellos eduqué a mi hijo, Joaquín. Lo mandamos a estudiar a la Universidad de Salamanca, donde conoció a una muchacha llamada Estrella. Era una mujer dulce y generosa, siempre ofreciéndome su ayuda y, ya casada con Joaquín, venía a menudo a visitarme; traía comida y llenaba la alacena de embutidos y queso manchego. Era honrada y trabajadora, así que pensé que con una esposa así, mi hijo no pasaría nunca penurias y aprendería a distinguir entre la sinceridad y la mentira.

Pasaron muchos años y, a pesar de la soledad, nunca me planteé casarme de nuevo. Creí que todos lo sabían. Sin embargo, me enteré un día que Catalina había retomado el contacto con Joaquín. Jugaba a ser madre y, con sigilo, preguntaba por mí. Cuando se enteró de que vivía solo, en un piso de Madrid y con empleo, me propuso vernos, diciendo que me echaba muchísimo de menos. Recordando las palabras de mi madre, le dije que no. Ya me había robado una vez la dicha de tener una familia.

Ella fue entonces a buscar a Joaquín y comenzó a hablarle mal de mí.

¡Ni siquiera le has dado una oportunidad! Mamá ha cambiado mucho, es buena y me ayudó mucho con los niños me dijo por teléfono mi hijo. Por vuestra culpa, crecí en una familia rota. ¡Dejad que los nietos tengan abuelo y abuela!

No es así le contesté. Deja que los niños conozcan a su abuela si tú lo ves bien. Pero yo no volveré con Catalina. No todas las personas merecen una segunda oportunidad.

Ahora, Joaquín me culpa por todo. Catalina le ha contado algo y él piensa que lo hago por rencor, que no he perdonado a mi ex esposa y que quiero estropear la infancia de mis nietos. Me asegura que Catalina ha cambiado, pero yo la veo igual; sigue mirándose a sí misma, sigue buscando algo de mí, como una sombra bajo la luz dorada de la tarde sevillana.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 + seventeen =

No todo el mundo merece una segunda oportunidad. ¿Para qué quiero a mi esposa en la vejez?
Hasta que el corazón lo indique tarde: una historia sobre lo fácil que es perder lo más importante