¡No me lo puedo creer! Una madre hizo todo lo posible para acabar con la vida de su hija.

Tuve una mejor amiga, Estrella. Éramos amigas desde hace muchos años. Más de una vez me había contado lo duro que era su vida, y todo se debía a que llevaba veinte años viviendo con su marido y su madre.

Isabel ese era el nombre de su madre era el tipo de mujer que no dudaba en aprovecharse de quienes la rodeaban, sin importar que se tratara de su propia hija. Siempre encontraba algún motivo para quejarse de todo. Aunque Isabel tenía ya 85 años, hay que decir que aún mantenía bastante actividad para su edad.

Isabel seguía creyendo que Estrella le debía todo, incluso la vida misma. Todo esto porque, cuando Isabel se quedó embarazada, su marido la abandonó y se fue con otra mujer. Isabel volcó todo su resentimiento sobre Estrella, que, para su desgracia, tenía el mismo carácter que su padre.

Nunca trató a Estrella como a una hija querida; más bien era su criada, su ama de llaves, su esclava. Estrella trabajaba duro, tenía dos empleos. Cuando regresaba agotada a su piso en Madrid, se ponía a fregar el suelo y a cocinar la cena. Su madre, en cambio, se negaba a ayudarla en la casa. Además, no era raro que Isabel le hiciera la vida imposible porque Estrella cocinaba algo que no le apetecía. Imagínate: la pobre chica llegó a dejar uno de sus trabajos para poder cruzar la ciudad y preparar la comida que su madre quería.

Aquel día era el cumpleaños de Estrella. Todos nos reunimos en su casa; preparó una mesa preciosa, pero pude ver tristeza en su cara. Me confesó que había tenido otra discusión con su madre. Al final, todos nos fuimos antes de lo previsto.

Al día siguiente, por la mañana, supe que Estrella ya no estaba. Resulta que, después de que nos fuimos, Isabel volvió a montar un escándalo. El corazón de Estrella no lo soportó y nadie llamó a emergencias. Por la noche se fue para siempre. Así, su madre se quedó sola, habiéndose devorado la vida de su hija.

Este doloroso relato nos recuerda que el amor familiar debe cuidar y respetar, no exigir ni destruir. Las obligaciones no sustituyen al cariño, y la falta de gratitud puede arrebatarnos lo más valioso: la paz y la vida de quienes tenemos cerca.

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