Diario personal, 12 de marzo
Hoy he estado reflexionando sobre el comportamiento de mi suegra, Carmen, con respecto a nuestras hijas, y siento que todo esto ha sido una lección para todos. Carmen siempre ha adorado a sus nietas, y continuamente las lleva a su casa en Madrid o viene a visitarnos. Siempre solía traerles regalos: muñecas, cuadernos para colorear, acuarelas, golosinas típicas como caramelos de violeta, gomas, pinzas, lazos para el pelo. Jamás escatimaba en gastar euros para hacer feliz a sus nietas.
Mis hijas estaban tan acostumbradas a esos presentes que, cada vez que entraba por la puerta, cogían sus regalos y desaparecían en su habitación para jugar, olvidándose enseguida de la abuela. Supongo que a Carmen le empezó a molestar esa actitud, porque esta vez vino sin regalos, ni siquiera trajo unas pastas para acompañar el té.
Las niñas no pudieron disimular su decepción ante la ausencia de sorpresas. Les expliqué, un poco estricta, que hay que querer a la abuela Carmen igual, tanto si viene con regalos como si no. Fruncieron el ceño y se marcharon a sus habitaciones.
Luego, Carmen y yo nos sentamos en la cocina, entre tazas de té y la charla, y me explicó el motivo de su cambio. Había leído en Internet un artículo interesante que decía que no se debe dar regalos constantemente a los nietos porque se acostumbran y empiezan a esperar los regalos, no a la abuela. Lo que ella quiere realmente es que las niñas se alegren cuando la ven, por ella misma. Tras contarme esto, me ofreció dinero para que les comprara lo que creyera necesario.
Carmen es una persona muy sensible; se toma muy en serio lo que ve y escucha, pero nunca impone su opinión a nadie. Por eso, acepto sus rarezas con bastante calma.
Sin embargo, rechazé el dinero. No va con mis principios. Tanto mi marido como yo trabajamos y ganamos bien, y me parece fuera de lugar aceptar el dinero de una señora mayor para comprar regalos a nuestras hijas. Pero Carmen insistía, así que llamé a mi marido para que me ayudara a explicarle.
Él, igual que yo, no logró convencerla. Al final amenazó con dejar de visitarnos si no aceptábamos el dinero. Probamos todo tipo de argumentos, pero fue inútil.
Desde entonces, unas cuantas veces al mes, Carmen envía distintas cantidades de dinero a la cuenta de mi marido para sus queridas nietas. Nosotros hemos encontrado la mejor solución: Compramos todo lo que necesitan nuestras hijas y guardamos el dinero en una cuenta bancaria a nombre de Carmen. Hemos decidido sumar algo más de nuestro bolsillo y entregar toda la cantidad como regalo de cumpleaños.
Por cierto, la idea de Carmen ha dado resultado al cien por cien. Ahora nuestras hijas se alegran genuinamente cuando viene la abuela, y la llevan a su cuarto para jugar juntas.






