Divertidas anécdotas familiares para animarte y hacerte sentir mejor

Una familia fuerte y unida reconocía, en aquel sueño extraño, que sus miembros atravesaban juntos el tiempo: los días lluviosos y las fiestas de barrio, el peso de las penas y el crujido ligero de la alegría. Todos se sostenían en el aire unos a otros, apenas con miradas cómplices y palabras envueltas en la ternura de los inviernos en Burgos. Era sabido entre ellos como si lo hubieran pactado en otra vida que siempre podrían soltar sus inquietudes como globos al viento en la cocina con olor a café y magdalenas.

A veces, el prodigio de la felicidad se colaba sin hacer ruido, con un simple gesto, un pequeño disparate, un guiño torcido como los reflejos del sol en la Plaza Mayor. Recuerdo (soñaba) que mi marido y yo somos bajitos, menos de un metro sesenta ambos, pero mi padre, Don Leopoldo con su barba tan tupida como los olivos de Jaén se alzaba orgulloso a sus ciento setenta centímetros. Cuando entraba en casa exclamaba, teatral: ¡Buenos días, hobbits! Y nosotros respondíamos jubilosos: ¡Buenos días, Gandalf! Y todos reíamos. A veces, su gaita mecánica se mezclaba con el canto lejano de las cigarras.

En mi familia estábamos yo, mi marido, y nuestras dos hijas, Jimena y Marisol. Un día nos asaltó esa pregunta etérea: ¿quién saca hoy al perro? Para decidirlo, inventamos un juego silencioso, porque en los sueños los ruidos molestan. La que perdiera, se encargaría del paseo surrealista. El jugar comenzó y Jimena, diligente y misteriosa, ya se estaba poniendo el abrigo sin decir nada. En un vaivén de abrigo y bufanda, salió al recibidor y le puso la correa a Lana, nuestra perra. El resto, en la penumbra del sueño, casi cantamos a unísono: ¡Jimena, qué buena eres! Y Jimena, sonriendo como un duende, gritó: ¡He ganado! Y, satisfecha, se quitó el abrigo y volvió a la mesa.

Hubo una vez, recuerdo en la niebla onírica, cuando mi amigo Felipe vino a casa a pedir la mano a mi padre. Al verle, mi padre se arrojó al suelo como si el parquet fuera el mar, y gritó con voz de trueno: ¡Por fin llegaste, Salvador! Una broma vieja, contada en las tabernas de Segovia, tejida durante generaciones, cumplía su ciclo. Mi padre siempre había querido representar esa escena y por fin, en ese retablo de ensueño, pudo hacerlo.

Debo contar también, con la bruma de la siesta, que suelo preparar el desayuno para mi sobrina Marta, de ocho años. Los fines de semana me levanto un poco más tarde, entre sábanas de algodón. Una mañana, con el sol resbalando por los visillos, al llegar a la cocina me encontré ya preparado té, queso fresco y dos bocadillos de jamón serrano. Marta había decidido sorprenderme en mi día libre, y en sus ojos flotaba el agradecimiento de los niños.

Hubo otra época, soñada tal vez, en que fuimos de visita al pueblo de mi madre un rincón de la provincia de Valladolid junto a mi hermano, su esposa y su hija, Lucía, de siete años, y mi hijo Daniel, de once. Decidimos comprar pistolas de agua, reliquias de feria, y los niños se armaban de pistolas, mientras los adultos creaban su propio combate en el patio de la casa de adobe. Nadie recordaba quién ganó; solo el agua fresca en las mejillas.

Cuando tenía seis años, mis padres me llevaban al atardecer al campo. Mi padre portaba una caña de pescar con un trozo de madera atado a un corcho. Cruzábamos campos dorados como retratos de Goya, hasta llegar a un llano infinito donde él agitaba la caña, emulando el chillido de un ratón. Al rato, una lechuza enorme quizá de Toledo o sólo de mis sueños bajaba a picotear el trozo de madera, sin lograr nunca atraparlo. Yo miraba, embelesada, y mi padre me enseñó así el amor a la naturaleza. Momentos susurrados por la brisa, los más bellos.

Me di cuenta, en un rincón borroso de la memoria, de que mi marido y yo nunca discutimos. Recordé cómo mis amigas me contaban sus desacuerdos domésticos. Observé nuestra casa: ropa sobre las sillas, papeles desparramados junto a platos y tazas sin lavar. Pero no sentíamos ira: simplemente nos sentábamos juntos en el sofá, nos abrazábamos y veíamos una película. Así era nuestro peculiar equilibrio: dos almas tranquilas, flotando.

Una vez, mientras aguardábamos la cola en la panadería, mi hija hojeaba revistas. Dijo con asombro: ¡Mira, papá, una revista de hadas, sale Flora en la portada! Yo contesté: Hija, esa no es Flora, sino Bloom. Dos chicas delante se giraron, perplejas, al ver que un padre así, con su aire castizo conocía los entresijos de las hadas y sus nombres.

Cuando mi marido perdió a su madre de niño, mi madre, Doña Consuelo, tomó ese hueco sin pensarlo. Y allí estábamos, una tarde soñada y temblorosa, todos sentados en una tasca antigua de Salamanca: mi marido, nuestros dos hijos y mi madre. Él daba las gracias a mi madre con voz temblorosa, como si de pronto los lazos de sangre fueran hilos de seda entre sus palabras.

Mi hija Marisol, de ocho años, regresó corriendo del parque y, con los hombros aún agitados por el juego, contó: ¡Papá, había una mariposa gigante en la plaza, de colores como vitrales de catedral! Dibujaba el tamaño sobre el aire con sus manos, tan grande como el ala de un halcón. Todos estaban asustados, nadie se atrevía a acercarse, sólo los chicos intentaron espantarla con palos… ¡Pero no se atrevieron!

Y Marisol, con la respiración cortada por la emoción, completó: ¡Pero yo no tuve miedo! ¡Me lancé yo sola! Esperé el instante para hablarle de no hacer daño a los seres vivos, pero ella continuó: ¡Encontré un palo y espanté a los chicos! ¡Para que nadie tocara a la mariposa! Luego, la solté yo misma y voló muy alto, muy lejos…

Así giraba, como un carrusel dulce y absurdo, la vida familiar en mi sueño de Castilla: ligera, entrelazada, llena de milagros pequeños y caricias en forma de viento.

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