¡Todavía le debo dinero por eso!
Dicen que soy un auténtico manitas de las reformas. Llevo ya tanto tiempo metido en ello que lo he convertido en un oficio que me da para la vida. A veces, la familia me tira de la manga para que le eche una mano con arreglos o chapucillas. Y una tarde, entre brumas doradas, suena mi móvil, el timbre largo y reverberante, casi como campanas de la Catedral de Burgos bajo el agua. Contesto, y al otro lado, la voz disuelta de mi primo Rodrigo, que me llama como si lo hiciera desde un sueño.
Escucha, Álvaro, necesito tu ayuda me dice entre ecos de su salón vacío.
A los dos o tres días, entre las calles serpenteantes de Salamanca, me presento en su piso, flotando hasta su portal como si no rozasen mis zapatos el suelo. Ya había comprado y almacenado los materiales: sacos de cemento, azulejos con reflejos de luna sevillana, tarima flotante que crujía con nostalgia de otros pasos. Apenas llegué, me hundí en ese mar de obras. Sentía cierta alegría irreal, como si tuviéramos que remodelar la realidad misma en vez de su casa.
Nunca he querido cobrar a la familia. Aunque Rodrigo insistió en pagarme unos cuantos billetes de euros que parecían hojas secas de platanero, preferí negarme. El piso quedó irreconocible, como si estuviésemos a punto de descubrir un pasillo oculto a otra dimensión. Todo el trabajo llevó casi dos semanas; el cansancio se mezclaba con una satisfacción líquida, de esas que te adormecen los huesos.
Quedaron, al final, unas cuantas tablas y sobrantes de obra amontonados en el recibidor, junto a un aire de espera perezosa. Rodrigo entonces me plantea, con voz lenta, como si lo pensara desde otro lado:
Oye, Álvaro, ¿y si te quedas con todo esto? Si eso, guárdalo en tu trastero de Alcalá. Seguro que te sirve para alguna chapuza o a tus clientes. Así te ahorras unos euros, primo.
Acepté. No siempre tienes sitio en el trastero para azulejos bailones ni lata de pintura aún con olor a domingo. Me llevé ese resto de materiales, entre risas, como quien arrastra sombras por la Gran Vía madrileña al atardecer.
Aquella noche, entre copa y copa de vino tinto, celebramos la reforma terminada. Despedimos la jornada con una palmadita en la espalda, como si así volviéramos a la niñez, y me marché a casa mientras las farolas susurraban secretos.
Pero a la mañana siguiente, mientras el sol jugueteaba en mis cortinas, una sensación extraña flotaba en el aire. Y a eso de las dos, Rodrigo me llama. Su voz, antes liviana, suena ahora metálica, casi robótica:
Álvaro, ¿te importaría pagarme los materiales de la obra? Que son buenos tablones, y la tarima, una preciosidad. Podrías haber sacado algo vendiendo las baldosas, ¿sabes? Si quieres te paso mi cuenta y me haces una transferencia, ¡así más sencillo!
Decir que me quedé perplejo es poco; era más bien como si me hubiera salido una nube de la boca en vez de palabras. Habíamos acordado que todo era cosa de familia, pura hospitalidad, y esos materiales nacieron para el vertedero, no para hacerse de oro. Rodrigo mismo los iba a tirar, pero cambió de idea cuando le dio el aire. ¿Y ahora, tendría que cobrarle yo por las horas de sudor y polvo?
Sigo sin saber qué decirle ni cómo romper esta cuerda invisible entre los dos. Al fin y al cabo, lo ayudé por puro cariño y los materiales no valían ni la sombra de un billete. ¿Debo pedirle yo ahora salario por la reforma? ¿O seguir paseando por este sueño raro entre azulejos, primas y cuentas pendientes?







