Soy propietaria de una pequeña parcela en las afueras de Toledo. No siembro nada en ella, sólo busco refugio en mis ratos libres, lejos de los rumores y el bullicio de la ciudad. No me apetece gastar fuerzas en cultivar un huerto, así que instalé una barbacoa, una pérgola de madera donde sentarme y cubrirme de la lluvia. Para el futuro, he soñado con poner una valla alrededor, cediendo a la tranquilidad y el orden.
Voy allí a veces para asar chorizos y descansar bajo el sol que parece pintado, irreal, como si flotara en un cuadro de Dalí. Mis vecinos son sombras amables, rostros que saludan sin invadir el aire con palabras innecesarias. Sin embargo, una vecina, Eulalia, a veces se desliza por mi parcela; me observa sobre su hombro, preguntándose cómo puedo existir sin ramitas ni huertos que den sentido a las horas. Su terreno, justo al cruzar la calzada, es un mosaico de plantas y flores que abraza día y noche, como si fueran sus propios hijos de barro y agua.
Entre nuestras parcelas no había aún valla, así que Eulalia entraba como si el límite fuese sólo bruma. No me entusiasmaba su presencia; a veces llegaba a mi rincón y la encontraba allí, inspeccionando el espacio como si fuera suyo. Le preguntaba, medio despierta y medio dormida, ¿Ha pasado algo, Eulalia? Ella respondía, Nada Solo miraba dónde podría plantar unas cebollas. Hay tanto hueco libre y nada crece aquí. ¿Te importaría si intento plantar algo yo misma?
El aire se volvía pesado, como si la tarde fuera una sábana mojada sobre mi piel. No quise parecer grosera; pensé y murmuré, Bueno Supongo que podrías ocupar una pequeña esquina.
Después, la culpa me visitó y no pude descansar. Eulalia rondaba por mi parcela durante horas, su presencia me agitaba los pensamientos y no encontraba la paz soñada.
Llegaron mis vacaciones, un viaje irreal a las costas de Cádiz. Al regresar, en el primer fin de semana, volví corriendo a mi parcela, anhelando el silencio, y al entrar, me topé con una visión surrealista: un invernadero de cristal, huertos de pepinos y tomates ondeando en mi propio suelo, como si la tierra hubiese decidido soñarse a sí misma cultivada.
Sabía muy bien quién había sido; no necesité preguntar a los otros habitantes oníricos. Sentí el enfado en el estómago, como una bandada de golondrinas furiosas. Llamé a un amigo con manos hábiles y juntos, ese mismo día, compramos un rollo de malla metálica. Cercamos mi refugio bajo la luz de un sol que parecía de papel maché. Ya Eulalia no podría colarse entre la realidad y mi sueño.
El siguiente fin de semana, ella apareció junto al límite: ¿Por qué has puesto esa valla? Ahora no puedo atender mis plantas. ¿Las cuidarás tú?
Aquello sonó como una campana rota en mi sueño. Por la noche desmonté el invernadero y arrojé las tablas de madera al otro lado, a su dominio rebosante de raíces y deseos.
Desde entonces, Eulalia camina por su parcela como una figura lejana, casi fantasmagórica, y nunca ha vuelto a saludarme.
Y me pregunto, como en los sueños más extraños: ¿Habré hecho lo correcto?







