Llevábamos más de diez años casados con Felipe. Todo parecía ir viento en popa: estábamos enamorados, teníamos una hija preciosa y la estábamos criando con mucho cariño. Un buen día, Felipe se encontró con un antiguo compañero de facultad que le ofreció un puesto con un sueldazo. Felipe, por supuesto, aceptó. Ese fue el momento exacto en el que empecé a olvidar lo que era la tranquilidad y la vida sosegada.
Felipe empezó a llegar tardísimo a casa, de mal humor y más irritable que un toro en San Fermín. A veces, ni siquiera aparecía. Su relación con nuestra hija se fue al garete. Y, para rematar la faena, una tarde regresó cogido de la mano de una chica joven que bien podía haber sido su nueva becaria y, mirándome como si fuera invisible, me ordenó que recogiera mis cosas, cogiera a la niña y saliéramos pitando de la casa.
No me lo podía creer. Le supliqué que, al menos, esperáramos hasta la mañana siguiente, pero él se mantuvo más firme que una tapia. Así que nos echó sin contemplaciones. No me quedaba otra que irme al viejo caserón de mi abuela, perdido en un pueblito de Castilla, hecho un desastre: el tejado más agujereado que un queso manchego, las paredes medio caídas y ni una puerta que cerrase bien.
Al lado vivía la vecina, la señora Carmen, que yo recordaba de niña. Estaba bastante pachucha, así que a menudo me pedía ayuda con el huerto y las tareas de casa. Poco a poco, conseguimos apañar un corrillo de gallinas y una vaca lechera, y desde entonces no nos faltaron los tomates, los higos ni la leche fresca. De ahí, se me encendió la bombilla.
Compré unas cuantas vacas más y, en menos de lo que canta un gallo, mi leche estaba en el ultramarinos del pueblo y hasta en el supermercadoEl Corte Inglésde la ciudad. Un día sonó el teléfono: era mi exsuegra, que durante años no se había acordado ni del cumpleaños de mi hija. Le dejé bien claro que no me apetecía tener trato ninguno. Pero, cuando supo que me iba bien, se lo soltó a su hijo y, a los pocos días, Felipe se plantó en la puerta.
Se quedó pasmado al ver el antiguo caserón convertido en una casa preciosa, con un cochazo extranjero en la entrada y yo, más guapa y segura que nunca nada que ver con la mujer a la que había echado de casa. No quise ni abrirle la puerta ni que me revoloteara por la vida. Mi hija, además, ya había aprendido a vivir sin ese padre. Así que le pedí a uno de mis empleados que, por favor, le acompañara educadamente hasta la salida porque, por aquí, ese hombre estaba más perdido que un turista en la Plaza Mayor sin Google Maps.







