Vivo a una calle de un instituto y, estos días, el bullicio ha vuelto a apoderarse de la acera: chicos con mochilas gigantescas, camisas desabrochadas, risas aquí y allá, madres corriendo de prisa, bicicletas aparcando en la esquina y entregando chavales como si fuesen paquetes de Amazon. Para la mayoría, esto es el pan de cada día. Para mí, cada septiembre es un martillazo en el pecho. Hace tres años, perdí a mi hijo cuando estaba en 4º de la ESO, y desde entonces, esta época es la más cuesta arriba de todo el año.
Mi hijo, Javier, tenía 16 años. Aquella noche salió a cenar con sus amigos y luego se quedó un rato más en el parque. A las 22:00, cruzaba la calle para volver a casa. Yo le esperaba despierta, como siempre. Un conductor a saber si era el primo perdido de Fernando Alonso, pero borracho y con menos luces que una feria apagada se saltó el semáforo en rojo y arrolló a Javier. No frenó, ni dudó ni un segundo. Javier ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Cuando me llamaron del hospital, sentí como si me vaciasen por dentro. Me quedé bloqueada, de pie junto al teléfono, incapaz de entender lo que me decían.
He perdido a mis padres, así que sé lo que es el duelo. Pero enterrar a tu propio hijo es jugar con las reglas trucadas. Eso no le toca a nadie. Sentí rabia, impotencia y culpabilidad, todo en el mismo pack. Me preguntaba por qué le dejé salir, por qué no le escribí para que volviera antes, por qué Dios permitió algo así. Durante meses tuve broncas bueno, monólogos con Dios. Lloraba y rezaba, me quejaba de que no era justo, que me lo quitó sin aviso previo.
Desde hace años tengo una papelería. Ese es mi medio de vida. Vendo cuadernos, bolis de colores, gomas, hago fotocopias y recargas, y también trabajo como agente de pagos, así que por la tienda entra y sale gente como si fuese un portal giratorio. Antes atendía a los estudiantes con una alegría casi infantil. Ahora, cada uniforme me recuerda al de mi hijo. Cualquier chaval que compra un estuche me lleva de vuelta a los días en los que yo le preparaba la mochila a Javier. A veces, haciendo copias, de repente se me nublan los ojos y tengo que disimular como puedo.
El primer año después de su marcha casi cierro la papelería. No tenía fuerzas ni para levantar la persiana. Me obligaba a salir de la cama porque había que pagar el alquiler y las facturas, y no sólo de recuerdos vive una madre. Muchas veces atendía con una sonrisa de pegatina y el corazón hecho añicos. Había días en los que entraba un grupo de chicos riendo y yo tenía que girarme para no llorar delante de ellos.
Con el tiempo, he dejado de enfadarme tanto con Dios. No es que se haya ido el dolor, es que descubrí que la rabia también acaba contigo. Ahora mis oraciones suenan diferentes. Ya no me quejo. Pido fuerza, calma. Pido ayuda para aprender a convivir con este agujero que nunca se llena.
Estos días, cuando veo arrancar el curso escolar, siento el corazón encogerse como si fuera una camiseta lavada en agua caliente. Ya no lloro como antes, pero la tristeza se instala y no se va. Aprendes a vivir con ella, pero jamás la olvidas. Uno aprende a respirar alrededor del dolor, no a borrarlo.
Cada mañana abro mi papelería. Atiendo a los estudiantes. Veo sus mochilas pasar por la puerta. Y aunque por fuera parezco fuerte, por dentro sigo siendo esa madre que espera escuchar la llave de su hijo girar en la cerradura a las diez de la noche aunque sé, con toda el alma, que eso ya no volverá a pasar.






