Anna era hija única, y sus padres se esforzaron al máximo para proporcionarle una vida mejor: desde …

Recuerdo la historia de Inés, hija única de una familia acomodada de Madrid. Su padre y madre siempre se esforzaron por ofrecerle una vida mejor, colmándola de atenciones y permisos desde que era niña. No hubo capricho que no le concedieran, y el dinero no era un problema: gastaban con generosidad en Inés, incluso cuando sus decisiones eran meramente impulsivas. Nada le era negado, salvo en asuntos del corazón, donde los padres consideraban a su hija como una auténtica reina y no consentían que se casara con cualquiera. Los novios de Inés enfrentaban un escrutinio severo, y cuando surgía el tema del matrimonio

Su primer esposo, Jaime Martínez, era un hombre admirable, emprendedor y dispuesto a forjar su propio negocio. Sin embargo, el padre de Inés veía con recelo cualquier inversión que implicara a su yerno; temía que Jaime pidiera ayuda económica, y así hizo todo lo posible para separar a la pareja. Alimentaba la discordia entre ellos y, finalmente, el matrimonio se quebró en apenas año y medio.

El segundo marido, Sebastián Ruiz, era apuesto y poseía una fortuna considerable, pero la madre de Inés, Dolores, no tardó en advertirle que sufriría infidelidades. Decía que aquello se le notaba en el rostro de Sebastián. Además, él era egoísta, destinaba todo su dinero a sus propios placeres y exigía que Inés trabajara y contribuyera con la misma cantidad en cada gasto. Inés tampoco se sentía cómoda, y Dolores le animaba sin descanso a pedir el divorcio.

El tercero, Gonzalo Ordóñez, fue quien mejor la trató, amándole con devoción. Pero era mucho más joven que ella, y nunca supo cómo comportarse ante sus padres. No logró ganarse el respeto de la familia, y una vez más, las dudas y objeciones de los padres provocaron el fin del matrimonio. Inés acabó divorciándose, pues deseaba formar una familia y Gonzalo aún no estaba preparado para ser padre.

Así, Inés volvió al hogar de sus padres. Estos volvieron a protegerla, a animarla y a mimarla como siempre, pero ¿acaso quedaba algo de alegría en ese ambiente? Inés sabe en su fuero interno que los propios padres, con su cuidado y su constante intervención, propiciaron la ruina de sus matrimonios. Sin embargo, no puede reprocharles nada; ellos, desde el primer día, solo buscaron lo mejor para su hija.

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– ¡Aquí está toda la verdad sobre tu prometida! – dijo el padre con frialdad, entregándole al hijo una memoria USB