Mira, llevo viviendo en mi casa más de veinte años, y mi vecino casi casi lo mismo. Él empezó a levantar la suya cuando nosotros ya estábamos con las últimas pinceladas del nuestro. Así que nos conocemos de sobra, hemos echado muchas charlas en la valla, incluso nos hemos visitado alguna vez, pero nunca hemos llegado a ser súper amigos, de esos de toda la vida.
El invierno pasado, me fui a casa de mi hija porque aquí sola no me manejaba muy bien. Cuando llegó la primavera y empezó a hacer más calorcito, ya estaba deseando volverme.
A finales de abril, cuando ya no quedaba rastro de la nieve, regresé a casa. Todo estaba en orden. Así que me puse manos a la obra con el jardín de delante y la huerta. Limpié toda la entrada, planté flores nuevas, llené los parterres de frambuesas y até el manzano para que no se doblara. En la huerta puse unas patatas, pero sobre todo me concentré en plantar cositas pequeñas: verduras, frutas, bayas.
Tengo dos invernaderos pequeños, que me llegan por la cintura. Ahí planté pepinos y pimientos, y en un tercero, tomates.
En las hileras tengo fresas, zanahorias, cebolla y un poquito de eneldo. Y justo al lado de la valla que da con mi vecino, planté grosellas y uva espina. Vamos, que me pegué una buena paliza. Y claro, todo ese trajín no pasó desapercibido. Cada vez se me hacía más difícil hasta llevar un cubo de agua para ducharme. Así que, cuando podía, mi hija venía y me llevaba a Madrid a pasar unos días, y hasta me mandó un mes entero de verano al balneario para que me rehabilitara.
Después empecé a encontrarme fenomenal. Volví al campo, fui a ver mi huerta y, madre mía, me encuentro con que la valla de madera estaba rota, así tal cual, que cualquiera podía meterse en mi huerta desde el lado de mi vecino.
Se notaba clarísimo que mi vecino había estado usando mis invernaderos, mis toneles del riego y hasta alguna hilera del huerto. ¡Y ni siquiera tuvo el detalle de llamarme para pedirme permiso, con lo fácil que era marcar mi número!
Como te imaginarás, no me hizo ninguna gracia. Fui a preguntarle qué había pasado con la valla, y me reconoció sin despeinarse que la rompió porque le era más cómodo pasar así, que había estado usando mis cosas del huerto y tan tranquilo. Le dije que no me parecía nada bien, que ese no era el trato y que no me gustaba que nadie se metiera en mis cosas sin permiso.
Le pedí que arreglara la valla como Dios manda. Y ya que estaba, le sugerí que para compensar, pues podría compartir conmigo algo de la cosecha. No es que me hicieran falta sus calabacines, era simplemente para que aprendiera la lección y lo recordara la próxima vez.







