Mi padre nunca soportó a Luis. Desde hace años había elegido a un pretendiente para mí entre los hijos de sus amigos, así que nunca consideró seriamente a mis novios y no les daba importancia. Vivía aferrado a ilusiones y sueños propios y, cuando se enteró de mi compromiso con Luis, me echó de casa. Esperaba que me arrepintiera y pidiera perdón, pero no lo hice.
Mi madre siempre me brindó su apoyo, aunque no podía enfrentarse a mi padre. Le tenía miedo y también la asustaba quedarse en la calle, porque llevaba años sin familia propia. Yo, en cambio, tenía otra situación. Mi suegra era una mujer extraordinaria. Nos acogió a Luis y a mí en su casa con los brazos abiertos y nos dio todo su apoyo, tanto moral como económico. Vivíamos los tres juntos y, cuando nació nuestro hijo, la vida era mucho más tranquila y agradable de lo que había sido nunca con mi padre y todos sus reproches.
Por culpa de mi padre, a duras penas podía hablar con mi madre. Tenía que inventar excusas, diciendo que iba a ver a unas amigas, para poder visitarme y pasar tiempo con su nieto. Su miedo a mi padre no era infundado. Era un hombre complicado, capaz de perder el control y levantar la mano. Pero, en el fondo, mi madre todavía le quería profundamente y no se imaginaba la vida separada de él.
Así que aguantaba y tenía paciencia, mientras que Luis y yo vivíamos como si mis padres habitasen en una ciudad muy, muy lejana, aunque en realidad estábamos en Madrid todos.
Solo después de nueve años, cuando nuestro hijo ya iba al colegio y mi suegra sufrió un ictus, mi madre convenció a mi padre para que nos visitara. Estaba claro que nos echaba de menos. Al ver a su nieto, se alegró mucho, incluso abrazó a Luis y por fin le aceptó como parte de la familia. Mi madre ayudó muchísimo cuidando de mi suegra, mientras Luis y yo pasábamos la mayor parte del tiempo trabajando. Al final, tuvimos que dejar a nuestro hijo a cargo de su abuelo: él lo llevaba y recogía del colegio, lo acompañaba a fútbol y demás.
Comencé a notar que, después de pasar tiempo con su abuelo, el niño cambiaba. Estaba más arisco, se enfadaba más a menudo y a veces lloraba sin motivo. Luis tuvo que insistir mucho hasta que nuestro hijo le confesó lo que ocurría: mi padre lo menospreciaba constantemente, diciéndole camino al colegio que era un niño no deseado, que sus padres no lo querían y que era inútil en gimnasia, por eso siempre se quedaba en el banquillo.
Mi padre no había cambiado nada. Seguía odiando a Luis y a mí, dispuesto a amargarnos la vida por pura venganza, por algo que sucedió hace años.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Preferí salir antes del trabajo para cuidar yo misma de mi hijo y limitar el contacto con mi padre, viendo solo a mi madre. Ya es un hombre adulto, incluso mayor, y ni teme ni piensa en nada. Si mi padre no necesita a su familia, nosotros tampoco le necesitamos a él. La vida siguió sin él durante nueve años, y podría seguir así por muchos más.







