La esperada nieta
María del Carmen insistía en llamar a su hijo, que se había embarcado de nuevo en una larga travesía. Pero la cobertura seguía sin aparecer.
¡Ay, hijo mío, menudo lío has montado! suspiraba con nerviosismo mientras marcaba otra vez el mismo número. Llamase lo que llamase, la señal no iba a volver hasta que él llegara al puerto más cercano. Y eso podría demorarse. ¿Y con todo esto ocurriendo ahora?
María del Carmen llevaba ya dos noches sin pegar ojo ¡menuda debía haber liado su hijo!
* * *
Aquello había empezado varios años atrás, cuando Luis aún ni siquiera pensaba en hacerse marino. Ya era un hombre, pero nunca acababa de cuajar con ninguna mujer: todas parecían, según él, poco adecuadas. María del Carmen observaba con un pellizco de pena cómo se desmoronaban, una tras otra, las relaciones de su hijo incluso con chicas que, a sus ojos, eran la mar de simpáticas y formales.
¡Tienes un carácter imposible! le soltaba ella. ¡Siempre le encuentras defectos a todo! ¿Qué mujer va a aguantarte así?
No entiendo tus reproches, mamá. ¿Quieres una nuera y te da igual quién sea?
Importa, claro pero lo principal es que te quiera y sea buena persona.
Luis contestaba con un silencio lleno de significado, y eso encendía la rabia contenida en María del Carmen. ¿Cómo podía su propio hijo, al que había criado, al que vio llorar de pequeño en su regazo, comportarse ahora como si supiera más de la vida que ella? ¿Quién era el mayor allí?
¿Y qué tenía de malo Alicia? saltaba ella, a punto de perder la compostura.
Ya te lo dije.
Vale Alicia no era el mejor ejemplo, pero María del Carmen no iba a dejarse ganar la discusión. Pongamos, como tú dices, que no te fue honesta. Aunque tampoco termino de entenderlo
¡Mamá! No tenemos que hablar de detalles. No era la mujer para mí.
¿Y Carmen?
Tampoco, mamá.
¿Y Miriam? Era una buena chica, tranquila, hogareña, adorable. Venía y preguntaba qué podía hacer para ayudar ¿Es que nada te vale?
Era dulce, sí. Pero nunca me quiso. Y yo tampoco la quise a ella, supongo.
¿Entonces Lucía?
¡Mamá!
¿Qué? ¡Es que eres imposible! ¡Pareces un donjuán! ¡Cásate, sienta la cabeza, ten hijos!
¡Basta de discusión absurda! acababa cortando Luis, que acto seguido se marchaba dando un portazo.
¡Igualito que su padre, tan puntilloso y cabezón!, resoplaba María del Carmen, frustrada.
El tiempo pasaba; las chicas iban y venían, pero la ilusión de ver a su hijo felizmente casado y de acunar a sus propios nietos no se cumplía. Y, como guinda, Luis cambió completamente de rumbo: se reencontró con un viejo amigo y se embarcó como marino mercante. María del Carmen intentó disuadirlo con todas sus fuerzas.
¡Pero hijo, por favor! ¡Eso es muy lejos! ¿De qué me sirve tu sueldo si apenas te voy a ver? ¡Cásate mejor y quédate aquí!
¡Mamá! Esto es una oportunidad perfecta. ¿Sabes cuánto gana la gente como yo? ¡No te va a faltar de nada!
¿De qué me sirve el dinero? El dinero no me trae nietos
Bueno, ¡pero a la familia hay que mantenerla! Ya cuando tenga hijos dejaré el mar. Ahora es el momento de ahorrar.
Luis empezó a ganar mucho, en efecto. Tras su primer viaje trajo dinero para reformar toda la casa. Tras el segundo, abrió una cuenta y entregó a su madre una tarjeta.
Para que nunca te falte de nada.
Ya no me falta salvo los nietos, que el tiempo avanza y yo ya me hago mayor.
¡Pero si no eres tan mayor! Todavía te queda para la jubilación respondía él con sorna.
María del Carmen apenas usaba esa tarjeta. Con lo que ganaba ayudando en la farmacia del barrio tenía para sus pocas necesidades. Ahí se queda, que vea luego lo ahorrativa que es su madre, se felicitaba.
Y así continuaban. Cuando volvía de los viajes, Luis corría a recuperar el tiempo: salía con amigos, trasnochaba, conocía nuevas chicas que jamás presentaba a su madre. El día que ella se lo echó en cara, recibió una respuesta seca:
Es para que no te encariñes y luego me reproches que no me caso. No son mujeres para ello, mamá.
A María del Carmen le dolía. Más aún cuando su hijo la llamaba confiada, como si eso fuera un defecto:
Mamá, eres demasiado buena con la gente. Ni siquiera conocías bien a las chicas con las que salía. Todas sabían cómo agradarte, pero ninguna era quien aparentaba.
Aquellas palabras le dieron vueltas muchos días. Su propio hijo la llamaba ingenua. ¿Eso quería decir tonta? ¡Eso era decirle tonta a su madre!
Un día, al ver de lejos a su hijo paseando con una chica desconocida, renació en ella el deseo feroz de enderezar su vida amorosa. Sin pudor, se acercó: Luis, ya un hombre hecho y derecho, se sonrojó. Pero una madre siempre es madre: no le quedó más remedio que presentarlas.
A María del Carmen le gustó Lucía desde el primer momento. Alta, delgada, enérgica, con buen porte y educación. ¡Toda una joya! De pronto, se le esfumaron todos los rencores hacia su hijo.
¡Quizá es cierto que simplemente no había tenido suerte! ¡Menos mal que dejó a todas las otras, así pudo conocer a Lucía!, se ilusionaba.
El romance duró toda la estancia en tierra y, a instancias de la madre, Lucía visitó su casa varias veces. Era culta, con conversación amena. Sin embargo, cuando Luis volvió a hacer las maletas rumbo al mar, Lucía desapareció.
Ya no tengo nada con Lucía, y tú tampoco tienes que relacionarte con ella dijo Luis cortante antes de marcharse.
María del Carmen no lograba entender qué habría pasado y tampoco tenía a quién preguntar.
* * *
Pasó un año. Su hijo regresó varias veces pero rehuyó siempre hablar de la encantadora muchacha.
¡Por Dios, hijo! ¿Y ahora, qué pasó con esta? ¿Es que nunca te convence nadie? al fin no pudo reprimirse.
Eso es cosa mía, mamá. No te corresponde saberlo. Y si lo dejé con Lucía, por algo será. No te metas más en mi vida.
María del Carmen estuvo a punto de romper a llorar.
¡Pero es que me preocupo por ti!
¡No hace falta! soltó Luis, cortante. Y repito: no quiero que hables con Lucía. Y déjame en paz.
Luis volvió a embarcarse, y María del Carmen, con el corazón desgarrado, siguió con su rutina, resignada.
Un día, mientras despachaba en la farmacia, entró una joven a comprar leche para bebés. ¡Era Lucía! Lucia evitaba su mirada, arreglando el gorro de la niña sentada en la sillita.
¡Lucía, hija, qué alegría verte! Misha digo, Luis no me dijo nada, solo que no debía buscarte. ¡Y de pronto apareces!
¿Ah, sí? respondiendo con tristeza. Pues así quedaron las cosas.
El corazón de María del Carmen dio un vuelco.
Por Dios, ¿qué pasó entre vosotros? Si yo sé cómo es mi hijo ¿te hizo daño?
No tiene importancia. No le guardo rencor. Tenemos prisa, debemos hacer más recados.
Bueno, pásate aunque sea por aquí cuando quieras. Así charlamos un rato.
Al relevo de su próximo turno, Lucía volvió pidiendo leche. Poco a poco, María del Carmen le sacó la verdad: se había quedado embarazada de Luis, pero él le había dejado claro que no quería responsabilidades, que entre los viajes y el trabajo no tenía tiempo ni intención de formar familia. Y sin más, desapareció.
Estará navegando, imagino se encogió de hombros Lucía. En fin, estamos bien solas.
María del Carmen, casi de rodillas frente al capazo, miró a la pequeña.
¿Entonces es mi nieta?
Eso parece dijo Lucía bajito. Se llama Clara.
Clara
***
Desde entonces, María del Carmen no encontraba sosiego. Descubrió que Lucía y la niña vivían al día, ni siquiera tenían casa fija, el poco dinero que ella conseguía trabajando no bastaba. Lucía se planteaba volver a casa de sus padres. Solo imaginar a su nieta en otra ciudad, fuera de su alcance, llenaba a María del Carmen de angustia.
Vente a casa conmigo, Lucía. Con Clara. ¡Es mi nieta! Te ayudaré, busca trabajo tranquila. Además, Luis manda tanto dinero que no sé ya en qué gastarlo. Aquí a Clara no le va a faltar de nada.
¿Y Luis? ¿Qué va a decir?
¿A quién le importa? ¡Se desentendió e hizo como si nada! Yo tengo que compensarlo de algún modo. ¡Ya hablaré yo con él cuando vuelva!
Así empezó una nueva vida. María del Carmen volcó su tiempo y sus recursos en la niña, incluso pidió reducir horas en la farmacia para poder cuidar a Clara. Lucía empezó a trabajar llegaba exhausta cada noche.
No dejo de estar de pie y la clientela es un horror
Tú vete a descansar, hija, que yo me encargo de bañar y dormir a la peque.
El regreso de Luis estaba cerca. María del Carmen se imaginaba recibiéndolo con enfado y poniéndole las cosas claras, mientras Lucía, cada vez más nerviosa, temía el día en que el hijo regresase.
Cuando vuelva Luis nos echará a las dos. No debí aceptar venir a esta casa. Mañana mismo busco otra cosa.
¿Echarte? ¡Eso lo decido yo! ¡Vivo aquí y nadie echa a nadie!
Me gustaría poder valerme sola, María del Carmen. No quiero que Luis piense que hago esto por dinero, de verdad Usted es un ángel, nos ha dado tanto Pero es mejor que yo vuelva con mis padres.
¡Anda ya! ¡Eso lo decidiré yo! Aquí yo decido quién vive.
Aunque Lucía no quería quedarse, María del Carmen no aceptó un no por respuesta, insistió hasta que se quedaron. Un día, durante la cena, María del Carmen lanzó:
Creo que lo mejor es poner este piso a nombre de Clara. Para evitar líos. Como Luis parece que no va a asentarse nunca y ni siquiera la reconoció oficialmente
Disculpe, no quise susurró Lucía, abochornada.
Ya lo sé. Pero sin reconocimiento será complicado. Mañana mismo vamos a dejarlo claro.
Lucía protestó, pero María del Carmen se mantuvo firme. Sin embargo, al presentar los papeles ante el notario, se toparon con la burocracia: hacía falta que Luis se empadronara en otra parte. La madre se sintió contrariada, pero decidió que ya lo solucionarían en cuanto volviera su hijo. Lucía, en cambio, cada vez desaparecía más.
¿Dónde te pasas tanto tiempo últimamente? le preguntó una tarde.
En el trabajo Quiero que me adelanten algo de dinero, pero hasta que acabe lo que me han pedido, nada.
¿Qué es lo que necesitas comprar? Puedes usar la tarjeta, sabes el código.
Mientras Lucía se cambiaba, María del Carmen vio una gran bolsa llena de cosas escondida tras la cama.
¿Te vas a ir acaso? ¿Buscaste ya otro piso?
Debo marcharme, María del Carmen. Cuando vuelva Luis
¡No te dejaré irte con la niña! Y menos por miedo. Usa la tarjeta, compra lo que necesites, ya no trabajes tanto, hija: a este paso, Clara olvidará cómo es su madre. Si quieres que Luis te acepte algún día, aprende a llevar una casa.
Lucía calló. Luis volvió dos días después.
* * *
Amanecía el día del regreso de su hijo. María del Carmen se levantó temprano y fue a la habitación de Lucía y Clara para contemplar cómo dormían, pero Lucía no estaba: solo la niña descansaba tranquila.
¿Dónde está Lucía? ¡Jamás se fue al trabajo tan temprano!
Se fue a la cocina. Mientras cocinaba los platos favoritos de Luis, se imaginaba el reencuentro: Luis con Clara en brazos, pidiendo perdón a Lucía cuando volviera de trabajar.
Entonces, el timbre sonó.
Luis se quedó petrificado al ver a su madre con una niña pequeña.
Hola, mamá. ¿Y esta niña? ¿Qué ha pasado mientras yo no estaba?
¡Eso deberías saber tú!
No entiendo, cuéntame.
¿Cuentos? Aquí tienes a tu hija, Clara. ¡Y a ver qué tienes que decir!
¿Mi hija? ¿Tengo hermanos que no sabía? Luis la miraba atónito.
¡No te hagas el tonto! Lucía me lo contó todo. ¡Qué vergüenza me das!
¿Lucía? Mira, mamá, te pedí que no hablaras con ella. ¿Qué pinta ahora esta niña aquí?
María del Carmen, furiosa, soltó todo lo que llevaba dentro, reproches incluidos. Luis acabó llevándose las manos a la cabeza.
¡Eres increíble, mamá!
¡Llama a tu madre tonta! ¡Total, qué más da!
¡Esa niña no es hija mía! ¡Lucía te ha engañado! ¡Te lo dije: eres demasiado confiada! Ella solo buscaba dinero ¿Has notado si te falta algo?
¡No ha cogido nada! Eres
¡Mamá, comprueba tus cosas! Seguro que Lucía ya está lejos, llevándoselo todo.
¡Si fue a trabajar! protestó María del Carmen.
Discutieron mucho. Luis accedió a esperar el regreso de Lucía para aclararlo todo.
Esperaron hasta la madrugada. María del Carmen contó cómo conoció a Lucía, los meses que vivieron juntas, las intenciones de poner el piso a nombre de Clara. Luis insistía: Te han engañado pero
No me lo creo. Lucía es una buena chica
Buena estafadora, dirás. Y tú, siempre la buena fe.
¡Basta ya! Ya verás cuando llegue. ¡Habla con ella!
No es tu nieta
La madre le devolvió una mirada fría.
Se acabó, haremos una prueba de ADN.
¡Eso haremos! María del Carmen se retiró, altiva.
Llegó la noche, luego pasó el día. Lucía no regresaba; el teléfono tampoco contestaba. María del Carmen fue al supuesto lugar de trabajo de Lucía con Clara en brazos: nadie allí la conocía. Mostraron fotos, preguntaron por toda la zona: la respuesta era la misma.
María del Carmen volvió corriendo y, por consejo de su hijo, buscó los ahorros. Ni rastro de la tarjeta ni del dinero. Tampoco quedaban restantes cosas de Lucía, solo las de la niña. Solo entonces comprendió que la habían engañado.
¡No puede ser! No lo creo ¿Cómo va a abandonar Lucía a Clara y fugarse así?
Puede eso y más rezongó Luis. Me habían avisado de sus marrullerías Si supieras lo que le hizo a otros conocidos. Al final estaba embarazada, pero ni se sabe de quién ¡Y me convenció de que era mía!
¡Qué ingenua he sido! lloraba María del Carmen. ¿Por qué no me lo dijiste?
No quería hacerte daño. Siempre has sido tan buena
¿Y ahora qué hacemos?
Hay que ir a la policía. Menos mal que el notario no dejó pasar el cambio de propietario
Y fueron. La policía poco pudo hacer: Lucía desapareció como si la tierra se la hubiese tragado. Semanas, meses, y nada. Solo consiguieron bloquear la tarjeta a tiempo, y la encontraron después en una estación de tren de la provincia.
Durante la investigación, permitieron a María del Carmen quedarse con Clara. Tuvo que dejar el trabajo para cuidarla, pero por suerte lo que Luis mandaba alcanzaba para todo. La prueba de ADN confirmó que Luis no era el padre de la niña, pero María del Carmen ya quería a Clara como a una nieta verdadera. Con el apoyo de su hijo, decidieron criarla como parte de la familia. De Lucía no hubo más noticias, y, en ausencia suya, le retiraron la patria potestad. Costó meses, mucho papeleo, buscar guardería, reincorporarse al trabajo para acreditar ingresos pero, al final, lograron la tutela.
Un año después, al volver de otro viaje, Luis apareció acompañado de una mujer.
Mamá, te presento a Sonia. Vamos a vivir juntos.
¿Y? María del Carmen no sabía si él había contado a Sonia lo de la niña, señalando la habitación infantil con apuro.
Pero Sonia sonrió serena:
Encantada, señora Carmen. Luis me lo ha contado todo. Y, francamente, admiro lo que habéis hecho. Espero poder ser parte en la vida de Clara, si me lo permitís.
Sí, mamá y yo vamos a formalizar la adopción de Clara. Esta vez no hay obstáculo.
María del Carmen apenas podía contener la alegría:
¡Dios mío, qué felicidad! ¡Pasad, sentaos todos a la mesa! ¡Os estaba esperando! ¡Qué feliz soy! exclamó, retirándose una lágrima, mientras el aroma del cocido llenaba la casa de calor familiar.







