Una Vida Asombrosa

VIDA EXTRAORDINARIA

En la boda de nuestra amiga Marta celebramos durante dos días: con vino, comida y risas sin fin. El novio era tan guapo como un galán de cine y sorprendentemente humilde para su inimaginable belleza. Entre todas las invitadas mirábamos de reojo a Tomás: ojos azul cielo como los de un santo, pestañas tan largas y negras que serían la envidia de cualquier mujer (¡por qué les regala la Naturaleza tal fortuna a los hombres, madre mía!), barbilla firme, nariz a lo romano y piel limpia, tersa, acariciada por el sol. El remate: casi dos metros de altura y hombros de gladiador. Si no fuera por el cariño que le teníamos a Marta, habríamos peleado por él ahí mismo, entre las recetas de la abuela y los brindis. Tomás era demasiado bueno para ser cierto.

¡Pero qué pedazo de novio te has echado! le espetamos a Marta. Cada una puso cara de desdicha, por si acaso descubríamos parientes solteros y tan hermosos como Tomás.

Chicas, ¿qué decís? Yo me enamoré de Tomás por su sencillez. Él viene de un pueblo, se crió con su abuela, lleva la finca, tiene unas manos de oro. Nos conocimos cuando mis padres compraron casa en su aldea. Es sensible, bueno y muy fiable. Y la finca que llevaba madre mía. Un verdadero hombre, chicas. Me costó convencerlo para mudarse a la ciudad, gasté más de diez noches en argumentos, ja.

Tomás resultó ser hábil en el trabajo y encantador con los nuevos familiares, además de aplicado: en pocos años aprendió a distinguir buen vino, perfumes, política, arte, viajes, el índice Ibex 35, deportes… y perdió su pintoresco acento manchego. Tomó el volante de un coche cómodo que el suegro le prestó amablemente a la joven pareja, y encontró un puesto respetable junto a ese mismo suegro. La identidad del donante del piso, mejor adivinadla vosotras.

En el segundo año de matrimonio, Tomás desarrolló una pasión por los calcetines blancos. Solo usaba calcetines relucientes, andaba así por casa y a las visitas, sin zapatillas, los combinaba hasta con botas de goma, y se plantaba descalzo sobre suelos embarrados, orgulloso.

Marta aborrecía esos blancos, pero lavaba los suelos dos veces al día y compraba lejía por toneladas. Por eso Tomás ganó el apodo de Calcetín.

Que Tomás tenía amante, Marta lo supo en el octavo mes de embarazo. La amante, por cierto, esperaba parto en el mismo plazo. Calcetín fue echado de casa, despedido, maldecido y llorado en veinticuatro horas. Después llegaron los días tristes del otoño, pegajosos e interminables. Marta descansaba siempre en esa cama, ahora monstruosa, mirando el techo con los ojos secos:

Ya lloraré después. Ahora el bebé no necesita mi tristeza.

Marta, como una estatua, reposaba en silencio, y nos turnábamos junto a ella, como guardianes, para cuidarla sin palabras.

Todas queríamos llorar, arrancar páginas del destino y gritar. Pero había que aguantar y esperar.

En el día del alta, armamos escándalo, sacudimos globos, suplicamos al personal médico una copa de té y una huida al atardecer, tintineando por la calle, deseando salud y alegría a todos. El recién estrenado abuelo se esforzaba más que nadie: la noche antes, sensibilizado y prometiendo arreglarlo todo, escribió con tiza bajo la ventana de Marta: ¡Gracias por el nieto!, luego intentó cantar algo, detenido por el vigilante. Este aceptó compartir el coñac en su garito y escuchar el repertorio del feliz abuelo, sin peligro para el orden público.

El día de la salida, el abuelo estaba radiante, fresco, casi iluminado. Y lloró de orgullo y felicidad. Lloró de verdad, a su modo. Todas lloramos, reímos, besamos a Marta, miramos tímidamente el sobre azulito, y callamos sobre la nariz de su padre, romano, en el pequeño Lucas. Solo Marta no lloró, ni siquiera de alegría:

Después. No vaya a ser que afecte a la leche…

Marta siguió en silencio otros dos meses, hasta que decidió ir a ver a Tomás. Sin cerillas ni ácido, pero con ganas de romper y de gritar. Reprochar, golpear las paredes con sus puños débiles, avergonzar, insultar y arrojar esa carga de tristeza sobre el traidor. El destructor de sus esperanzas y del mundo que ella había soñado con Lucas, con los calcetines tejidos para marido e hijo en noches acogedoras, el niño riendo, los paseos de la familia de la mano, y Tomás tan necesario junto a ellos.

Y también quería mirar a los ojos a aquella sinvergüenza que dormía con su marido. Seguro que esos ojos serían insolentes, quizás bellísimos. Y en esos ojos Marta quería escupir. Decidido, escupiría. Y, si era necesario, arañaría.

Descubrió dónde ir para montar la escena gracias a unas ancianas del bloque, durante una salida con el bebé. Le pararon, recordaron que Tomás era un imbécil, detallaron la ruta hasta el nido de los amantes y opciones de venganza. Marta se quedó paralizada, llorando por dentro, deseó marcharse sin oír la dirección, pero algo la retuvo.

Y allí estaba, frente al portal ajado de un bloque antiguo, solo debía subir al quinto, y allí podía escupir, gritar o romper algo.

En el primer piso pensó que, con su suerte de aquel día, seguro no habría nadie y estaba perdiendo el tiempo. En el segundo, le parecía incluso una bendición que no estuvieran. En el tercero, oyó el llanto desesperado de un niño desde el quinto.

Le abrió la puerta una chica flaca y llorosa, cuyo aspecto no encajaba en la imagen de seductora que Marta había imaginado para aquella usurpadora.

Mientras Marta la observaba, el niño seguía llorando sin parar desde dentro.

Buenas tardes, María. Tomás no está, se fue hace dos semanas. Y no sé dónde está murmuró la chica y se sentó en el suelo, sollozando.

A Marta se le quitó de golpe la ganas de armar escándalo. Quería pasar, calmar al niño de esa madre perdida. Luego soltar una frase: Si te gusta el paseo, empuja el carro, ¡zorra!. Sí, tenía que encajar lo de zorra. Y mirarla con desprecio, con la dignidad de la parte engañada.

El bebé estaba seco, los párpados hinchados, la frente marcada por una vena, la voz rota. Gritaba por hambre, y su madre extraña, tumbada en el recibidor, lloraba.

Mientras ella revisaba los muebles vacíos buscando leche, y palpaba el frigorífico sin esperanza, Marta lo recordaría solo mucho después.
Encontró en la mesa un papel con la frase incompleta, aterradora: Por favor, en mi sm… y el miedo.

La chica, en el suelo, suplicaba a Marta, como si fueran viejas amigas, que no tenía dónde ir, que en unos días tenía que abandonar el piso alquilado, que la leche se le fue, Tomás desapareció, nunca tuvo dinero. Y le dolía. Y le daba vergüenza. Y era tarde. Pero no sabía. Y pedía perdón. Que la golpeara si quería, merecido. Que el niño se llama Manuel, y Marta debía recordarlo, por si acaso. Manuel era nueve días mayor que Lucas.

Marta volvió a casa corriendo en veinte minutos Lucas pediría pecho. No fue fácil: dos bolsas enormes de la chica tiraban de sus manos, la misma chica, exhausta, corría a su lado, llevando al hambriento Manuel. Marta corría y pensaba dónde poner dos camas más.

Tres años después celebramos la boda de la chica, cuatro después la de Marta. El marido de Marta detesta los calcetines blancos, cree que hay que vivir en colores, y adora a su esposa, su hijo y dos hijas. La chica es madre de cuatro chicos, y su esposo no pierde la esperanza de una niña…

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