Café descafeinado

Café descafeinado
Desde pequeña, Celia siempre supo que sería famosa. Hasta los veinte años conservó la esperanza de entrar en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Cada nuevo No encajas solo avivaba su terquedad, y una y otra vez volvía a intentarlo, coleccionando negativas.
La última crisis económica obligó a la creativa Celia a buscarse una profesión más terrenal. Así fue como se convirtió en peluquera profesional. No se le daba mal y, pronto, Celia se hizo con una clientela fiel.
Pero el brillo de los focos y el calor de la ovación de un gran teatro seguían siendo su gran anhelo. Y entonces sucedió el milagro: el milagro tenía nombre propio, internet. No era un capricho pasajero ni un juego, sino un mundo de nuevas oportunidades. Celia enseguida comprendió que no podía dejar escapar esa ocasión.
Volvió a mostrar su perseverancia, y, a sus cuarenta y cinco años, la elegante Celia daba consejos de belleza a diario, con desenfado castizo, a sus seguidores en su canal de YouTube. No es que tuviera millones de fans, pero ganaba lo suficiente para pan con aceite, y de vez en cuando, hasta para unas buenas gambas de Huelva.
* * *
Un timbrazo inesperado arruinó una toma estupenda. Al abrir, ahí estaba su vieja amiga Jimena, con una botella de cava.
¡Ceeelia! Jimena arrastraba las sílabas cuando se le iba la mano con el vino, ¡felicítame! ¡Por fin me he quitado un peso de encima! ¡Tercera vez!
Anda, Jimena, enhorabuena por otro divorcio Celia la invitó a pasar con un gesto.
No le apetecía mucho escuchar otra vez las lamentaciones de Jimena, pero tampoco era plan dejarla en ese estado. Jimena era el tipo de mujer que se lanzaba a por todo y en el momento. Y todas sus historias desembocaban siempre en el mismo puerto.
La primera vez se casó con diecisiete, por amor y un pequeño accidente de calendario. Al par de años la familia estaba al límite de la economía, o eso creía Jimena. Obliga al marido a irse a trabajar a Barcelona, donde los hombres ganan dinero y traen regalos. Pero él, nada de eso: se quedó en Cataluña, encontró una nueva pareja y le pidió el divorcio.
Desde entonces, Jimena pensó que lo del amor era cosa de ingenuas, y que los hombres solo estaban para pagarle los caprichos. Así eligió al segundo: dueño de una joyería en Salamanca. Se sintió una reina: regalos caros, viajes al extranjero, un piso grande en el centro de Valladolid, primeras operaciones de estética. Cinco años de amante antes de quedarse embarazada. El galán dejó a su familia y la llevó, radiante, al Registro Civil… Pero, en cuanto hubo anillo y libro de familia, el príncipe se volvió un tirano de manual. A veces incluso hubo bofetadas. Una vez acabó en urgencias y, tras aquello, supo que había llegado al punto final. En el divorcio, Jimena se hizo con el piso y una pensión apañada. Al hijo en común se lo dejó al ex.
Al tercero, propietario de una cadena de bocaterías, lo conoció en plan casualidad: armó una bronca en una cafetería justo cuando él estaba allí. Fue un romance relámpago y, a los dos meses, boda. Jimena estaba en las nubes: joven, guapo, generoso. Y, de pronto, divorcio.
¿Y qué pasó esta vez? pregunté por cortesía, sacando copas para el espumoso.
No te imaginas, Celi, ¡lo que yo he pasado! ¡El tío era un tacaño de los que hacen historia!
Conociéndote, tampoco me asombra tanto
Y eso que pensé que era yo, después de que me mandara a trabajar. Yo le decía: Mira, que la rosa no ha nacido para ir a la oficina, ¿sabes? ¡Y él, ni caso! Un día, me pone horario hasta para usar el agua en la ducha: Si no trabajas, a ducharte solo treinta minutos. Lo siguiente: luces apagadas a las diez. Pero yo aguantando. Lo peor fue cuando empezó a pedirse comida solo para él y me decía: Quien no trabaja, no come, y se reía. ¡Hasta le puso un candado al frigo para que no le quitara la comida! Yo exploté y me fui. Y luego encima me llama amenazando con pasarme factura de los regalos y lo que se gastó. ¡Loco perdido!
Vaya, Jimena, tú sí que tienes ojo para los personajes
Menos mal que no hubo hijos, imagínate la que se habría armado. Oye, Celi, ¡cómo te envidio! Ni marido ni niños: tu cabeza en paz, grabas tus vídeos y tan ricamente.
Podrías contar tú tus historias igual, sobre cómo casarse bien… o mal.
Jimena siempre encontraba la forma de recordarme mi soledad. Se sentía más guapa, más lista y más exitosa que yo, aunque al final no paraba de usar mi hombro para llorar sus desgracias.
A decir verdad, yo, Celia, siempre había estado muy a gusto sola. Pero últimamente la situación había cambiado: desde hacía un par de meses mantenía una amistad muy especial con un hombre.
Conocer a Gabriel fue de lo más accidentado: nos chocamos al salir de El Corte Inglés y él tiró café sobre mi abrigo recién estrenado. Luego encontró mi canal, me escribió una larga disculpa por mensaje. Por la tarde, el mensajero trajo un ramo de flores enorme. ¿Y cómo había averiguado mi dirección? Resultó que, siendo coronel jubilado de la Guardia Civil, no era difícil para él.
Desde entonces, cada día Gabriel me sorprendía con algo: flores, pastelitos, entradas para el teatro… Me gustaba que, a pesar de tanta atención, era tan sincero y tan tímido. Como un chaval, siempre moñigato, tratándome de usted, sin atreverse a dar el paso siguiente.
No me apetecía compartirlo con Jimena, pero el inoportuno timbrazo del repartidor me delató: venía con un bouquet de hortensias.
¡Bueno, bueno, Celia! ¿Y tú callando? ¿Quién es este generoso galán? Jimena agarró el ramo esperando una nota de amor.
Nada, una persona que sigue mis vídeos, sin más.
Pero Jimena era un torbellino. Tuve que contárselo.
…y eso, ya nos escribimos mucho. Nos vemos algunas veces, pero la cosa no avanza. Igual a Gabriel le asusta la diferencia de edad. Aunque no aparenta los sesenta…
¿Cuánto…? casi se atraganta de cava. ¿Sesenta? ¡Celia, te has vuelto loca! ¿No sabes que en cualquier momento no serán hijos, sino nietos, lo que te caiga? ¡Serás la yaya del fin de semana con cuarenta y cinco!
No digas tonterías, Jimena, no hemos hablado ni de hijos ni de nietos
¡Porque tú no has preguntado! Solo faltaría que encima estuviese forrado pero vamos, ¡un pensionista! ¿Qué más te da que haya sido coronel? Luego, todos cuentan historias, como si fueran Cervantes…
De verdad que me da igual el dinero. Dice que tiene un negocio, pero yo ya me mantengo y no estoy para ser mantenida. Simplemente, estoy bien con él, me tranquiliza. Y eso, para mí, es nuevo.
¡Está claro, eres tonta! A Jimena la iban a estallar los ojos de lo indignada. Luego no digas que no te avisé.
Normalmente, las dramatizaciones de mi amiga me resbalaban, pero esta vez me hizo pensar.
¿Por qué Gabriel nunca hablaba de su familia? ¿Era un esposo feliz, padre y abuelo? ¿Y si solo era para él un ligue más? ¿Soy yo solo un trofeo más?, pensé, inquieta.
Esa noche no respondí a Gabriel. No me sentía capaz de ser la otra ni de romper ningún matrimonio. He aprendido a estar sola y podía seguir así. Además, en lo que Jimena encontraba nuevo candidato, aburrida no iba a estar.
* * *
¿Qué tal tu coronel? Jimena se empinó el espresso de un golpe. Mira que ya estoy vieja para discotecas. Voy a cambiar de táctica… Y el coronel, ¿qué?
No sé, hablamos mucho menos.
¡¿Ves?! ¡Seguro que los nietos están de visita y no quiere presentarte como la abuela de turno!
Venga ya, Jimena. Gabriel sigue escribiendo todos los días. Mira, me envía regalos mostré el colgante de oro con perlita, pero en realidad sé muy poco de él Igual tienes algo de razón.
¡Claro que la tengo! ¿Dónde decías que os conocisteis? ¿En El Corte Inglés? ¡Y con café en la mano! ¿Tú crees que un hombre de su edad sigue bebiendo café? ¡Anda ya!
¿Cómo dices?
¡No seas ingenua! Yo, que tengo cuarenta y tres, a veces dejo el café por la tensión. Imagínate con sesenta. Seguro que él va al centro no a por café, sino a escaparse de casa, a buscarse un lío lejos de la esposa.
No parece Gabriel… No quería creerlo, pero las dudas envenenaron mis pensamientos. Dice que le gusta el sitio y por eso va tanto. En fin, podría ser café descafeinado.
Venga, te comportas como una quinceañera: me late el corazón y sin él no vivo. En fin, a lo tuyo, pero tú misma. Hoy descansa. Mañana, vamos al restaurante ¡Ahí hay cada ejemplar digno de ver!
* * *
Mientras editaba los vídeos, preparando una colaboración nueva, solo podía pensar en una cosa: Gabriel llevaba casi un mes sin escribir. ¿Le habrían dolido mis contestaciones frías? ¿O le habrá pasado algo? ¿O habrá encontrado a otra? ¿Y si su mujer se enteró y le tiene acorralado?
Interrumpí mis cavilaciones para atender el móvil:
Celi, ¿te acuerdas de mí? Jimena llamaba por videollamada. ¿No me echas de menos?
Ya me conozco el cuento: cuando desapareces, es que ha aparecido una nueva cartera con piernas cerca.
¡Ay, cómo me conoces! Jimena puso expresión teatrera. Pues mira, ¡acertaste! Un hombre estupendo: generoso, serio y viudo. Sin hijos. ¡Encima me ha pedido matrimonio! ¿No has visto mis stories? Quiero una boda por todo lo alto.
¿Y no podías hacerla discreta, aunque sea una vez?
¡Qué dices! Para eso llevo un mes a café descafeinado. Y tú eres mi dama de honor de siempre, ¡no te escapes!
Ya veremos
Corté la llamada.
Un momento. ¿Café descafeinado?…
El corazón en un puño, abrí su Instagram. En la foto, Jimena mostraba una mano con un anillo brillante y la leyenda: Por fin se decidió. Y a su lado, Gabriel.
¡Qué desvergonzada! La rabia me invadió y apenas dudé en escribir un comentario: Seguro que sus nietos te harán abuela de fin de semana.
* * *
No quise saber más de mi antigua amiga, traicionera como ninguna. A veces pensaba en Gabriel, pero desde otra perspectiva. Qué extraño: un coronel retirado, tan débil ante cualquier mujer sin fondo. Bueno, que les vaya bien.
Dos años después supe que Gabriel se divorció. No quise enterarme de más detalles.
Hoy sé que en la vida, a veces el café, como las relaciones, resulta descafeinado sin que uno lo sepa al primer sorbo. Mejor lo auténtico, aunque amargue un poco.

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