Mira, te voy a contar una historia que me ha dejado pensando mucho. Resulta que Alejandro y Carmen han sido amigos de toda la vida, literalmente desde la guardería. Viven puerta con puerta en un barrio madrileño de toda la vida, por lo que sus padres decidieron que lo mejor era que fueran juntos al colegio, e incluso que estuvieran en la misma clase. Hasta hablaron con la tutora para que les pusiera a los dos en el mismo pupitre. Tenían la esperanza de que, siendo tantos niños y sobre todo, muchos chicos revoltosos Alejandro pudiera cuidar de Carmen si algún día alguien le hacía una faena. Vamos, que los dos iban contentísimos al cole y les iba de maravilla; no les costaba nada estudiar.
Pero fíjate, que al llegar a tercero de Primaria, la madre de Carmen empezó a notar que su hija ya no era la misma de siempre. De repente, la veía temerosa todo el tiempo y ya no quería ir al cole bajo ningún concepto. Un día incluso le pidió a su madre con lágrimas en los ojos que la cambiase de colegio cuanto antes. Claro, la madre se quedó a cuadros y llamó a la madre de Alejandro, pensando que quizá sabría algo. Pero resulta que por allí tampoco iban bien las cosas.
Alejandro, para sorpresa de todos, también andaba pidiendo un cambio de colegio. Y justo ese día, al salir de clase, su madre notó que su hijo tenía moratones por todo el cuerpo. Así que las dos madres se plantaron juntas en el colegio, empeñadas en averiguar de una vez qué narices estaba pasando con sus hijos.
La tutora les juró que todo estaba bajo control, que si había pasado algo, seguramente fue fuera del cole, igual una riña puntual entre niños. Pero en ese momento, todo el patio se revolucionó: un montón de niños entraron chillando al aula, como si aquello fuera una verbena, y las madres pudieron ver claramente cómo unos chicos tiraban de la ropa de Alejandro y otros, un poco más allá, hacían lo mismo con Carmen.
Las madres corrieron a defender a sus hijos, intentando separarlos de los gamberros, pero ni caso. La tutora intentaba imponer algo de orden, y finalmente una niña salió disparada a avisar al director. Solo entonces, cuando apareció el director, se calmó la cosa.
Allí mismo, las madres de Alejandro y Carmen dijeron que no iban a dejar las cosas así. Que o venían los padres de los abusones al colegio o ellas mismas ponían una denuncia en la comisaría del barrio. El director intentó tranquilizarlas y les prometió que al día siguiente citaría de inmediato a los padres de los chavales problemáticos y que todos estarían presentes.
Mientras les acompañaba a la puerta, el director bajó la voz y les confesó que esos chicos son hijos de familias muy adineradas. Que no hacen caso a nadie, ni dejan hablar en clase a los profesores y andan amargando la vida a los demás niños. Que llevaban muchas reuniones con sus padres, pero que era como chocar contra un muro; al final, los padres eran tan maleducados como sus hijos.
Al día siguiente, las madres volvieron a la hora acordada y allí estaban ya los padres de los abusones. Tal como había avisado el profesor, aquellos padres eran de lo peor: gritaban, defendían a capa y espada a sus hijos, no escuchaban razones y hasta faltaban el respeto a los docentes. Solo el director, con mucha mano izquierda, logró calmarles un poco, aunque duró poco la tranquilidad.
Total, que no se logró nada porque los padres, con muy malas maneras, se largaron diciendo que no les incordiaran con tonterías de críos. El director, resignado, solo pudo encogerse de hombros y reconocer que no podía hacer nada, ya que esos padres habían aportado mucho dinero para arreglar el colegio y no era posible pedirles que se llevaran a sus hijos.
En casa, los niños acabaron sincerándose con sus madres: aquellos chicos chulos acosan a todos en clase, y si algún niño va solo por el pasillo, acaban pegándole. A Alejandro y Carmen les habían pegado varias veces solo por ir juntos, porque a los abusones les daba rabia verles en buena compañía.
Al final, las madres no lo pensaron más y acabaron cambiando a Alejandro y Carmen a otro colegio. Para rematar la historia, la directora acabó renunciando también, porque decía que era imposible educar a niños así y, mucho menos, lidiar con padres tan prepotentes. Y así, termina esta historia que, ojalá, no fuera tan común en nuestros días.







