A Alejandro le nació la vida a destiempo, como un niño extraño en una familia que parecía soñarlo más que tenerlo. Sus padres, dulces como las naranjas de Valencia, le dieron una infancia dorada, hecha de veranos infinitos y cuentos junto a la chimenea. Pero la tragedia, como una noche sin luna, llegó de repente: su madre se desvaneció cuando él contaba apenas veinte primaveras, y al poco su padre se apagó también, como un farol olvidado en el viento. El ejército, rígido y frío como una catedral vacía, no le permitió despedirse. Solo le quedaron recuerdos que guardaba en el pecho, como cartas antiguas bajo llave.
Cuando el servicio militar se convirtió en otro eco del pasado, Alejandro regresó a la casa de Toledo donde había crecido, y encontró allí a la familia de una tía, ocupando las habitaciones como si fueran personajes ajenos en un sueño ajeno. Se sintió transparente, más una sombra que un hombre, y partió sin mirar atrás, como si la ciudad entera lo expulsara.
Pasó unos días errando, durmiendo en el sofá de un amigo que nunca sonreía, hasta que comprendió que tampoco allí tenía raíces. A falta de pesetas y con el corazón lleno de incertidumbre, se lanzó a la carretera y, con el dedo al viento, hizo autoestop rumbo a Madrid, esperando que alguna coincidencia onírica le abriera una puerta.
Una persona conocida su nombre ya confuso como un recuerdo a medias le consiguió trabajo en una obra de construcción. Le prometieron un buen sueldo en euros, comida caliente y una cama. Durante un tiempo, los días laboriosos y el olor a cemento le dieron paz, hasta que los jefes desaparecieron como pájaros al alba, dejando a los obreros solos, hambrientos y sin un solo euro ni documento en los bolsillos desgastados. Muchos lograron huir gracias a conocidos, pero Alejandro se quedó atrás, invisible entre grúas y polvo, sin papeles, casi sin nombre.
Sin dinero ni techo, Alejandro sobrevivió como podía. Recorría las aceras de Madrid buscando algo comestible en los contenedores de basura, durmiendo acurrucado en los soportales de la estación de Atocha o en portales que parecían bocas de dragón. Su aspecto se fue desmoronando la barba crecía salvaje y la ropa se convertía en un disfraz de naufragio y ningún trabajo nuevo se le presentaba en el horizonte.
Pero una tarde en la Plaza Mayor, mientras la ciudad soñaba despierta, apareció Leonor. No era bella según los cuadros colgados en los museos, pero tenía unos ojos grandes como la noche y un corazón que latía al compás de la bondad. Se sentó a su lado, le ofreció pan y queso, y hablaron de cosas imposibles, de hogares y pájaros azules.
Un día, el frío le caló tanto que Alejandro cayó enfermo con fiebre y tos, y terminó en un hospital que olía a lejía y esperanza. Allí, las enfermeras fueron como hadas: le lavaron el cabello, le dieron ropa limpia, y remendaron su cuerpo hecho trizas. Esperaba cada día la visita de Leonor, que llegaba como un sueño bueno, trayéndole naranjas y calor.
Una mañana, cuando le dieron el alta, Leonor le esperaba en la sala de urgencias. Le entregó zapatos nuevos y una chaqueta, y lo abrazó tan fuerte que a Alejandro le temblaron hasta los recuerdos. Tan sorprendido por tanta humanidad, la siguió hasta su casa en Carabanchel, donde el mundo olía a café y limón.
El hermano de Leonor, que se parecía a un soneto de Lorca, le ayudó a conseguir nuevos documentos, y pronto Alejandro encontró trabajo de mozo en una panadería. Entre risas, desayunos y tardes largas, el tiempo tejió amor entre los dos. Acabaron casándose en una iglesia pequeña, bajo una lluvia de arroz y miradas cómplices. Mientras el pasado se desvanecía como niebla en el sol, Alejandro descubrió que la felicidad, a veces, también parece un sueño lleno de giros inesperados.







