Una joven muy atractiva subió al avión con paso firme, luciendo unas enormes gafas de sol y una carísima bolsa de marca colgando del hombro. Al llegar a su asiento, se dio cuenta de que tendría que sentarse junto a un señor mayor de aspecto humilde camisa limpia pero ya bastante gastada, y zapatos que claramente habían recorrido más kilómetros que el AVE Madrid-Barcelona.
Nada más sentarse, llamó a la azafata con una mirada que podría haber derretido el hielo del Ártico.
¿Sería posible cambiarme de asiento? dijo con voz fría y cortante. No puedo viajar al lado de alguien así… Fíjese qué ropa, esos zapatos tan viejos. Yo merezco mejor compañía.
La azafata, sorprendidísima pero profesional, mantuvo la compostura.
Disculpe, señora, pero en clase turista están todos los asientos ocupados.
La joven suspiró tan fuerte que hasta el motor del avión estuvo a punto de apagarse, y se giró hacia la ventanilla, visiblemente molesta.
El señor mayor simplemente bajó la mirada y no dijo ni pío.
La azafata, incómoda y sin saber cómo manejar el marrón, fue hasta la cabina del piloto para contarle al capitán lo que había pasado. Él la escuchó con calma olímpica y una sonrisa de esas que solo tienen los abuelos cuando los niños hacen travesuras.
Tranquila, déjalo en mis manos. Ahora lo arreglamos.
A los pocos minutos, la azafata regresó con una sonrisa tan amable que debería haber estado en los anuncios de bancos.
Señora, el capitán ha autorizado el cambio de asiento. Y le pedimos disculpas por haber tenido que viajar al lado de alguien tan… desagradable.
La joven levantó la barbilla con satisfacción, agarró su bolso y se levantó, imaginándose ya en primera clase, con espacio de sobra para las piernas y una copa de cava en mano.
Pero entonces la azafata se dirigió al señor mayor, con voz llena de respeto:
Don José, ¿sería tan amable de acompañarme? El capitán le invita a viajar en Primera Clase.
Durante unos segundos, no se oyó ni un suspiro en el avión.
Después, como si todos hubieran estado esperando el momento, la cabina entera estalló en aplausos. ¡Y hasta alguno gritó ¡Olé! por si acaso!






