Este suceso ocurrió en un colegio de la España franquista

Esta historia tuvo lugar en una escuela pública de una ciudad de Castilla, allá por 1986. Los testigos, que no eran otros que niños de ocho años, decidieron no decir ni pío, así que el asunto quedó en el más absoluto secreto. Ni siquiera los padres, que alguna sospecha tendrían de lo ocurrido, reclamaron nada a la profesora. Vamos, nadie, ni una queja.

Yo me enteré de esto por boca de la propia maestra. La pobre ha estado toda la vida atormentada por aquel recuerdo y por el remordimiento hacia el alumno al que trató con mano dura.

La verdad, fue una situación de las que te dejan pensando un buen rato. Yo, sinceramente, todavía no sé qué opinar.

Espero vuestros comentarios, porque vaya tela

A un pueblo de La Mancha llegó, por esas cosas de las oposiciones y los destinos, una joven maestra de primaria, recién salida de la facultad, con exactamente 22 años. Más verde que un pepino. Su único objetivo: tener, por fin, su primer grupo y demostrarle a todo el mundo lo que valía, como docente y como persona.

Y, oye, hay que reconocer que lo hacía bastante bien. No olvidemos que le habían tocado los niños “filtrados”, ya que en paralelo había una clase experimental muy selectiva. Las notas contentaban tanto a los padres como al director. Y el comportamiento, bueno, tampoco ocasionaba grandes dramas.

De treinta y cinco criaturas, siempre hay unos cuantos que ponen a prueba al profe. A nuestra protagonista pongamos que se llamaba Lucía Sánchez no le faltaban retadores. Pero supo ganárselos: los enganchó a la vida del cole, los animó a colaborar y hasta a participar en actividades. A todos menos a uno.

Samuel era el rebelde sin causa. Hijo de madre soltera, ésta se limitaba a darle de comer y poco más. Así que el chaval iba por libre, como un gamusino desorientado: no sabía, ni quería aprender, a tratar con otros niños, y mucho menos con adultos.

Lucía intentó de mil maneras acercarse a Samuel, pero todo fue inútil. El niño hacía todo justo al revés de lo que se le pedía. Se pasaba la clase escondido bajo la mesa, poniendo caras para que el resto se partiera de risa. Soltaba tacos como un carretero, y a pleno pulmón. Insultaba con saña, sobre todo a las chicas, hasta hacerlas llorar. E incluso fumaba a escondidas en el patio, cosa que ni los de octavo se atrevían.

Si alguien osaba echarle la bronca, Samuel contestaba, pecho en alto y mirada chulesca:
¿Y qué vas a hacerme tú, eh?

Pero lo peor de todo fue que a Samuel le dio por escupir. Sí, sí, tal cual. No hubo niño en el aula que se librase de un salivazo suyo. Además, lo hacía con pasión: llenaba bien las mejillas y ¡zasca! directo a la víctima.

De repugnancia, mejor no hablamos.

Por mucho que Lucía le reprendía, intentaba razonar y le explicaba lo asqueroso que era aquello, Samuel escupía más fuerte, como si nada. Total, que desesperada, la maestra se decidió a hablar con su madre, aunque normalmente nunca involucraba a los padres.

Por favor, hable usted con su hijo, que a mí no me hace caso. Ya ha escupido a todo el mundo. Me tocará a mí en breve.

La madre prometió “ayudar” y le dio una buena paliza con la escoba. Al día siguiente, Samuel llegó al cole convertido en un cuadro: lleno de moratones y con una mirada que mataba.

Ese mismo día, empezó a escupir ya no solo en clase, sino en los pasillos. Al principio lo hacía a hurtadillas, luego a cara descubierta. Aquel espectáculo parecía divertirle muchísimo y, cuando alguien se ofendía o lloraba, él soltaba una risa malvada. Hasta los adolescentes recibieron algún proyectil, y ahí sí que nadie comprendía su falta total de miedo.

Las broncas entre compañeros se volvieron rutina. Los mayores le daban alguna que otra tunda, y Samuel, después, huía y les insultaba desde lejos, montando un numerito todo digno de los Goya.

En resumen: el chaval postergaba la ley de la selva. Pero el colmo llegó el día que, desde lo alto de una escalera, lanzó un salivazo de campeonato a la cabeza de la profe de geografía, la más querida del cole. Se ve que la confundió con una alumna. La afectada ni se enteró, claro, pero los de COU lo vieron todo y le dieron tal paliza a Samuel que acabó en la enfermería.

Lucía, esto va a terminar mal le susurró la enfermera al ver salir por patas al chaval. Hay que actuar.

Ya he hecho de todo, y lo único que consigo es que empeore y me desafíe más respondió la maestra, frustrada.

Hay niños que solo entienden su propio idioma filosofó la otra.

¿Quiere decir que debo escupirle yo para que lo entienda? saltó Lucía, un poco crispada.

Bueno, no sé…

La conversación quedó ahí, pero la idea se le clavó en la cabeza a Lucía.

Después de la última paliza, Samuel anduvo más comedido unos días. Pero pronto volvió a las andadas.

Un día, una niña de clase cumplía años y llevó bombones para todos. Los compañeros la felicitaron, la maestra la abrazó, pero Samuel, ni corto ni perezoso, le escupió a la cumpleañera en toda la cara. La pobre niña rompió a llorar y él, tan campante, miró a la profesora desafiante, como diciendo: ¿Y ahora qué?.

Aquella vez, Lucía no aguantó más.

Mandó a Samuel a la pizarra, cerró la puerta de la clase con mucha calma y miró a todos muy seria:

Que levanten la mano los que alguna vez han recibido un escupitajo de Samuel.

Se pusieron de pie casi todos.

Hemos dicho mil veces que esto es desagradable, pero él no lo entiende. Hoy vamos a hablar con su método. Os permito hacer algo que, por educación, jamás debe hacerse. Pero no veo otra salida: cada uno podrá escupirle una vez. A ver si así lo pilla.

Los niños la miraron boquiabiertos, pero rápidamente formaron una cola. Samuel intentó escapar, pero la puerta cerrada y los compañeros le acorralaron junto al fregadero. Unos escupieron con fervor, otros apenas lo simularon, incómodos. Pero, uno tras otro, todos participaron, en silencio sepulcral, salvo los sollozos de Samuel.

Cuando acabaron, Samuel estaba irreconocible, hecho un guiñapo en el suelo, abrazando sus rodillas y con lágrimas mezcladas con babas.

Lucía miró a la clase con pesar.

No sé cómo os sentís, pero yo me muero de vergüenza. Por mí, por él, por todos. Aprended algo: nunca humilléis a nadie more ni con palabras ni con actos. Acabamos de ver qué ocurre cuando traspasamos ciertos límites.

Abrió la puerta de golpe y Samuel salió corriendo, temblando.

No os voy a pedir que esto sea nuestro secreto. Estoy segura de que lo sabréis callar por vosotros mismos. Podéis iros.

Samuel desapareció ese día. Y tampoco fue al día siguiente.

Lucía fue a su casa, dispuesta a enfrentarse a una madre furiosa, pero se encontró con otra cosa.

Está raro se excusó la mujer. No para de llorar y dice que no vuelve al cole.

¿Puedo hablar con él? preguntó Lucía.

Le abrieron la puerta y dentro estaba Samuel, metido bajo las mantas.

Entiendo que estés dolido le dijo la maestra y que pienses que ya nadie te va a tratar igual. Pero tampoco eres un cobarde. Puede que se rían un poco, pero de eso no pasa.

Silencio total.

¿Quieres cambiarte de clase? Igual en otra disfrutan más si les escupes

Samuel salió de golpe de la cama, ojos encendidos:

¡No, no, no quiero cambiarme! ¡No vuelvo a escupir nunca más! gritó entre lágrimas.

Perfecto. Que sepas que tus compañeros preguntan por ti. Les importa cómo estás.

Bajó los ojos y no dijo nada.

Lucía le revolvió el pelo y se despidió:

Te veo mañana.

Hasta mañana susurró Samuel.

Cuando volvió al cole, todos actuaron como si no hubiera pasado nada.

Nunca más nadie en ese aula volvió a escupir a nadie.

En secundaria, los profesores solían decir que ese grupo era una piña. Algunos bromeaban con que compartían un secreto, sin saber lo cerca que andaban.

Lucía, por su parte, no volvió a esa escuela. Cambió de ciudad. Pero nunca olvidó aquel episodio y le remordía la conciencia por si había dañado a los niños.

Un día, se decidió a investigar qué fue de Samuel. Descubrió que, en sexto, la madre se casó con un militar retirado que insistió en llevar a Samuel a un colegio militar. Ahora, el antiguo gamberro es teniente, tiene unos 45 años y mantiene el contacto con muchos de sus compañeros. Incluso ha vuelto varias veces al pueblo.

Y, por cierto: en las reuniones de antiguos alumnos, jamás nadie recuerda ni siquiera en broma aquel “método educativo”. Quizá lo han olvidado O tal vez, simplemente, no hay ganas de recordarlo.

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