Mi padre falleció cuando yo apenas era un bebé. Mi madre tuvo que aprender a salir adelante sola, criándonos y procurando que no nos faltara de nada. Pero, incluso en los momentos más difíciles, nunca pensó en pedirle ayuda a su suegra.
Mi madre llegó a desempeñar hasta tres trabajos al mismo tiempo para poder pagar el alquiler, comprar comida, ropa y darnos estudios. Recuerdo que, con diecisiete años, trabajaba en una tienda. Anhelaba un ordenador nuevo, así que estuve un año esforzándome allí. Sin embargo, nunca logré reunir la cantidad que necesitaba.
Un día, escuché por casualidad cómo mi madre le pedía prestado dinero a mi abuela para poder operarse. A mamá le habían detectado una hernia. Nunca consiguió ahorrar, siempre andábamos justas de dinero. Pero si alguna vez podía, metía algunas pesetas en la llamada botella de la esperanza, un jarrón secreto que escondía.
Sin dudarlo, deposité allí todo lo que había ganado ese año. El ordenador podía esperar. Recuerdo la voz de mi madre hablando con mi abuela por teléfono, contenta de no tener que pedir prestado, de que le alcanzaba para la operación. Son momentos que, al recordarlos hoy, me llenan de orgullo y emoción.







