Una batalla por un hijo o contra un hijo entre padres: ¿Quién se quedará con el niño inocente?

Estaba decidida a mantener la compostura, sobre todo delante de su marido, un hombre que parecía esperar que ella fuese un témpano de hielo en cualquier situación. Anhelaba tranquilidad, aunque nunca sabía qué le depararía la vida. Muchos matrimonios en Madrid terminan cuando el amor se va desvaneciendo y esa imagen de familia perfecta que sacan en las revistas del kiosco de la esquina resulta tan inalcanzable como ganar la lotería.

Cuando el divorcio ya era una cuestión de tiempo, consiguió trabajo en turnos de noche intentando remar como podía. Pero le surgió un pequeño detalle: tenía un hijo pequeño al que había que cuidar las veinticuatro horas del día, excepto cuando iba a la guardería que como buena guardería española, cerraba a las siete en punto, ni un minuto más ni menos y a esa hora empezaba precisamente su turno.

Con opciones que daban risa, le pidió a su exmarido que cuidara del niño después de las 19:00, mientras ella trabajaba. Él, siempre dispuesto a lucir su faceta de estatua, le contestó fríamente, como quien pide la cuenta en una terraza: ¿Y por qué debería ser yo el que lo cuide en vez de tú?. Por un momento ella se quedó a cuadros, pero se recompuso y, con voz firme, le dejó clarísimo que ambos tenían los mismos derechos y deberes como padres y que él podía empezar a practicar la paternidad de vez en cuando. Por supuesto, le recordó que le tocaba pasarle la pensión alimenticia, pero que ella no iba a sacrificar sus noches por él. Lo esencial para ella era tener a su hijo cerca.

Superó aquel mal trago aprendiendo a equilibrar los turnos y la maternidad en solitario. No fue nada fácil, con caídas frecuentes, ataques de pánico y el cuerpo resentido por el estrés. Cuando notó que no podía más, no le quedó otra que acudir al médico. Que el médico le soltase que el exmarido parecía más interesado en empezar una nueva familia con su flamante esposa que en cumplir con su hijo, fue una sorpresa desagradable. El exmarido veía al niño como un estorbo en su nueva vida y le pasaba a regañadientes unos euros cualquier mes que se acordaba.

Al final, se vio metida en una pequeña guerra casera en la que el exmarido, con su ego del tamaño de la Puerta de Alcalá, logró salirse con la suya, dejando al niño de lado. Aquel matrimonio siempre le pareció un enigma el de Soria, no el de la Almudena y nunca consiguió entender del todo las acciones de aquel hombre, sobre todo cuando se trataba de su propio hijo.

A pesar de mil y una dificultades, se negó a dejar que el egoísmo del exmarido definiese su historia. Aprendió a sobrevivir a las zancadillas de la vida y decidió que lo más importante era darle a su hijo todo el amor y el cuidado del mundo, al tiempo que empezaba a escribir, por fin, su propio futuro al estilo castizo: con paciencia, temple y, cómo no, buen humor que en España, eso nunca falta.

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