Mi padre comenzó a reformar la terraza del primer piso, con la idea de construir una ampliación de obra bien hecha. Pero no pudo terminarla. En vida rara vez acababa lo que empezaba, tampoco le sobraban las fuerzas. Tras su fallecimiento, al mudarme con mi marido y mis hijos a la casa familiar, nuestra familia retomó el proyecto de la terraza. La vieja estructura estaba literalmente desmoronándose, así que decidimos demolerla y reconstruirla desde cero. Para ello, mi marido contrató a un albañil que nos ayudó con los cálculos y con la obra en sí. Trabajábamos los fines de semana, poco a poco, pero logrando terminar la terraza justo antes del invierno.
Cabe mencionar que en su momento mi padre obtuvo la licencia para esa construcción. Cuando la terraza estuvo acabada, convencí a mi marido para cubrirla con un revestimiento beige que combinaba bien con el tono de los ladrillos de la casa. Nos encantó el resultado, al igual que a algunos vecinos.
Sin embargo, la tranquilidad y la alegría duraron poco: apenas una semana después de la obra terminada, alguien pintó un grafiti en la terraza. Sentimos disgusto y preocupación; además, las vecinas empezaron a criticarnos, diciendo que estropeaba la vista y que había que poner solución inmediata.
Apenas conseguimos limpiarlo, volvió a ocurrir al cabo de otra semana: palabras y símbolos desconocidos aparecieron nuevamente en nuestra terraza. De nuevo, escuchábamos reproches de los vecinos.
Esta vez el revestimiento quedó muy estropeado y tuvimos que repintarlo. Mi marido decidió mover el coche y dejarlo bajo nuestras ventanas, para que la cámara pudiera grabar quién y por qué estaba dañando nuestra propiedad. La calidad de la grabación no era buena, pero se apreciaba que no se trataba de un grupo de adolescentes, sino de cuatro adultos que no solo pintaban, sino que además arrancaban el revestimiento cuando íbamos a hacer la compra por la tarde.
Sospecho que algunos vecinos nos guardan rencor. ¿Por qué iban a hacer algo así los niños? ¿Repetirlo en el mismo sitio, arriesgándose a ser atrapados? Vecinos envidiosos pueden llegar a tales extremos. No logran construir nada propio y por eso destruyen el esfuerzo ajeno.
Mi marido dice que sería bueno pillarles infraganti y denunciarlos a la policía, pero tras quitar el revestimiento y dejar los ladrillos a la vista, todo parecía haber quedado en paz. Ahora la terraza luce menos bonita, nadie se queja. Mientras mi marido encarga un nuevo revestimiento, yo pienso: ¿De verdad necesitamos esto?ni el revestimiento ni las malas relaciones con quienes nos rodean. Si aquello les molestaba tanto, quizá sea mejor dejar los ladrillos y evitar nuevos conflictos.
A veces, ceder en lo estético puede ahorrar muchos problemas; vivir en paz vale más que cualquier fachada.







