Las costumbres de la familia de mi marido me ponen enferma, no puedo ir a su casa.

Las costumbres de la familia de mi marido me ponen mala, no puedo ir a su casa.

De verdad, es ponerme en la mesa de los padres de mi marido y me entran ganas de salir corriendo (o directamente vomitar). No lo puedo evitar, algunas de sus manías me dan tanto asco que pierdo hasta el apetito. Hablar con ellos aún lo llevo, pero sentarme en su mesa es otro nivel. Mi marido ni se inmuta, y mi suegra está convencida de que soy una tiquismiquis, una princesita que siempre tiene algo mal.

Por suerte, mi marido y yo, gracias a Dios, vivimos por nuestra cuenta. Lástima que no estamos lo suficientemente lejos como para limitarme sólo a llamadas de teléfono, así que me toca ir a visitas de vez en cuando. Cada vez que hay visita me estreso buscando excusas para no ir. En realidad, la familia de mi marido es muy normalita: padre y madre currantes, ambos con carrera universitaria. Su piso es acogedor y está todo recogido, pero es sentarnos a la mesa y se me eriza el vello. Admito que soy muy maniática: jamás pruebo nada del mismo cubierto que ya ha usado mi marido. No puedo, ni aunque la vida me vaya en ello

Con mi marido, bueno, con el tiempo lo voy llevando mejor. Es alguien cercano. Pero lo de sus padres Ellos son de otra pasta. Por ejemplo, mi suegra mezcla la ensalada en el mismo bol para todos, la prueba con la cuchara, la chupa y la vuelve a meter en la ensalada. En serio, ¿por qué?

Y luego tenemos lo de la bebida: cuando hay algo de alcohol fuerte, yo me llevo mi vino. A mi suegra le da igual, coge mi copa para probarla sin preguntarme siquiera. ¿Pero cómo le puede parecer bien eso? Sinceramente, me parece como mínimo antihigiénico. ¡Si ni familia somos! Intento disimular y cambiar la copa, pero no siempre cuela. El suegro encima me vacila toda la noche, a veces hasta de mala leche. Mi marido intenta mediar, pero nada cambia realmente.

La suegra, además, tiene una costumbre súper fina: si no termina la sopa, ¡vuelve a echar lo que queda de su plato al puchero y lo mete en la nevera! Esto lo hace con todo, incluso con las ensaladillas que han sobrado de los platos de los invitados tras la fiesta. Por eso nunca como nada en su casa si no he visto que lo acaban de preparar, porque seguro que es un refrito de restos.

Bueno, espérate, que lo mejor es su truco favorito: escupir en la sartén antes de echar nada para ver si está suficientemente caliente. Que no hace falta ser un genio, hay mil maneras menos repugnantes de comprobarlo. Ella siempre suelta que a esa temperatura no sobrevive nada, que no pasa nada. Y yo, con la película en la cabeza, no lo supero.

El día que casi me da algo fue cuando vi que después de una comilona dejaron que el perro (un galgo más salado que el pan) se relamiera los platos de guiso. Tras el festín, los platos a medio comer van al suelo, el perro hace su trabajo y luego, directo a la pila junto a los demás platos, como si nada. Ya entonces pegué un grito, que eso de comer en platos lamiados por un perro me supera. Me miraron como si me hubiera caído de un guindo y me soltaron que los platos los fregaban muy bien. ¡Pues qué alegría, pero sigue sin colar! Además, sugerí a mi suegra, medio en broma, que ya que no pasa nada podía lavar el cuenco del perro y usarlo de plato. Me cogió un rebote monumental. Oye, según su lógica no había problema, ¿no? Pero claro, ahí ya sí era pasarse.

Mi marido luego defendía que mi reacción era exagerada, aunque yo sigo pensando que tengo razón.

La verdad es que no tengo ninguna gana de ir a casa de mis suegros. Bueno, o voy con mi propia comida y platos, que así por lo menos duermo tranquila. Pero claro, las fiestas quedarían arruinadas y la pobre suegra ofendida para el resto de sus días. No sé qué hacer, la verdad. No quiero meter a mi marido en un lío, porque si me niego a ir le va a explotar la cabeza, pero tampoco quiero ir yo porque simplemente me supera.

Mi verdadero sueño es mudarme a otra ciudad no sé, a Salamanca o a Cádiz, me da igual con tal de que la visita a casa de la suegra pase a ser sólo por teléfono. Eso sí que sería la felicidad.

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