Imagina la escena: tu hija adolescente ha salido por Madrid con sus amigas. Como cualquier padre o madre responsable, decides llamar a tu hija para asegurarte de que está bien. Un poco nerviosa, claro, te responde que sí, que todo va bien. Pero esa respuesta no evita que, después, descubras que ha probado el alcohol por primera vez o incluso algo peor.
Un cura llamado Bartolomé Gálvez entiende muy bien estas situaciones tan típicas de la adolescencia y quiere evitar que le ocurra lo mismo a su hija pequeña, Inés. Habiendo crecido en una familia profundamente religiosa, Bartolomé sabe de primera mano lo complicado que puede ser resistirse a la presión del grupo de amigos. A pesar de confiar en Inés, quiere que ella sepa que puede acudir a él cuando realmente necesite ayuda. Por eso, inventa un sistema secreto: un pequeño código que sirva como señal de emergencia. Así, Inés no tendrá miedo de “quedar mal” delante de sus amigas, como tantas veces ocurre a esa edad.
La idea se le ocurre a Bartolomé tras pasar un tiempo visitando centros de apoyo a jóvenes en problemas. Allí suele hacerles siempre la misma pregunta: “¿Cuántos habéis estado en una situación en la que hacíais algo que no os gustaba, que os daba miedo o vergüenza, pero seguisteis a los demás para que no se rieran de vosotros y sin ver ninguna forma de salir de ahí?”
Casi todos levantan la mano. Así lo cuenta Bartolomé después en su diario:
“Un día, mi hija pequeña Inés estaba invitada a una fiesta. Le recordé que, si en algún momento no se encontraba cómoda, si pasaba algo raro o quería irse, bastaba con que enviara una X a cualquier miembro de la familia (a mí, a su madre, o a sus hermanos mayores). Quien recibiera ese mensaje debía hacer una simple cosa: llamar al móvil de Inés en unos minutos. Cuando contestara, la conversación sería algo así:
¿Sí, dime? Inés, ha ocurrido algo y tengo que ir a por ti ahora mismo. ¿De verdad? ¿Qué ha pasado? Te lo explico luego, prepárate, estoy allí en cinco minutos.
Así, después, Inés puede decirles a sus amigas que ha surgido un problema familiar y que tiene que irse en ese momento.
Eso es todo. Inés se va. Para sus amigas, no es que haya huido, sino que se va “por un asunto familiar”. Así la adolescente confía en su familia y se siente más tranquila ante las situaciones del grupo.
Lo más importante es no dejar jamás a tu hija sola en un aprieto. Es fácil perder la confianza de una adolescente, pero construir una relación basada en la confianza, en la que tu hija aprenda a elegir por sí misma entre lo correcto y lo fácil, vale más que todo el oro del mundo.







