Dicen que es cierto eso de que, cuanto más tiempo salen juntos las parejas antes de casarse, peor funcionan luego los matrimonios…
Mira, te cuento el caso de una pareja: llevaban siete años juntos antes de decidir pasar por el altar. Pero ni un solo día de esos habían convivido del todo; a los dos les gustaba tener su propio espacio y tiempo. Total, que al final la sorpresa fue una embarazo no esperado, que les empujó a casarse.
Al principio, la convivencia tenía su gracia, la verdad. Primero fue poner bonito el pisitoque la abuela de ella se marchó a vivir con sus padres y dejó el piso para los recién casadosluego elegir juntos los muebles, comprar todo lo necesario Pero en cuanto lo tuvieron todo listo, esa emoción se apagó un poco y empezaron a notar que les costaba estar tanto tiempo juntos encerrados en casa.
Él empezó a pedirle a su mujer que le dejase salir a tomar unas cañas con sus amigos, y ella, encantada, aprovechaba esos ratos para tener su propio tiempo. Al final, se convirtió en lo normal: solo coincidían en casa bastante tarde, justo antes de irse a la cama, como habían hecho esos siete años.
Cuando se fue acercando el momento del parto, él empezó a estar cada vez más callado y decaído. Ella no se enteraba de nada, hasta que un día la llama una desconocida y le cuenta que su marido se va a ir a vivir con ella. Y dicho y hecho, aprovechó que su mujer estaba en una revisión del embarazo y se largó con sus cosas.
Lo más doloroso fue que ni se molestó en dar la cara o decirle cuatro palabras a su mujer embarazada. Le dio miedo, ni apareció en el juicio del divorcio Menos mal que ella se movió rápido y gracias a los contactos de su familia, consiguió que el niño naciera sin que apareciera ningún nombre de padre en ningún lado.
Al poco tiempo, nació su hijo: un niño precioso, grandote y con unos hoyuelos en las mejillas para comérselo. Solo con verle la carita, la rabia y el dolor por la traición de aquél que, al fin y al cabo, fue su mejor amigo y pareja tantos años, se le pasaron. Sus padres la ayudaban en todo con el peque y ella decidió que no quería saber más de hombres; sentía que esa herida no tenía ya arreglo.
Cuando el niño cumplió tres años sonó el timbre. Ella esperaba a su madre, que venía a ver al nieto, así que ni miró por la mirilla, simplemente abrió. Y ahí estaba: su exmarido, con un ramo de rosas rojas enormeese tipo de flores que a ella le volvían loca siemprey un coche de carreras grandote, el primer regalo que le hacía al niño en todo ese tiempo.
Ella lo miró sin decir nada y él, con los ojos bajos, le soltó:
Lo siento muchísimo Haré cualquier cosa que me pidas
¿De verdad te crees que ahora te voy a perdonar? ¿Con todos estos años que han pasado…?
En ese momento, el niño salió corriendo al pasillo.
No. Y no vuelvas nunca más. Tres años sin necesitarte y ya aprendimos a vivir sin ti
Ella ya no sentía dolor. Los años habían borrado cualquier rencor. Solo quedó compasión por aquel hombre que había perdido la oportunidad de conocer a su hijo.






