Tengo una amiga que se llama Marisol. Tiene cuarenta años. Siempre ha repetido que hay que respetar a las personas mayores, que seguro se lo devuelven con amabilidad y afecto. No le gustaba escuchar a quienes se quejaban de sus parientes ancianos y solía llamarlos crueles.
¿Qué necesitan los viejos? Prepararles la comida, servirla, sonreírles, ¡nada más!
Pero el destino quiso castigarla por pensar y decir eso.
Un día le pedí a Marisol que cuidara de mi abuelo, que tiene ochenta y nueve años. Yo tenía que llevar a mi hijo a un balneario en Santander y no había nadie más que pudiera quedarse con él. Marisol aceptó, solo tenía que darle de comer a su hora y administrarle la medicación.
El primer día Marisol le preparó para comer un plato de gazpacho, un trozo de pan de pueblo, una taza de té y un bollo de leche. Salió al mercado y al volver encontró al abuelo sentado, habiéndose acabado todo el gazpacho de la olla. Lógicamente, tuvo dolores de tripa y problemas intestinales después. Marisol se agotó llevándolo de un lado al otro del cuarto de baño. Desde hace tiempo, el abuelo no conseguía controlar los ataques de hambre.
A la mañana siguiente, Marisol llegó tarde a su trabajo por culpa de mi abuelo. El abuelo se metió en el baño y allí estuvo más de una hora. Después, rechazó sus cereales y lanzó el plato al suelo. De pronto, le pidió también a Marisol que se fuera de su piso porque, según él, le quería envenenar.
Ni de día ni de noche Marisol consiguió tener un respiro. En esos tres días acabó exhausta. Le cogió tal manía al abuelo que apenas pudo contenerse de darle una bofetada.
Cuando volvía de Cantabria, Marisol huyó del piso sin siquiera despedirse. No responde a mis llamadas. Seguramente teme que le pida otra vez cuidar al abuelo durante unos días.
Es fácil ser sabio cuando nunca has vivido lo difícil que es ocuparse de un anciano enfermoSin embargo, semanas después recibí una carta de Marisol. Decía:
“No sé si volveremos a hablar como antes, pero quiero que sepas algo. A tu abuelo le hice la comida, le serví y le sonreí, tal como siempre dije que había que hacer. Pero nunca imaginé lo difícil que sería. La amabilidad se pone a prueba cuando la paciencia se agota. Ahora entiendo a quienes se quejan y, sobre todo, entiendo que los viejos necesitan más que comida o sonrisas: necesitan comprensión, y a veces, mucha, mucha fortaleza.
Gracias por enseñarme, aunque fuera a la fuerza, que respeto no siempre significa facilidad. Quizá hoy tu abuelo me tendría aún menos cariño que yo a él, pero al menos aprendí algo que solo él podía enseñarme: no existe bondad sin resistencia.”
Doblé la carta y, por primera vez, comprendí a Marisol. Sonreí, pensando en cómo a veces los mayores hacen crecer a quien los cuida, aunque sea a golpes de realidad.







