Desde que tengo memoria, siempre fui criada por mi madre. De mi padre solo escuché su voz por teléfono y recibí algún dinero de él hasta que cumplí dieciocho, pero era mi madre quien se encargaba de mí. Nunca se atrevió a rehacer su vida; dedicó todo a criarme. Vivíamos de manera sencilla, pero no nos faltaba de nada. Luego, cuando terminé la universidad y me casé, apareció el típico problema con la vivienda.
Mi marido viene de una familia numerosa, y siempre tenían peleas por el piso de los padres, que al final no lograban repartirse. Incluso después de venderlo, a mi marido solo le dieron unos euros contados, que, con la ayuda de mi madre, conseguimos invertir y comprar un coche para la familia, aunque en realidad él era el único con papeles y el único que lo conducía.
Al principio vivíamos los tres en nuestro piso de dos habitaciones y todo estaba bien, aunque de vez en cuando mi marido soltaba indirectas de que no le gustaba convivir con la suegra, que escuchaba detrás de las puertas o hacía cosas “metiche”, entrometiéndose en nuestra vida familiar. Yo no lo veía así. Toda la vida había vivido con mi madre y para mí era una comodidad mientras yo trabajaba, ella se encargaba de la limpieza y la comida.
Cuando me enteré de que estaba embarazada, la actitud de mi marido empeoró. En una cena soltó, adrede, el tema de dónde íbamos a montar el cuarto del bebé, si el piso solo tenía dos habitaciones. Intenté que no hiciera daño a mi madre, pero cuando yo no estaba, decía lo que quería igualmente. Yo no tenía ni idea; un día llegué a casa y mi madre no estaba.
Habrá ido al supermercado dijo mi marido con desgana.
Esperamos hasta la hora de cenar, pero yo no podía dejar de preocuparme. Mis preguntas sobre mi madre le molestaban tanto a mi marido que acabó soltándome todas las cosas feas que le decía, añadió que sin ella viviríamos mejor y que ocupaba demasiado espacio.
Nunca me imaginé algo así de él. Vivíamos bien, algo apretados, pero la noticia del bebé le afectó muchísimo…
Antes de que fuera demasiado tarde, me fui corriendo a buscar a mi madre. Nos vimos en el parque, donde estaba sentada, sin atreverse a volver a casa. La abracé y le dije que no hiciera caso a las palabras de su yerno, que él no es malo, solo se preocupa por el futuro. Y que ya encontraríamos una solución.
Cuando volvimos a casa y ya me había calmado, le advertí a mi marido que, si volvía con otra actitud como esa, sería él quien tendría que hacer sitio en el piso. Aunque esté embarazada, eso no significa que esté indefensa ni que dependa de nadie. De hecho, es él quien depende del piso de mi madre y debería estar agradecido por tener un techo y no tener que pagar una fortuna de alquiler. Si quiere cambiar algo, que lo cambie; y si está contento viviendo aquí, pues mi madre también merece estar tranquila y feliz.







