Si crees que he soñado alguna vez con formar una familia, estás muy equivocada. No necesito una esposa. Y mucho menos una como tú.

Hace unos años, mi amigo Javier se casó. Tengo que decir que resistió bastante tiempo, porque Javier ya tenía treinta y tres años cuando decidió dar el paso. Siempre había vivido a su aire y era un férreo opositor al matrimonio. Las visitas a casa de sus padres, hacer la compra semanal o pasar las fiestas con la familia eran, para él, cosas inaceptables. Cuando sus amigos o su familia hacían alguna broma al respecto, Javier siempre respondía igual:

Tengo mi propio piso, un buen trabajo, ¿para qué necesito una familia? Me las arreglo solo. Además, tengo a mi fiel compañero mi perro Bolo. Vivimos juntos y no sabemos lo que es el disgusto. ¿Y las mujeres? Hoy están, mañana quién sabe

Pero tarde o temprano, todo cambia, y el turno de Javier también llegó. Se rindió ante una mujer. Y ella era una mujer astuta Sabía mantenerse distante, lo que aumentaba el interés de Javier por conquistarla. Se llamaba Inés, y el destino quiso que se conocieran en una cafetería de la calle Fuencarral. Tenía veintinueve años, estaba divorciada, pero no tenía hijos.

El destino volvió a cruzarlos poco después. Inés pasó un par de veces por casa de Javier, y pronto sus ropas colgaban en el armario de él. Casi sin darse cuenta, ella ya se había instalado. Una noche, mientras compartían un té en la cocina, Inés soltó de pronto:

Javier, sabes que has insinuado varias veces lo de casarnos. Y mira, creo que aceptaré.

Por más vueltas que le dio, Javier no pudo recordar haberlo propuesto nunca. Pero negar lo evidente tampoco servía de mucho. Intentó cambiar la conversación, pero Inés ya estaba planeando el banquete y repartiendo invitaciones.

Javier sentía que aquello no era lo que él buscaba, pero se dejó llevar. Al fin y al cabo, tarde o temprano uno debe casarse. Y, además, Inés era una buena opción. Así fue como uno más perdió su libertad.

El primer año de matrimonio fue bastante bueno, salvo por las pequeñas discusiones que surgían aquí y allá. A Inés no le gustaba que Javier llegara tarde o volviera a casa oliendo a vino de Rioja después de alguna cena con amigos. Por su parte, Inés hablaba con su exmarido de vez en cuando, a quien le contaba los problemas de pareja que tenía ahora. Aquello a Javier tampoco le hacía ninguna gracia.

Ella se justificaba diciendo que había que ser buena persona y no cerrar puertas. Un día, después de celebrar el cumpleaños de su jefe en la oficina, Javier volvió a casa algo borracho y se desplomó en la habitación de al lado. Desde allí escuchó cómo Inés hablaba con el perro.

Eres un pícaro, Bolo. Todo el día comiendo y durmiendo, sin otra preocupación. Igualito que tu dueño. No, en realidad eres más listo que él; no hablas, pero entiendes todo. Tu amo se niega a entender nada. ¿Cómo puede alguien vivir así?

Javier se enfadó y estuvo a punto de levantarse y decirle cuatro cosas, pero lo que escuchó después le dolió aún más.

Ha vuelto otra vez borracho. Ni tú soportas ese olor, ¿verdad? Cada vez llega peor. No aguanto más verle así. Me arrepiento de haberme casado con él. Parecía buena persona… pero es un desastre. Mi exmarido era mucho mejor. No bebía, ganaba buenos euros ¿Por qué le dejé? Bueno, me engañó un par de veces, pero eso le pasa a cualquiera. Además, me hacía regalos y siempre sabía pedir perdón. Todavía me quiere convencer para que vuelva con él. ¿Qué hago, Bolo? Solo dame una señal.

En ese momento, Javier irrumpió en el salón, llamó al perro y, mirando a su mujer, dijo:

Si crees que soñaba con tener una familia te equivocas. No necesito una esposa. Y mucho menos a alguien como tú. Fuiste tú la que invadiste mi casa. Me das asco. Tienes una hora para recoger tus cosas. Seguro que tu ex te estará esperando. O tal vez busques a alguien nuevo. Y una cosa más Mañana presento la solicitud de divorcio.

Inés, en vez de marcharse con dignidad, rompió a llorar, pidiéndole perdón mientras le acusaba de insensible. Pero Javier no cedió y la echó de casa. Ella bajó con su maleta, pidió un taxi y desapareció por las callejuelas de Madrid.

A veces, la vida nos enseña que uno no puede forzar lo que no siente, y que la felicidad auténtica solo se encuentra cuando somos sinceros con nosotros mismos y vivimos de acuerdo a nuestros verdaderos deseos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nine + 7 =

Si crees que he soñado alguna vez con formar una familia, estás muy equivocada. No necesito una esposa. Y mucho menos una como tú.
Mi segundo marido resultó ser un hombre maravilloso: no escatima en gastos para mimar tanto a mí como a mi hijo