Te cuento, siempre viví con mi padre y mis abuelos paternos, en Madrid. Cuando mi hermana pequeña, Carmen, y yo preguntábamos por qué otros niños tenían madre y nosotros no, papá nos explicaba con mucha ternura que sí teníamos madre, solo que estaba lejos y tenía su propia vida. Hay muchos niños que crecen solo con un padre, pero nosotras teníamos tres: mi abuela Teresa y mi abuelo Manuel nos querían con locura. Jamás olvidaré esas noches en las que el abuelo nos contaba cuentos antes de dormir, o cuando la abuela nos hacía tortas de cereza para merendar, vamos, un lujo típico de pueblo.
Fue una infancia maravillosa, pero se la llevó mi madre. Papá trabajaba en un banco y se mataba a trabajar, hasta que un día le dio un infarto en la oficina. Lo perdimos demasiado pronto, pero los compañeros de trabajo fueron generosos y organizaron colectas para ayudarnos a mí y a Carmen. Mis abuelos nunca quisieron aceptar el dinero. Y justo entonces, apareció mi madre, Lucía. Exigió la custodia legal y nos llevó con ella.
Mi hermana aceptó más rápido esa nueva vida, pero al final las dos nos arrepentimos bastante. A nuestra madre nunca le caímos bien. Nos llevó a la casa de la otra abuela, Rosario, en un pueblito de Guadalajara, y allí se nos olvidó lo que era el cariño y los cuidados. Ibanos a la escuela en el municipio vecino y, después de clase y los fines de semana, era todo trabajo en el huerto. La otra abuela jamás nos dedicó una palabra dulce y, aunque soñábamos con volver a nuestra familia de verdad, mi madre nos decía que jamás nos dejaría volver.
Años después, ya siendo adultas, regresamos con mi abuela Teresa. Mi abuelo Manuel ya no estaba, pero la abuela nos recibió con los brazos abiertos. Ahora podemos pasar tiempo con ella, y nos sigue queriendo igual, aunque ya no seamos niñas. Carmen y yo tenemos nuestros estudios, trabajo, algunos planes para formar nuestra propia familia, y la infancia se quedó atrás…







