Una llamada inesperada: —¿Pablo Ivánovich?—la voz al teléfono sonaba fría y oficial. —Sí, soy Pablo …

¿Don Pablo Fernández? la voz al otro lado del teléfono sonaba fría y formal.
Sí, soy Pablo Fernández. ¿Con quién hablo?
Soy la directora de la Casa Cuna. Dentro de una semana, su hija cumplirá tres años y deberemos trasladarla a otro centro. ¿Está seguro de que no vendrá a recogerla?
Espere, ¿qué hija? ¿De qué niña me habla? Yo tengo un hijo, Luisitorespondí, atónito.
María Fernández Gutiérrez. ¿Acaso no es su hija?
No, de verdad que no. Soy Fernández, Pablo Fernández, pero creo que se equivoca.
Disculpesuspiró la mujer con evidente cansancio. Habrá habido una confusión.
El pitido del teléfono sonó estridente y sentí que ese timbrazo martilleaba mi cabeza.
¡Pero bueno, qué disparate!, me indignaba yo. Una hija que supuestamente es mía en una casa de niños… ¡Vaya lío con los papeles, madre mía!
Pero la llamada me dejó inquieto. No podía dejar de pensar cómo sería la vida para esos niños sin hogar, sin el abrazo cálido de una madre, sin el cuidado de un padre ni la protección de unos abuelos. Luisito, en cambio, tiene una familia enorme, con tíos y tías por los dos lados
Sofía, mi mujer, se dio cuenta enseguida de mi rareza, de que contestaba a medias; con una pareja tan observadora después de casi diez años de matrimonio y conocidos desde el colegio, es imposible esconder nada.
Esperó hasta la cena para preguntar directamente.
Bueno, ¿cómo se llama ella?
¿Quién?respondí aún despistado (¿cómo se enteró de la llamada? ¿Le habrían llamado a ella también?)
Maríadije, Mariíta.
¡Ah, Mariíta, claro! Yo soy Sofía y ella María, ¿eh?alzó la voz, dolida.
Eso pareceme encogí de hombros. María Fernández Gutiérrez.
¡Dímelo todo, hasta el número de su DNI!chilló Sofía.
¡Pero si no tiene! ¿Para qué necesita uno?
¿Es una refugiada o qué?bajó un poco el tono, aunque seguía tensa.
¿Quién es refugiada?ya no entendía nada.
¡Tu María, la refugiada! ¡Seguro que quiere empadronarse! ¡Dímelo ya, sinvergüenza!
¿Pero qué dices, Sofía?me quedé patidifuso, olvidando la comida.
Entonces se puso a llorar. No a sollozar, sino con esas lágrimas pesadas de enfado, que caían sobre el mantel.
Mañana mismo me voy a casa de mamádijo entre lágrimas. Tenlo claro: ¡Luisito no se queda contigo!
Sofía, ¿pero por qué? ¿Qué te pasa? ¿A qué viene esto?
¡Y pensar que me iba a quedar aquí, como si fuera la criada de tus amoríos! ¿Qué pasa con tu María, eh?
Empecé a comprender lo absurdo de la situación. La senté suavemente en el sofá de la cocina y le conté todo sobre la dichosa llamada.
Ahora Sofía lloraba de pena por la pobre niña. Pensé que las mujeres nunca se les acaban las lágrimas, siempre hay una nueva fuente para cualquier ocasión. Y yo, que no aguanto ver llorar a Sofía, ni mucho menos hacerla llorar.
Después de esa noche agitada ya ni ganas me quedaron de cenar.
Me desperté al sentir que Sofía estaba fisgoneando en mi móvil. En diez años de convivencia nunca lo había hecho. Claramente, desconfiaba y quería descubrir si tenía mensajes de otra mujer. Aquello me dolió como una puñalada.
Pablo, Pablomusitó ella mientras me empujaba suave.
Hice como que me desperezaba.
¿Este fue el número que llamó, verdad? ¿Eso que pone aquí, el fijo?
Sírespondí casi dormido, ese mismo.
Vale, duerme.
Sofía salió del dormitorio llevándose mi móvil.
Dormir, sí ¡a ver quién puede! Unos minutos más tarde oí cómo encendía el ordenador. Fui de puntillas al salón y la vi buscar en Google: Casa Cuna Madrid.
Salió la web oficial, dirección, teléfono y hasta fotos del edificio. Sofía miró el número, lo contrastó con el teléfono del móvil.
¡Pablo, es el mismo!
¿Cuál lo es?
¡El teléfono, hombre! Es el de la Casa Cuna.
Ya te decía que sí ¿Y tú, comprobando?
Sofía giró el sillón.
No comprobar, aclarar.
¿Y eso por qué?
La casa esa está aquí al ladodijo, pensativa, ignorándome. ¿Vamos a acercarnos? ¿Cómo tienen tu número si supuestamente no eres nadie para ellos?
No lo había pensado ¿y cómo es posible? Quizá sí debíamos ir, aclarar este embrollo, no fuera que siguieran atribuyéndome hijos ajenos.
Dormí bien poco esa noche. Cuando por fin me iba quedando traspuesto, Sofía me da otro codazo:
Pablo Pablo
¿Ahora qué?
¿Seguro que no ha habido nada? ¿Ni un desliz? ¿Ni con aquella de la infancia? Quizá te encontraste con tu primer amor después de tantos años, surgió la chispa y ella no te dijo que estaba embarazada… y ¿y la niña solo nació para dejarla luego en el hospital? ¡Contesta, Pablo!
Sofía, ¿qué historias te montas? Yo te elegí en primero de EGB y desde entonces, sólo tú. Hace 4 años, justo cuando Luisito cumplía tres y empezó en la guardería, estuviste trabajando y yo de teletrabajo cuidando al niño, entre jarabes y visitas al pediatra. ¡Cómo iba a tener tiempo para líos con nadie!
¿Y entonces tu teléfono? ¿Quién lo dio?
Eso sí que me traía de cabeza. Le di vueltas a todas mis ex ninguna de ellas era capaz de semejante broma, y unas ya estaban lejos, otras con sus familias, la más atrevida llevaba años fuera de España
Pero claro, la vida siempre sorprende. Me prometí a mí mismo ir a la Casa Cuna la mañana siguiente.
Llegamos los dos temprano, pero ya había un hombrecito rubio, de aspecto algo desaliñado pese a ir bien vestido, esperando ante la puerta de la directora. Tenía papeles en la mano, temblorosos, con esa ansiedad que deja la resaca de la noche anterior.
Vais después de mídijo el tipo con voz ronca.
La puerta se abrió y entró. Dentro se oía una voz firme y la murmuración grave del visitante.
Tras un cuarto de hora, el hombre salió despeinado y sin papeles. Llamaron a la siguiente cita: nosotros.
Buenos díasuna morena de mediana edad nos esperaba al fondo, mordiendo unas gafas, ¿en qué puedo ayudarles?
Venimos por lo de ayerbromeé sin querer.
Prefiero claridad, por favor. Explíquenme el motivo brevemente.
Le recordé la llamada (la voz era fácil de reconocer).
Ah, aquellola mujer sonrió con cansancio. Disculpen, fue un error, no era a ustedes a quienes debíamos llamar.
¿Cómo que no, si tienen mi número? ¿Y de dónde lo han sacado?
Mire, Pablo Fernández, marqué mal una cifra. El número empieza por 917 y marqué 916. Que usted también se llamara Pablo Fernández es pura casualidad. Cosas que pasan
Por cierto, fue el señor que pasó antes.
¿Quién?pregunté, aunque lo intuía.
Pablo Fernández Gutiérrez, padre de la niña.
Les pido disculpas y nada más. Tengo mucho trabajo.
En su placa se leía: Teresa Jiménez Martín, directora.
Sofía debió verlo también porque preguntó:
Señora Teresa, ¿él recogerá a la niña?
La directora inspiró hondo y volvió a sentarse.
No, no lo hará. La madre falleció, y ese Pablo Fernández tiene siete hijos de distintas madres. En tres años solo vino dos veces, y siempre presionado por nosotros. Mariíta no le interesa. ¿Alguna pregunta más?
Salimos del edificio, confundidos.
Afuera, los niños más mayores jugaban en un patio silencioso. Unos en columpios, otros en el tobogán, dos niños jugaban a carreras de coches en un banco.
Me fijé en el silencio: nada de gritos, de risas estruendosas, no era el patio alegre de cuando bajábamos a Luis a jugar al parque. Aquellos niños parecían pequeños ancianos, adultos en miniatura sin infancia.
Eso era la vida allí: supervivencia, frío, carencias, juguetes racionados, ropas que nunca son para ti, indiferencia de los adultos y a veces algo peor.
Mire a Sofía, sus ojos llorosos. ¡Otra vez esas lágrimas!
Avanzamos despacio hacia la verja. De repente, un grito rompió aquella paz:
¡Mamá!
Todos los niños miraron a la vez. Una niña con gorro de pompón corría hacia Sofía, brazos abiertos:
¡Mamá, mamá! ¡Aquí, mamá!
Se abrazó a su pierna y rompió a llorar con una desolación que se me metió en los huesos.
¡María, Mariíta!venía corriendo la cuidadora. Quiso cogerla en brazos, pero la niña se agarraba a la pierna de Sofía como a un tronco salvavidas.
Al final la convencieron con una chocolatina y salimos del patio casi corriendo.
Ya en el coche ninguno de los dos dijo palabra. Sofía temblaba y yo sentía esas mismas manos temblorosas de antes; tuve que detenerme a un lado para serenarme.
Sofía señaló fuera, con la vista, hacia el letrero de una tienda de Juguettos que había cerca.
Sin decir siquiera una palabra, salimos del coche cogidos de la mano y fuimos directos a por una muñeca y un vestido rosa.
Nuestra hija, Mariíta, irá siempre bien guapa.
Porque a veces un simple error, una llamada equivocada, te recuerda la suerte de tener una familia, el valor de la empatía y la necesidad de mirar más allá de uno mismo para hacer el mundo un poco mejor.

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Una llamada inesperada: —¿Pablo Ivánovich?—la voz al teléfono sonaba fría y oficial. —Sí, soy Pablo …
No fui capaz de esperar —Voy a pedir el divorcio —dijo Vero tranquilamente, pasando una taza de té a su marido—. Bueno, de hecho, ya lo he pedido. Lo pronunció como quien comenta que para cenar hay pollo con verduras, con una calma rutinaria, casi insolente. —¿Puedo preguntar desde cuándo…? —bufó Arturo, bajando la voz al ver las caritas preocupadas de sus hijos—, bueno, no delante de los niños. ¿Qué he hecho mal? Y eso sin contar que los niños necesitan un padre. —¿De verdad piensas que no encontraría otro padre para ellos? —resopló ella, con teatralidad—. ¿Que qué has hecho mal? ¡Todo! Yo esperé que la vida contigo fuera como un lago en calma, no este río embravecido. —Bueno chicos, ¿ya habéis terminado de comer? —Arturo prefirió cortar la conversación en presencia de sus hijos—. Iros a jugar, nada de escuchar detrás de la puerta —les advirtió. Vero apretó los labios. ¡Siempre mandando! Se las da de “padre del año”… —Simplemente, estoy harta. No quiero pasarme ocho horas diarias en la oficina, ni sonriendo a compañeros, ni soportando a clientes. Quiero dormir hasta tarde, ir de compras caras, al salón de belleza. Tú no puedes darme esa vida. ¡Basta! Te he dado los diez mejores años de mi vida… —¿Puedes ahorrarte los discursos? —cortó Arturo, seco—. ¿No fuiste tú la que hace diez años se empeñó en casarse conmigo? Yo tampoco tenía tanto interés. —Me equivoqué, le puede pasar a cualquiera. La separación fue rápida y discreta. A regañadientes, Arturo dejó a los chicos con su madre, con la condición de que pasaran todos los fines de semana y vacaciones con él. Verónica aceptó sin problemas. Medio año después, Arturo presentó a sus hijos a su nueva esposa. La simpática y alegre Lucía conquistó al instante a los niños, que esperaban ansiosos las visitas de fin de semana, lo que sacaba de quicio a su madre. Aún le molestaba más que Arturo, tras heredar de un tío lejano, compró un gran chalé a las afueras y vivía de maravilla. Eso sí, siguió trabajando y pagaba la pensión ajustada, prefiriendo él mismo vestir y equipar a los pequeños con todo tipo de caprichos… ¡Y además controlaba hasta los pagos de la pensión! ¿Por qué no esperó solo medio año? Si Verónica hubiera sabido lo que pasaría… Ahora otra sería su suerte. Pero… ¿quizá aún no está todo perdido? ******************** —¿Tomamos un té, como en los viejos tiempos? —sugirió coquetamente ella, rizándose un mechón. Su vestido corto marcaba figura y el maquillaje conseguía restarle años. Había trabajado mucho para mostrarse irresistible. —No tengo tiempo —le devolvió él una mirada vacía—. ¿Están listos los chicos? —Se les ha extraviado algo, les llevarán unos diez minutos. —Ella no se rendía—. ¿Y si celebramos juntos la Nochevieja? Nico y Yago han estado decorando el árbol toda la mañana. —Quedamos en el juicio que las vacaciones eran mías. Los llevaremos a un pueblecito mágico con nieve, esquí y snowboard. Lucía lo ha organizado todo. —Pero es una fiesta familiar… —Y la celebraremos en familia. Si te quejas, pido la custodia. Cuando se cerró la puerta detrás de su exmarido y los niños, Vero, furiosa, rompió la vajilla de boda. ¡Otra vez Lucía! ¿Hasta cuándo va a meterse? Siempre con esa cara de felicidad al ver a los niños… Seguro que está contando los días hasta que regresen a casa. ¡Quién sino ella sabe lo difíciles que son esos críos! Pero… puede que esto también le sirva. Sonrió satisfecha. Todavía puede conseguir el dinero de Arturo… ******************** —¿Y esto? —preguntó Arturo con las cejas en alto, al ver las maletas en la entrada. —¿Cómo que qué? Las cosas de Nico y Yago. —Vero empujó una de las maletas, bien llena—. He decidido que ya que tú ya tienes tu vida, es hora de que yo tenga la mía. Pero no todos los hombres quieren educar hijos ajenos, así que los niños ahora vivirán contigo. Ya he avisado a Servicios Sociales, falta solo formalizar. Eso te toca a ti. Yo me voy de vacaciones con un caballero muy prometedor. Arturo se quedó clavado mientras ella partía hacia el coche que la esperaba. ¿Cuánto tardará esa “santita” de Lucía en cansarse? ¿Una semana? ¿Dos? Seguro que dos. Y Arturo, entre sus hijos y su nueva esposa, elegirá a los niños… y volverá con ella y su dinero. Pasaron dos semanas. Un mes. Dos… y nada. Por los comentarios de los chicos, Lucía ni siquiera les había levantado la voz. ¿De verdad? ¿Se habían convertido estos diablillos en angelitos? ¡Imposible! —¿Cómo se portan los chicos? ¿No te han cansado ya? —al fin llamó Vero. —Genial, no dan guerra, son obedientes y ayudan en casa —la voz de Arturo se volvió cálida al hablar de sus hijos—. ¡Unos soles de niños! —¿En serio? —se sorprendió Vero—. ¡Conmigo siempre montaban alguna! —Porque hay que estar con ellos —bufó Arturo—. Pero tú siempre con el móvil. Y por cierto, que lo sepas: nos mudamos. Si quieres, te traigo a los chicos en vacaciones. —¡Pero también son mis hijos! —Me cediste todos los derechos —rió él burlón—. ¡Vaya madre! A Vero solo le quedó lamentarse. No recuperó a su marido (ni su dinero), el nuevo novio tampoco cuajó, y ahora los niños están lejos. Y tampoco les echa mucho en falta… le gusta demasiado dedicarse solo a ella. ¿No es injusto? Aguantar diez años… y quedarse fuera medio año antes de conseguir la vida soñada… Injusto…