Anhelábamos con ilusión el día en que podríamos visitar al niño. Pero no fuimos bien recibidos

El mes pasado, por fin nació mi primer nieto. No te imaginas, estaba en una nube, feliz perdida, esperando con tantas ganas el día en que pudiéramos ir a conocer al peque. Pero resulta que no somos bienvenidos. Mi nuera lo demuestra abiertamente, está incómoda con nuestra presencia. Le llevamos regalos, detalles, hasta le dimos algo de dinero, pero aún así, cada vez que aparecemos parece que le damos un susto. Lo mismo pasa con su hermana.

Te juro que me siento herida, porque yo solo intento ser como una abuela de toda la vida. Mi nuera se mostró bastante borde conmigo y con mi hija, aunque Lucía solo quería darle un consejo de madre a madre. Lucía ya ha criado a tres niños, tiene experiencia, vaya. Para rematar, nos devolvió la mitad de los regalos. Que si el bebé es demasiado pequeño para peluches y todo eso. Pero, vamos a ver, el niño va a crecer, ¿no? Ya le vendría bien más adelante. No entiendo esa reacción.

Cuando fuimos a su casa ni un café nos ofrecieron, ni siquiera un vaso de agua. Mi hijo, calladito, sin levantar la vista aquí está claro quién manda. Después, nos fuimos a casa y, te soy sincera, me puse a llorar, porque una bienvenida así no me la esperaba.

Desde entonces, solo conozco a mi nieto a través de fotos. No me animo a ir para no incomodarles. Intento reunir a toda la familia en mi casa, pero mi nuera nunca quiere venir. Le pedí a mi hijo que, al menos, viniera un día al Retiro con el carrito del niño, pero no pudo ser. Mi nuera está encima de él, lo controla a cada paso y no le deja soltarse ni un momento.

Decidió alimentar al bebé con fórmula, dice que así no tiene que estar todo el día pendiente. Piensa que la vamos a criticar por eso y por eso no quiere vernos. Pero a mí me da igual, te lo digo de corazón. Yo solo quiero ver a mi nieto, no he venido a juzgar a nadie, que cada madre hace lo que puede y como mejor sabe.

Antes, mi relación con mi nuera era estupenda, igual que con sus padres. Pero desde que nació el niño ha cambiado, parece otra persona. Nunca le hice daño ni tuve un mal gesto, así que no sé por qué ese cambio conmigo. Hasta mis amigas flipan, no entienden cómo puedo tener un nieto y no poder disfrutarlo.

Y fíjate, mi madre puso el piso a mi nombre. Yo tenía pensado venderlo para repartir el dinero entre mi hijo y mi hija. Pero, después de todo esto, mi marido dice que mejor lo alquilemos y punto, que para qué regalar nada a hijos que ni lo agradecen. Y mira que tiene razón, porque a este paso, cuando seamos mayores, nadie va a cuidar de nosotros. Qué pena, de verdad…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fifteen + nineteen =

Anhelábamos con ilusión el día en que podríamos visitar al niño. Pero no fuimos bien recibidos
Cada día, una anciana sale al patio de nuestro edificio; debe de tener unos ochenta años y siempre v…