Sí, soy una mujer fuerte. Intensa. Auténtica. Sin filtros.

Sí, soy una mujer fuerte. Intensa. Real. Sin filtros.

Sí, soy una mujer intensa.
Porque no me tiembla el pulso al decir exactamente lo que pienso,
lo que siento, y lo hago con pasión.
Y lo hago con pasión.

Sigo mi instinto. Sigo mi corazón. Nunca me ha importado cómo me veo por fuera; para mí lo que importa es quién soy.
Sigo los latidos de mi corazón.
Jamás me ha importado mi aspecto
lo fundamental es quién soy adentro.

Y soy así, tal como la vida me ha forjado:
con esperanzas, desilusiones, alegrías, cicatrices, momentos altos y bajos.
Sin reservas.
Sin medias verdades.
Sin hipocresías.

Detesto las cosas a medias
conmigo, todo o nada.

A veces puedo ser dulce,
otras, dura como una roca.
Puedo abrazar con todas mis fuerzas
y protegerme aún con más.

Vivo al máximo.
No me limitan los comentarios de los demás.
No finjo personajes.
No me apago solo para encajar o gustar.

Muchos dicen que soy rara, un poco loca, demasiado emocional.
Pero quizás el problema no sea mi intensidad
sino la valentía que otros no tienen
para vivir la vida con todos sus matices,
con todos sus colores.

No todos saben querer lo fuera de lo común.
No todos valoran lo auténtico.
No todo el mundo soporta un amor que se entrega generoso, sin medir, sin miedo.

Yo sí puedo.
Y no querría ser de otra manera.

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Sí, soy una mujer fuerte. Intensa. Auténtica. Sin filtros.
Ya van tres meses desde que vivía sin su marido… Después de aquella cena de empresa en Nochevieja, donde vio en el pasillo del restaurante a su Miguel abrazando a la joven compañera de recursos humanos, ya no quiso seguir bajo el mismo techo con él Tania limpiaba la ventana y miraba al patio. En el parque infantil jugaba con sus amigas su hija de cinco años. Los niños gritaban, corrían, se divertían, pero Tania estaba triste. Ya iban tres meses viviendo sin su marido… Desde aquel momento en la cena de empresa de Fin de Año, cuando vio en el pasillo del restaurante a su Miguel abrazando a la joven compañera de recursos humanos, ya no quiso seguir bajo el mismo techo con él. Antes a Tania le llegaban rumores sobre las andanzas de su marido, pero nunca quiso creerlos. Sin embargo, cuando al fin vio a su marido con otra mujer, en aquel corredor en penumbra, no solo se arruinó la fiesta sino que cambió toda su vida. Así pensaba Tania mientras regresaba sola a casa atravesando la ciudad por la noche, desde el mismo restaurante. Llevaban diez años casados. Firmaron los papeles después de acabar la carrera. Los padres felices, pensaban: Se han sacado la carrera, ya toca formar familia. Todo parecía fluir adecuadamente. Ambos encontraron buen trabajo, los padres ayudaron con la compra del piso. Nació la hija. Pero, quizá porque antes de casarse ya vivieron juntos en la residencia de estudiantes durante dos años, quizá porque los sentimientos ya no eran los mismos, pero Miguel había ido enfriándose con Tania los últimos años. Ella lo notaba y lo explicaba diciendo que era por el trabajo, por la carrera profesional. Ella misma también estaba cada vez más afectada. El marido apenas mostraba interés por su trabajo, por sus cosas, todas las conversaciones giraban en torno a quejas sobre su cansancio. Después de la pelea de aquella noche, él se fue de casa, sin querer ni escuchar los reproches de Tania ni ver sus lágrimas. Eso no podía soportarlo. Pero para Tania cambiaría todo. Siempre había confiado en su marido, y ahora entendía que era solo una ilusión creada por ella: amor eterno, fidelidad, deber… Cuando él se fue, (y como luego le dijeron conocidos, estaba con su joven amante), Tania, como una niña indefensa, empezó a descubrir de nuevo aquel mundo gris. Empezó a aprender a no odiar, a entender, a adaptarse. Pero perdonar a su marido era imposible. Y él tampoco se lo pedía. Lo que más le dolía era que, después de tantos años juntos, no quedaba nada… No podía comprender: ¿cómo es eso posible? Sus padres le consolaban como podían, incluso su suegra pidió perdón por su hijo. Pero Tania no lo llevaba mejor. —Será que soy así, confío en la gente hasta el final —pensaba Tania. Pero el tiempo pasaba, y él ni pensaba en volver. Al principio Tania deseaba escuchar su arrepentimiento y sus disculpas. Pensaba que así sería. Pero nadie apareció por la puerta. Y solo más tarde empezó a entender que, aunque llegaran las disculpas, ya no podría quererlo ni vivir con él como antes. No, todo cambió para siempre. Ahora, con el sol brillando en la ventana recién limpiada, el viento templado entrando al salón llenándolo de trinos de pájaros, Tania suspiró y se acercó al espejo. En el reflejo vio a una mujer apagada, despeinada, de mirada triste, en bata vieja… Y reaccionó. Le nació una necesidad de cambiar de aspecto, de renovar la casa, cambiar las cortinas, todo lo que hiciera que su vida no fuera tan apagada y rutinaria. Dejó el trapo en la mesa y cogió el teléfono. —Mamá, quiero hacer reforma en el piso. No, reforma grande no tengo dinero ni fuerzas. Para eso ya… Pero papel nuevo en las paredes, una lámpara y cortinas nuevas, pintar el suelo, y en la cocina poner linóleo. Pásame el teléfono de esa cuadrilla que trabajó en casa de tu vecina el otoño pasado. A la semana vino el jefe de obra, un hombre de unos cuarenta años. Echó un vistazo y dijo: —Hay poco trabajo. Pero ahora estamos como para meses con todo reservado. ¿Vas a esperar? Tania se entristeció. Entonces el jefe dijo: —Tengo a un buen chico, él solo puede venir después de su trabajo, por las tardes y los fines de semana. ¿Te vale? Tania aceptó y acordaron el precio. Ahora Tania estaba ocupada renovando el hogar. El fin de semana compró todo lo necesario en la tienda de bricolaje. Y llegó el trabajador: Pablo. El chico empezó por la cocina. Movió con cuidado los muebles y en ese día ya dejó el suelo listo. Tania estaba encantada, elogió a Pablo y junto a su hija pensaba limpiar luego toda la vajilla. Pablo empezó a venir por las tardes. En pocos días cambió toda la instalación eléctrica y colgó una lámpara nueva. Tania le daba té y hablaban de la próxima etapa del trabajo: poner el papel en las habitaciones. Sacaron los muebles. La casa se iba renovando. A Tania le parecía no solo más limpia, sino más luminosa, acogedora y grande. Pablo traía caramelos para el té y empanadillas de su abuela. Su llegada alegraba a la hija de Tania —Elena—, que aplaudía cuando Pablo le traía una bolsa de regalos. Para no quedarse atrás, Tania invitaba a Pablo a comer. En la mesa conversaban, reían, pronto se hicieron amigos. Un día Pablo se atrevió a preguntar por la situación familiar de Tania. La mujer le gustaba. Mucho. Tania respondió simplemente: —Mi marido me dejó. Se fue con otra. Pablo se quedó callado un momento y luego preguntó sorprendido: —¿Y acaso alguien deja a una como tú? Tania se sorprendió de su propia tranquilidad, incluso de la indiferencia con que respondió. Antes esa frase le hacía llorar. Ahora miraba los ojos dulces de Pablo y entendía todo. La reforma avanzaba. Había que pintar el suelo, así que mandaron a Elena con la abuela, el olor era fuerte y no se podía pisar. Tania también iba a ver a sus padres, Pablo acabaría de pintar. Ese fue el último trabajo. Salieron juntos del portal y decidieron dar un paseo para descansar tras la pintura. Paseando por el parque, Pablo tomó a Tania del brazo y ella no lo apartó. Caía la noche pero no querían separarse. Como dos jóvenes, se sentaron en un banco y empezaron a besarse. No podían dejar de hacerlo. De repente Tania se echó a reír. —¿Qué pasa? —preguntó Pablo. —Las chicas para la primera cita usamos colonia… ¡y nosotros olemos a pintura, pero a una legua! Se rieron juntos. Una semana después Tania estaba de nuevo en su piso. Junto a Elena pisaron el suelo reluciente y admiraban la casa renovada. El ánimo era muy bueno. Tania ya tenía la cena hecha y llamó a su hija a la mesa cuando sonó el timbre. En la puerta estaba Pablo con un ramo y una tarta. —¡El primer invitado! —dijo Tania, invitándole a entrar— Gracias a tu trabajo, tenemos casi mudanza nueva. —Y vengo a buscar mi ropa de trabajo —dijo Pablo. —¿Solo por eso has venido? —preguntó Tania sonriendo. —No. No solo. Quería apuntarme a más reformas. Pero ahora gratis. —¿De verdad gratis? —bromeó Tania. —Bueno… Pablo miró a Elena y susurró: —Luego te digo qué recompensa me gustaría recibir… Elena cogió de la mano a Pablo y lo llevó a su cuarto a enseñarle sus juguetes. Tania se sentó y se llevó las manos a la cabeza. Hacía tiempo que no era tan feliz. Por sentir cerca a un hombre que la quería. Porque ella también, quizá, se había enamorado… De repente, volvieron a llamar a la puerta. —¿Quién será? —pensó Tania—. Probablemente la vecina, a ver la reforma. En el umbral estaba su marido. —¿Tú? —se sorprendió Tania. —¿No es buen momento? Llevo una semana queriendo verla. Vengo a recoger algunas cosas. —Pues no sólo algunas, mejor todo ya, así nos dejas tranquilos —dijo Tania. Salieron Pablo y Elena cogidos de la mano. —¿Quién es? —preguntó Miguel mirando a Pablo con mala cara—. Ya veo que no has perdido el tiempo. Y yo que pensaba que estarías lamentándote… Qué rápido te has buscado sustituto. —Saluda a tu hija —dijo Tania. Miguel besó a Elena. Y ella preguntó inocente: —¿Me has traído regalos? Miguel dudó y respondió: —Para tu cumpleaños te los compro. Lo que quieras. —¿Falta mucho para mi cumple? —preguntó la niña. —No, todavía falta, Elena. Unos seis meses. Vete al cuarto. Voy a sacar la maleta de papá —respondió Tania. Tania sacó la maleta y la dejó ante su marido. Mientras ella no estaba, los hombres se miraban con recelo. Cuando Miguel salió, Tania se oscureció. El ánimo se fue abajo. Pablo se acercó, la abrazó y preguntó: —¿Lo sigues queriendo? —No. Y la visita me ha disgustado. —¿Te incomoda que yo esté aquí? —preguntó Pablo. —No, eres mi invitado, tengo derecho. —No quiero ser solo invitado, Tania. Ni solo el manitas. Quiero estar contigo… ¿Me entiendes? ¿Te casarías conmigo? —¿Cómo dices? ¿Tan pronto? No es posible, Pablo. No podemos apresurarnos. Mis padres no lo entenderían. —Entonces prométeme que lo pensarás. No tengo prisa. He buscado a una mujer como tú mucho tiempo. Y te he encontrado… Pablo se levantó y, sin despedirse, cerró con cuidado la puerta. —Claro que lo pensaré, claro… —se repetía Tania, meciendo a Elena en sus brazos. Llevó a su hija a la cama. Sentada junto a la cama de Elena, no pensó en la visita de su marido. Cerrando los ojos, veía el rostro de Pablo y, en su cabeza, le decía: —Por supuesto que lo pensaré… Solo no tengas prisa, amor…