¡Tú pagas la factura, porque eres quien más gasta!

Cristina se casó justo al cumplir los veinte años. Su marido era mayor que ella, pero la diferencia de edad nunca le importó. Siempre estuvo tras Daniel como murallas milenarias de piedra, maciza y protectora. Sin embargo, últimamente lamenta haber iniciado una relación con él. Su historia es como un sueño extraño que se deslíe entre las calles empedradas de Salamanca.

Vivimos en un piso de dos habitaciones que es de mi marido. Él gana bastante bien, pero tiene que viajar mucho por motivos de trabajo, perdiéndose entre aeropuertos y hoteles como si nunca volviera del todo. Yo, en cambio, llevo mi pequeño negocio desde casa, y a la vez estudio a distancia; todo esto mezclado con mis labores domésticas, que nadie me ha perdonado. Intento mantener la casa limpia y la comida caliente, como si todo fuera ritual de otro tiempo.

Mi marido paga los recibos en eso no me meto en absoluto. Últimamente, no obstante, ha empezado a quejarse de que gasto demasiada agua y demasiada luz. Al principio no le di importancia, pero luego su voz se volvió eco machacón que me crispa por dentro.

A partir de ahora, tú vas a pagar la luz y el agua. Yo trabajo todo el tiempo y encima estoy de viaje cada dos por tres. Si derrochas, pagas. Yo me encargo del resto, pero esas dos facturas son cosa tuya. Si no las pagas, te cortarán la luz y el agua.

¡Qué familia más encantadora tenemos! ¿Te has parado a pensar por qué gasto tanta agua y luz? Probablemente porque cocino, limpio, pongo la lavadora, trabajo en el ordenador… ¿Y por qué tantas quejas? ¿Es que tengo que economizar hasta el último gramo de agua, quedarme a oscuras, y fregar los platos con el agua de las macetas? ¿Acaso ya se te ha ido la cabeza?

Si no quieres pagarlas, no las pagues. Yo tampoco quiero. Puedo irme a casa de mis padres y allí no tendré que contar cuántas veces me lavo las manos ni mirar los kilovatios del contador. Y tú podrás cocinar, limpiar y ahorrar como quieras. Por cierto, tendrás que llevar camisas sin planchar ni lavar. ¿Te gustan limpias? Pues pregúntate cuánta luz y agua gasta la lavadora cuando la usas tanto.

Desde aquel día, Daniel no volvió a quejarse de nada.

¿Hizo Cristina lo correcto, o simplemente soñó una respuesta insólita bajo la sombra de los naranjos del patio?

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¡Tú pagas la factura, porque eres quien más gasta!
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