¡Papá! Ven a ver este espectáculo. El escoba ha traído a la familia a casa…

Papá, ven, tienes que ver esto. Venancio ha traído a su familia a casa…

Venancio era un gato con una elegancia clásica, de esos que la gente llama marqués: el lomo brillaba en azul profundo, igual que sus orejas y su cola, mientras que el pecho, las mejillas, los delicados calcetines en las patas, el vientre, la punta de la cola y el triángulo blanco en su frente relucían como la espuma del mar en una noche de luna. Todo esto, sumado a su felina elasticidad natural, evocaba la frase: gracioso como un piano vertical. Los ojos de Venancio tenían ese verde melancólico típico de los grandes trovadores nocturnos del patio, músicos de serenatas gatunas al más puro estilo flamenco felino.

Era un gato singularmente educado. No saltaba sobre la mesa, ni desgarraba el sofá con sus garras, ni hacía gala de su Newton interior lanzando objetos desde el aparador para comprobar la gravedad. De su infancia solo podíamos imaginar travesuras: perseguir adornos navideños, subir cortinas, derribar la palmera del comedor. Pero llegó a nuestra casa adulto y ya formado, una personalidad felina bien establecida. Y además, antes había vivido lejos de cualquier piso.

Venancio había habitado una nave de la lonja de pescadores en el otro margen del río Manzanares. Pero un día todo cambió: el encargado de la nave fue sustituido y el nuevo era un enamorado de los perros y enemigo tenaz de los gatos. Así fue como nuestro gato acabó en nuestra casa, traído por mi cuñado, que trabajaba allí soldando metales.

No quiero ni pensar, el jefe soltará a sus mastines y lo harán trizas… ¿Podéis cuidar de él? me suplicó.

Aceptamos. Venancio, como un joven galán, no tardó en empezar a mejorar la genética felina de todos los gatos del barrio.

Sé que me arriesgo a que me tiren zapatillas por hablar del paseo libre y los riesgos que ello conlleva, pero hablemos de finales de los años ochenta, en plena Sierra de Guadarrama, lejos de la ciudad… Nadie sabía mucho de veterinarios, y ni hablar de castraciones; el veterinario local, con su bata raída y resaca permanente, hubiera visto a quien lo propusiera como un lunático.

Con todo, aunque Venancio recorría el barrio por amor, ninguna gata fue su favorita. A todas las trataba igual. Hasta que apareció ella… Lurdes.

Aquel día, tras una noche de guardia, me duché y caí en los brazos de Morfeo. Poco antes del mediodía, mi hija, recién llegada de la escuela, me sacó suavemente del sueño.

Papá, tienes que verlo, Venancio ha traído a su familia…

Caminé por el pasillo, giré hacia la cocina, y me detuve, como si el mundo se hubiera apagado. Venancio estaba sentado con solemnidad felina: lomo arqueado, patas cuidadosamente encogidas, cola enrollada delante, orejas y bigotes hacia adelante.

Justo frente a él, jugueteaban tres gatitos en el suelo. Eran réplicas de Venancio: lomos oscuros, calcetines blancos, pechos albinos y marcas claras en la punta de la cola. Di unos pasos más y, de repente, vi algo que me dejó boquiabierto.

En el cuenco de Venancio, devorando alimento mezclado de pescado y arroz, se encontraba una gata tabby, gris rayada, con orejas mordidas y un aire de persecución en la mirada.

Y cuando alzó la cabeza y me miró, quedé paralizado: solo tenía un ojo.

Cuando llegué a la puerta empezó a disculparse mi hija estaban los cinco en montón frente al felpudo, Venancio delante. Intenté echarlos, pero vi que ella tenía un problema en el ojo…

Bien hecho que la dejaste entrar respondí rápido.

Intenté tocarla, pero se tensó, se apartó y bufó. Estaba claro: había perdido la confianza en las personas. Quizá no tuvo la suerte que Venancio tuvo con nosotros. Da miedo pensar qué habría pasado si esos mastines salvajes la hubieran cruzado con sus cachorros. Su ojo perdido era prueba de una vida dura.

Al final, nos quedamos con toda la familia. Y ahí, la historia dio un giro inesperado: el gato se volvió absolutamente doméstico. Antes luchaba en el patio de nuestra casa de tres plantas por las gatas más bellas; ahora, ya solo peleaba por el territorio, no por el amor. Volvía magullado, con el pelo revuelto, siempre al hogar, junto a su compañera tuerta.

Por las noches dormían en su refugio, una caja enorme bajo la mesa de la cocina. Venancio lamía a Lurdes con esmero, siempre atento a su ojo herido.

Con el tiempo, logré convencer al veterinario local, no sin esfuerzo: agarrándolo literalmente por la bata y, luego, obsequiándolo con una botella de brandy, que era oro tras la Ley Seca de entonces.

Colocamos los gatitos enseguida: pescadores y vecinos de la lonja, al saber que eran descendientes de Venancio, se los llevaron como si fueran cachorros de una estirpe noble. Otros se apuntaron para las siguientes camadas, convencidos de que Lurdes volvería a dar descendencia.

Así fue: la compañera gris de nuestro marqués parió dos veces más. Pero un día, se perdió y nunca volvió. Su fidelidad a Venancio nunca destacó eso lo aprendimos después.

La buscamos día tras día; llamábamos bajo las ventanas, recorríamos el patio, rebuscábamos en cobertizos viejos y explorábamos los matorrales de madroños de la colina cercana. Nada. Por suerte, los últimos cachorros idénticos y distintos a Venancio ya se habían hecho grandes, y todos fueron entregados a quienes esperaban.

Venancio se quedó triste. Pasaba horas sentado en el alféizar, mirando la calle como si esperara a alguien. O paseaba despacio por el patio y luchaba aún con otros gatos, pero las nuevas amistades no le alegraban. Jamás volvió a llevar otra gata a casa.

Solo quedaban como testigos de su gloria masculina los jóvenes gatos de pelaje marqués que aparecían en primavera y otoño, mostrando que el veterano Venancio aún marcaba territorio y conservaba algo de su energía.

Entró en la jubilación hacia 1998. Dejó de salir, dormía largas horas dieciocho, diecinueve al día y comía poco. Envejecía cuerpo y alma.

Y en julio de 1999, ocurrió algo inesperado: Venancio comenzó a maullar con tono quejumbroso en la puerta, rascar con sus garras, insistiendo en salir. Yo intuí que no era cualquier protesta: le seguí, temiendo que pudiera encontrar algún perro.

Bajaba trabajo desde nuestro tercer piso, como un anciano cansado; tropezaba en cada escalón, como si sus patas estuvieran llorando. Rodeó la casa y fue hacia la ladera escarpada de la colina, a treinta metros. Intenté ayudarlo en brazos, pero se negó con furia: déjame, tengo que caminar yo solo.

Al llegar a la cima plana de la colina madrileña, se detuvo junto a la entrada de un barranco, lleno de huecos y hendiduras. Aquí, Venancio me miró directo a los ojos, como queriendo grabar algo para siempre. Sus ojos verdes parecieron atravesarme. Y, de repente, ante su vejez, con sorprendente agilidad, se coló en una de las madrigueras bajo el terraplén. Y desapareció.

Lo esperé, lo llamé, grité su nombre, escuché cada ruido. Intenté entrar tras él, pero solo conseguí tierra mojada y las manos embarradas en algún excremento animal. Sin lograr alcanzarlo, volví a casa.

Me lavé, cogí una linterna y un saquito de pienso, ya vendidos en tiendas. Volví a llamar, pero Venancio ya no salió ni contestó. Y tuve que irme, sabiendo que quizá era la última vez.

Jamás apareció de nuevo. Y parece cierto aquello de que los gatos viejos se alejan a morir solos, lejos del hogar. Nos queda solo creer o esperar en silencio que aquel arbusto de escaramujos silvestres con flores purpúreas, que brotó al verano siguiente junto al barranco sur, no es solo una planta. Sino el mismo Venancio, en su nueva y espléndida reencarnación.

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¡Papá! Ven a ver este espectáculo. El escoba ha traído a la familia a casa…
¡Visitantes Nocturnos! — Esta chica no va a llegar a nada bueno, aunque tenga carita simpática — cuchicheaban envenenados los del pueblo cuando Varya, saltando ágil, les decía un “¡buenos días!” y continuaba su camino, espoleada por los latigazos trenzados de su propia coleta. La gente le respondía con una cabezada y, en cuanto se alejaba, seguían murmurando: — Su madre era una desgraciada, y ésta va por el mismo camino. ¡De tal palo, tal astilla! — ¡Y que lo digas! ¡Menuda familia de chiflados! Todo el mundo en la aldea repetía que la madre de Varya era una perdida, y que de la niña tampoco había nada bueno que esperar. ¡Libélula! Para la abuela de Varya, Alejandra, oír esto era una ofensa que dolía hasta el alma. Porque ella bien sabía que ni ella misma ni su hija Alicia —la madre de Varya— tenían culpa de nada: ni por la muerte prematura de su marido, ni por el mismo destino funesto que siguió después su hija. Pero se prometió a sí misma con firmeza: pase lo que pase, cuidará el destino de su nieta. Por el pueblo decían que Alejandra se había trastornado de vieja. Muchos evitaban su casa, susurrando que era una “bruja”, pero siempre se recordaba el día en que plantó cara a las malas lenguas. A ojos de los demás, Alejandra parecía una abuela de campo cualquiera —entradita en años y con rarezas—. Ayudaba a quien hiciera falta, aunque viviera apenas con una pensión mísera. Pero ella no necesitaba mucho dinero: el bosque la proveía. Algo encontraría siempre; y sus despensas estaban repletas de remedios y manjares caseros. A muchos del pueblo les molestaba que Alejandra acogiera a turistas extraviados como si fueran de la familia. Los más acomodados (y aunque el pueblo estuviera apartado, entre bosques, no era tan pobre: la gente cogía el autobús a la fábrica cuarenta kilómetros más allá) rara vez permitían a extraños pasar del umbral —como mucho, un vaso de agua en el porche—. Y, desde luego, nunca les dejaban dormir bajo su techo. Pero Alejandra era diferente. Servía té, ofrecía lo que hubiera para comer, y un rincón donde pasar la noche. La tildaban de rara por ello: decían que dejar que extraños entraran en casa era un sinsentido, más aún creciendo ahí una nieta en edad de merecer. Incluso llegaron a amenazarla: — Como sigas con tus rarezas, te llevaremos a la niña al orfanato. Llamaremos a los servicios sociales y te la quitaremos. Pero aquello era pasado. Cuando Varya creció y alcanzó la mayoría de edad, se olvidaron de ella. Al principio, sin embargo, Alejandra sentía un profundo rencor hacia los del pueblo. Varya era su única sangre, su verdadero tesoro, su esperanza y apoyo en la vejez. Porque era su única familia. Alejandra había enterrado a todos: a su marido, fallecido tan joven de un infarto, con solo cuarenta y dos años. A su hija Alicia, a quien crio sola. Y Alicia fue una muchacha bonita y cabal, que se casó bien, se mudó a la capital, y dio a luz a Varya. Después llegó la tragedia… El marido de Alicia era geólogo. Pasaba meses fuera; y de una expedición jamás regresó: desaparecido, sin dejar rastro. Ni los servicios de emergencia ni sus colegas le encontraron. Así se lo dijeron a Alicia, al menos. Alicia se vino abajo. Tenía una niña pequeña en brazos, pero no aguantó la ausencia del esposo. Alejandra la arropó como pudo: — Yo te saqué adelante sola desde que murió tu padre, y tú también podrás. Cría a Varya, yo te ayudo. Al principio, parecía que Alicia salía adelante. Pero solo lo aparentaba por no preocupar a su madre. Y pocos años después, ocurrió lo peor. Alicia comenzó a beber. Primero a escondidas, después a diario. — Sin mi Andrés, la vida no tiene sentido —lloraba cuando Alejandra intentaba consolarla—. No volveré a ser feliz. ¿Para qué seguir adelante? Alejandra lo intentó todo, en vano. Alicia murió joven, destrozada por la pena. Recibió constantes críticas, pero parecía que aquel era su destino. Así, con quince años, Varya quedó huérfana. Su abuela solicitó la custodia y se la llevó de la ciudad al pueblo. Varya se resistía, acostumbrada a la vida urbana; pero Alejandra insistió: — En la ciudad, con mi pensión, no sobrevivimos. Aquí tenemos huerto, gallinas, el bosque… Y le repetía: — Tesoro mío, tu destino será diferente, ya verás. Crecerás y te traeré un buen mozo. — Abu, ¿dónde vas a encontrar novio en este agujero? —decía Varya, ceñuda y escéptica—. Aquí solo pasan turistas perdidos y cazadores de vez en cuando. — No te preocupes, —la tranquilizaba Alejandra—. La abuela sabe lo que hace. Y no escuches malas lenguas. Vivían juntas en una vieja casita en las afueras. Alejandra cuidaba la casa, Varya iba a la escuela rural y ayudaba después en casa. A veces sus compañeros se burlaban de ella —todos conocían su historia—, pero Varya mantenía la cabeza alta. Y Alejandra ya ni caso a los vecinos. Que hablaran lo que quisieran: eso les enfadaba aún más: ¡qué abuela tan indiferente al qué dirán! A veces no aguantaban y, si Alejandra acogía a otro forastero, corrían rumores: “¡ahí va la bruja, buscando yerno para Varya entre los de fuera, porque aquí nadie la quiere, con esa familia…!” — ¡No queremos a vuestros mozos! —respondía Alejandra con orgullo—. ¡Mi Varya tiene otro destino! — ¡Ya veremos! —reían los vecinos—. ¡Bruja! Pasó el tiempo y se fueron calmando las habladurías. Parecía que por fin les dejaban en paz. Pero era la calma que precede a la tormenta. Y fue entonces, una noche cualquiera, cuando sucedió la historia que lo cambió todo para siempre en la vida de la abuela y su nieta huérfana. Cierto atardecer invernal, cuando el pueblo ya estaba sumido en la oscuridad, se oyeron ruidos tras la valla: alguien intentaba arrancar sin éxito un coche averiado. Las voces masculinas maldecían el frío, los caminos destartalados, su mala suerte. El gruñón del vecino salió a protestar por el escándalo que rompía la calma de la noche: — ¿Qué hacéis armando jaleo a estas horas? ¡No dejáis dormir! — No es tan tarde, hombre, ¡si son apenas las ocho! — ¿Y quiénes sois vosotros? Tenéis pinta de forasteros. ¿Qué hacéis en este rincón perdido? — Somos cazadores. Íbamos a una cacería invernal y nos desviamos. Y el coche no ha querido seguir. ¿Nos echarías una mano, paisano? — ¡Ya! ¿Y si no sois lo que decís? Aquí no se acoge a extraños. Y menos con dos hijas jovencitas en casa. El coche no es asunto mío, apañaos como podáis. Los cazadores no esperaban tal respuesta, pero solo pudieron encogerse de hombros: — Bueno, disculpad… ¿Sabríais de un lugar donde dormir? — ¡Esto no es ciudad! ¡No hay hoteles! —resopló el vecino, y ya se iba retirando. Al final, la conciencia pudo más: — Id a la casita del borde del pueblo, donde la vieja. Está chalada, eso sí, pero a todos recibe en su casa. Vive con la nieta, así que no os aburriréis. Indicó a desgana la dirección de la casa de Alejandra y volvió refunfuñando a la suya, cerrando el portón de golpe y apagando la última luz de la calle. Los cazadores no se desanimaron. Cerraron el coche y caminaron hasta la casa señalada. Acostumbrados a la hospitalidad rural, no podían creer la mala acogida del lugar, pero no les quedaba otra. Solo podían confiar en la bondad de la excéntrica anciana. Titubearon un poco, pero al final tocaron con cuidado la puerta al borde del pueblo. — ¡Señora, perdone el horario! ¿Podría acogernos a resguardo? —preguntó uno. — ¡Claro que sí, hijos míos! Pasad, pasad al calor, que os preparo enseguida una infusión —contestó enérgica Alejandra, abriendo de par en par la chirriante puerta. —¿De dónde venís, queridos? ¿Qué os trajo a nuestro recóndito pueblo? —Cazadores somos… —empezaron los jóvenes, sorprendidos por la calidez del recibimiento. —Yo me llamo Víctor y mi amigo es Denis —se presentaron. Denis bajaba los ojos, cohibido como un niño. —¡No os intimidéis, bonicos! Dicen mil cosas de mí, pero aquí hay sitio y calor para todo caminante. Y aún no es hora de dormir, voy preparando la cena. Los jóvenes, radiantes, cruzaron la puerta. Hacía días que no comían caliente. Mientras Alejandra iba y venía por la cocina, los dos amigos examinaron el interior del “cuartel de la bruja”. En la esquina roja del humilde salón colgaba un icono ennegrecido, enmarcado en un paño bordado. En la ventana, varias fotos amarillentas: en una, una mujer joven con un hombre —¿serían la hija y el yerno?—. Al lado, la imagen de una chica de mirada triste, como si lo comprendiese todo: seguramente la nieta. Mientras seguían adivinando, Alejandra volvió con una fuente humeante de patatas cocidas y un plato de encurtidos. Enseguida dispuso sobre el mantel de lino hogaza de pan casero, el aroma que evocaba la infancia. — ¡Como en casa de mi abuela! —exclamó Denis, con los ojos iluminados. — Coman, hijos, no se corten, que ya os caliento agua para té. Que será con mermelada de diente de león; solo aquí la probáis, ¡en la gran ciudad ni de broma! —¿De diente de león? —Víctor nunca lo había oído. —¡La abuela hacía lo mismo! —respondió Denis, ganándose aún más a Alejandra. —En mayo, el bosque se llena; sale una mermelada que es como la miel —presumía Alejandra. El ambiente era tan cálido y sencillo, que se olvidaron del cansancio. Solo sorprendía que la señora no preguntara mucho: en silencio, echaba miraditas a Denis, sobre todo cuando elogiaba la comida y devoraba la mermelada. —¡Espectacular! ¡Como en mi infancia! De repente, desde la otra habitación, sonó una voz de chica: —Abuela, tráeme agua… Alarmados, los invitados se miraron; tras echar un vistazo a la foto, casi preguntaron al tiempo: —¿Es tu nieta? ¿Está enferma? —Ay, mi tonta… Ayer quiso partir leña para la estufa y ahora está febril. Le doy infusiones: aquí no tenemos farmacias cerca, y yo ya no puedo caminar tanto. Alejandra suspiró, sirvió un gran vaso de tilo con mermelada, y corrió al cuarto de la nieta. —¡Abuela, espere! Nosotros tenemos medicinas —dijo Denis, sacando antitérmicos de su mochila—. Déselos, por favor. Si mañana sigue mal, buscamos otra solución. Pero no se atrevió a entrar detrás. Pocos minutos después, volvió Alejandra: —Será mejor que descansen, hijos. Ha sido un día largo. Os hago las camas y vuelvo con la niña, mi única razón de vivir. Lo pronunció con tanta ternura que Denis no pudo contener las lágrimas. Se acercó: —¿Quiere que la acompañe con Varya y usted descanse un poco? —Ya descansaré en el otro mundo, hijo. Mientras esté aquí, no dejaré sola a la niña. No tenemos a nadie más. Vosotros a dormir, que la noche trae consejo. Ya estamos acostumbradas a apañarnos. Alejandra volvió con su nieta y los huéspedes se acomodaron. —¿Es que de verdad dicen de ella que es bruja y loca? —susurró Víctor. —¡Pero si es una abuela de pueblo, como la mía! Qué pena que la mía ya no esté… —La gente es muy mala, ¿qué le vamos a hacer? Los jóvenes ya se dormían cuando oyeron pasos. Denis fingió dormir, curioso. Vio a Alejandra tomar su abrigo de la percha y llevárselo al cuarto de la nieta. “Qué extraño… —pensó—. ¿Será bruja de verdad? ¿O busca mis documentos? ¿O quiere dinero? Pero, ¿por qué nos dejaría pasar?” Las preguntas se acumulaban y él no tenía respuestas. “Bueno, mañana ya veremos”, se dijo. Cuando despertó al alba, miró el abrigo: tenía una costura perfecta en la manga que ni él recordaba haber roto. Podía permitirse miles de abrigos: solo tenía veintisiete, pero era dueño de una próspera cadena de cafeterías. Pero la anciana no lo sabía. Y ese detalle sin interés, puro, lo emocionó. Salió al corral: “Al menos partiré leña; cuando nos vayamos, esas dos —una anciana y una enferma—, ¿con qué van a calentar la casa?” Mientras trabajaba, recordaba la foto de la muchacha. “Bonita y, por lo que veo, trabajadora” —deseó poder invitarla algún día a su cafetería. En eso, Alejandra le sorprendió: —¡Hijo, qué alegría! ¡Cuánto hacía que no oía hacha de hombre en casa! Denis se apenó: —Es costumbre: siempre partía leña en la aldea de mi abuela. A Alejandra le gustó la respuesta: —¡Gracias, de corazón, hijo mío! Pronto es Carnestoltes —tendremos con qué calentar la casa para la fiesta. Y, más contenta aún, añadió: —¡Quédense a la fiesta! Denis se ruborizó por la invitación tan cordial. —¿Y por qué no? Me quedan cuatro días de vacaciones. —¡Perfecto! —se alegró Alejandra y entró a preparar la mesa. Salió Víctor, que no opinaba igual. —¿Estás loco? ¿Carnaval en este pueblo? Yo me vuelvo. Discutían tan animados que ni vieron venir al vecino, que anunció: —Utilízadlo con mi mecánico, hará falta para arreglar el coche. Denis fue con el vecino y descubrió que éste, sabiendo que tenía dinero, intentaba emparejarle con sus propias hijas. —Aquí hay familias más decentes, si quieres una novia del pueblo… Pero, si vuelves para Carnestoltes, pásate —le insinuó—. Esa pobre solo tiene miseria, nada que ofrecerte. Denis entendió todo. Pero fue educado, rechazó la oferta y volvió a la casa. Por fin, por la mañana, Alejandra invitó a todos a desayunar. Por fin conocieron a Varya: ya se había recuperado. —Éstos son Víctor y Denis —presentó la abuela. —Yo soy Varya. ¿Tomamos té con mermelada? Sentados a la mesa, Denis elogió: —No he comido nada tan rico desde la última vez con mi abuela. Y Varya le miró embelesada: Denis también la miraba con calidez. Solo Alejandra ocultaba el gozo, aunque por su sonrisa ya lo sabía: pasaba lo que todos sospechaban. —Abuela Alejandra, ¿puedo invitar a Varya a la ciudad? —Sólo si ella quiere y cuando esté bien, —respondió misteriosa, cambiando de tema—. ¿Os quedáis para Carnestoltes? —Denis quizá se quede, pero yo ya regreso —sentenció Víctor. —Hoy nos vamos, pero para la fiesta… volveré —prometió Denis, mirando a Varya. Hasta la tarde, mientras el mecánico arreglaba el coche, Denis y Varya charlaban como viejos conocidos. Al despedirse, Denis susurró: —Volveré en dos días. A por ti. A Varya le costaba creerlo: “¿A quién voy a gustar yo, de familia desgraciada, a un chico de ciudad…?” El coche desapareció en la curva y ella quedó mirando. Ni idea de que Denis era dueño de cafeterías; se enamoró a primera vista, sin más. —Soñadora tú… —murmuró la chica. Alejandra, segura, respondió: —Vendrá por ti, nieta, no lo dudes. Siento el fuego entre vosotros. Llegó la fiesta. Alejandra y Varya cocieron tortitas esperando al invitado. Pero pasaba un día y otro… y Denis no llegaba. Al tercer día se presentó el vecino entrometido: —¿Dónde está tu galán de ciudad? Ya decía yo que no vendría. Tiene cafeterías en la capital, ¿creéis que le importáis? Varya y Alejandra quedaron atónitas: no lo sabían. La muchacha se fue, la abuela pensó: se está cumpliendo… —No te alegres tanto —le espetó Alejandra, echándolo. En ese momento quedó parado en la verja, sorprendido al ver aparecer el coche conocido. Denis bajó, con un ramo de rosas rojas y una cesta llena de manjares. —¡Abuela Alejandra, buenos días! Me he enamorado de Varya sin remedio. ¿Me la da en matrimonio? —Si ella quiere, Denis, es toda tuya. Varya salió corriendo. Jamás Alejandra la vio sonreír así desde que perdió a sus padres. Se abrazó a Denis: “Vamos dentro, mi prometido”. Y desde entonces, no se separaron. En el pueblo siguieron los rumores: que la vieja bruja hechizó a su nieta un novio rico. El más envidioso, como siempre, fue el vecino, que ni una mirada merecieron sus hijas. (Nota: Nombres, fiestas, y referencias adaptadas a la cultura castellana para mayor cercanía; la aldea se asimila a una aldea de la Castilla rural, la Maslenitsa traducida y adaptada como “Carnestoltes” o “fiesta de invierno” o incluso “Carnaval”, acorde a la tradición.)