Me bajé del tren antes de tiempo por culpa de un hombre extraño — y cinco minutos después mi marido, horrorizado, me gritó: “¡Vuelve al andén inmediatamente, llevas en el bolso algo que no es tuyo…”

Querido diario,

Hoy todavía tiemblo al recordarlo todo. No sé si podré ponerlo por escrito sin que me suden las manos, pero lo necesito. De verdad, lo necesito.

Todo empezó en el tren de cercanías que va de Valladolid a Palencia. Subí en la estación como siempre, con mi bolso colgado al hombro, camino a ver a Gonzalo, mi marido, que estaba trabajando en una consultora de transportes. No tenía nada fuera de lo común: miércoles por la tarde, gente leyendo, algunos miraban el móvil, otros con cascos. Pero al llegar a la segunda parada, subió él.

Era un hombre cualquiera, con un abrigo gris, bufanda, gorro de lana, y una bolsa de viaje negra a sus pies. Perfectamente podría haber sido un oficinista, o un señor que volvía de visitar a su madre. Pero, nada más sentarse enfrente, sentí que algo no estaba bien. Me miraba de una manera rara, demasiado directa, sin pestañear apenas. No era la primera vez que un desconocido se fijaba en mí, pero aquello era diferente. Notaba esa mirada sobre mí como si fuera un halo, y algo dentro empezó a gritarme que no bajara la guardia.

Intenté distraerme con el móvil, fingiendo leer las noticias o mensajes, pero terminé dándome cuenta de que no leía. Solo notaba su presencia y esa atención fija, que quemaba. Me repetía a mí misma: “No seas paranoica, Lucía, seguro que es casualidad. Venga, respira”. Pero entonces, por mucho que intentara autoconvencerme, las manos me sudaban.

Me levanté y fui al pasillo entre vagones para airearme; volví y él seguía igual, atándome con los ojos. Ni se inmutaba. Algo en mí decidió que era suficiente: saldría en la siguiente estación, por absurda que pareciese la decisión. Mejor coger después el autobús o esperar otro tren que seguir soportando esa sensación de ser una presa.

Me levanté en seco, agarré mi bolso, pasé por su lado y en ese instante, él asintió casi imperceptiblemente, en plan “haz lo que quieras”. Bajé en la estación de Dueñas, una pequeña parada casi perdida entre campos, con solo un par de abuelos en el andén y una mujer con bolsas de la compra.

El tren arrancó tras de mí y, por fin, respiré. Pero el alivio duró nada. Vi, de reojo, cómo el hombre del abrigo gris se apeaba de otro vagón y caminaba despacio por el andén. No venía directo hacia mí, pero sus pasos eran tan calculados que sentí otra punzada de miedo. Decidí mirar el horario de trenes, fingiendo buscar algo en el bolso para que pareciera que todo era normal, aunque estaba contando mis respiraciones para no hiperventilar.

Entonces sonó el móvil. Era Gonzalo.

Me extrañó porque no le había avisado aún del cambio de planes. Respondí.

¿Lucía? su voz no era la de siempre. Sonaba tensa, vibrante, de esas veces que sabes que la persona al otro lado está muy, muy asustada. ¿Has salido de ese tren?

Sí contesté. Había un hombre raro… Me incomodó. Decidí bajarme aquí y esperar…

Hubo un silencio. Y de repente, Gonzalo gritó, tan fuerte que me aparté el móvil de la oreja:

¡Vuelve ahora mismo a la estación! ¡Escúchame, vuelve! ¡Tienes algo en el bolso que no es tuyo!

No sentí las piernas. El mundo se congeló.

¿Cómo que no es mío? susurré.

Lucía, ¡escúchame! ¡No te vayas! Busca a la jefa de estación, a cualquier empleado, y pide ayuda, ¿me oyes? ¡Puede pensar que ya sabes demasiado!

Se interrumpió, parecía que le daba miedo decir lo que pensaba. Pregunté con voz temblorosa:

¿Quién es él?

Se llama Andrés Sanz. Me acaban de enviar su foto, lo busca la Guardia Civil por estafa y amenazas. Tenía que ir en tu tren. Y si bajaste en Dueñas… él estará contigo.

Miré al andén. El hombre, de perfil en el borde, parecía mirar el horizonte, pero algo me decía que, en realidad, no me quitaba ojo.

Gonzalo… ¿qué llevo en el bolso?

Pudiste coger la bolsa equivocada al levantarte. Llevabais una igual. Si tienes la suya… Puede que lleves algo por lo que sería capaz de cualquier cosa.

Quise negar, pero revisé igual.

Voy a comprobarlo susurré.

No lo hagas delante de él. Métete en el edificio. Rápido.

Entré en la sala de la estación, una caseta de madera que olía a radiador viejo. Una señora con chaqueta roja estaba en la ventanilla, con cara de querer irse a casa.

Perdone, está cerrada la venta de billetes iba a echarme, hasta que notó mi pánico. ¿Le pasa algo?

Me acerqué y le dije, casi sin voz:

Necesito ayuda. Hay un hombre afuera… me dijo mi marido que es peligroso.

Ella ni preguntó por qué lo creía. Cerró la puerta con pestillo y me facilitó asiento.

¿Tu nombre?

Lucía. Mi marido es Gonzalo, trabaja en Transportes.

Oír “seguridad” la volvió más seria.

Me senté y, temblando, abrí el bolso: dentro, una carpeta con gomas, un fajo de papeles y un pequeño paquete sellado. Ni mi agenda, ni mi neceser, ni mi bufanda. Nada era mío.

La mujer lo vio. Su expresión cambió: no miedo, sino determinación.

No toques nada ordenó. Cierra el bolso. Ya.

Lo hice, helada por dentro. Todo encajó: me había llevado, sin querer, una bolsa ajena. Y él… necesitaba recuperarla.

Entonces, un golpecito en la puerta.

Disculpe… escuché su voz, extrañamente amable. Señorita, creo que ha cogido mi bolsa. Íbamos uno enfrente del otro…

La jefa de estación me mandó callar con un gesto.

Él insistió, cada vez más fuerte:

¡Por favor! ¡Necesito coger el siguiente tren!

Finalmente, la jefa levantó la voz con calma:

Esto es despacho de personal. Espere en el andén, por favor.

Silencio. Paso tras puerta. Sabíamos que no se iba…

Gonzalo volvió a llamar.

¿Estás dentro? preguntó.

Sí. Llevo la bolsa equivocada. Hay documentos y algo sellado.

Suspiró, liberando una presión contenida.

Escucha: ese hombre es Andrés Sanz. Lo buscaban por fraude, pero esto es más serio. Lleva pruebas comprometedoras. Ya va un patrulla para allá, pero hasta Dueñas tardan. No salgas, no hables con nadie, mantente dentro. Entendido?

Sí respondí como un susurro.

Si intenta entrar, no abras, ni aunque diga que es policía. Solo uniforme oficial, delante de la jefa. ¿De acuerdo?

Tragué saliva.

¿Y si…?

Haz lo que sea, pero la bolsa no sale. Aguanta, Lucía. Has hecho más de lo que imaginas…

Borré lo que iba a decir: ¿soy un cebo? Él lo negó: soy la oportunidad.

Afuera, él volvió a rondar. Golpecitos en la ventana.

Sé que estáis ahí dijo quedamente. Devolvedme la bolsa y me largo.

La jefa bajó la persiana de un tirón.

No haga caso, señorita. Siempre intentan lo mismo.

El tiempo pasó lento. A veces el hombre desaparecía, pero segundos después, regresaba a rondar.

Cambió de tono:

¿No ve que no puede quedarse escondida? Acabará saliendo, y yo sigo aquí…

Yo tenía el móvil pegado, los nudillos blancos de tanto apretar.

¿Sigues aquí? Gonzalo me susurraba. No colgaba, se negaba.

Sí… Me está amenazando.

Tranquila. Ya están llegando. Respira.

Entonces, un gran golpe en la puerta.

La jefa llamó:

Estación de Dueñas. Necesitamos patrulla ya. Intento de entrada.

Otra sacudida. El hombre rugía:

¡Abrid! ¡Sé que estáis! ¡Solo quiero lo mío!

La jefa era una roca. Me miró:

Agáchate, que no te vea por las ventanas.

Así lo hice. Los latidos me retumbaban en las sienes.

Hasta que… el sonido del cerrojo retorciéndose.

Tiene llaves balbuceó la jefa. Ya ha estado aquí antes.

Sentí el sudor frío recorriéndome hasta el fin de la espalda.

Gonzalo susurró:

Si entra, agarra la bolsa. No dejes que se acerque. Pide ayuda. Haz ruido. Haz lo que haga falta.

Por una rendija, vi cómo intentaba girar la llave. Pero la traba aguantaba.

Sé razonable susurró él. Devuelve la bolsa y no volveremos a cruzarnos.

Entonces llegó el mejor sonido del mundo: las sirenas a lo lejos, creciendo. El hombre se quedó quieto. Murmuró:

Vaya, la Guardia Civil…

Oí sus pasos alejándose, primero rápido, luego más lejanos. La jefa entreabrió la persiana.

Se va hacia las vías murmuró.

Gonzalo respiró en el auricular:

Ya casi estáis fuera. Aguanta.

Llegó la patrulla, frenando en seco frente a la estación. Oí gritos: ¡Alto ahí! ¡Al suelo! ¡Las manos! La jefa abrió por dentro. Entraron dos guardias, detrás un civil que mostró su identificación.

¿Lucía Morales? preguntó.

Asentí. Le di la bolsa.

La sujetó como si fuera explosiva.

No tiene idea de lo que acaba de hacer murmuró.

Me llevaron entonces a una comisaría más grande para declarar. Gonzalo llegó a la hora: despeinado, ojeroso, como siglos mayor de repente. Me abrazó tan fuerte que no pude reprimir el llanto.

Lo siento… susurró. Debí advertirte. Pero no quería asustarte.

¿Sabías que podía estar en mi tren?

Sabíamos el itinerario. Pero no dónde bajaría. La estación de Dueñas era su punto alternativo y tú acabaste ahí.

¿Y por qué me miraba así?

Gonzalo tragó saliva.

Te pareces a la mujer que declaró contra él. Al principio creyó que eras ella. Cuando notó que cogiste la bolsa, solo le quedó una idea: recuperarla a cualquier precio.

¿Qué hay dentro?

Pruebas. Listados, recibos, una memoria USB con grabaciones. Lo suficiente para condenar a toda una red.

Yo me quedé allí sentada, intentando asumir todo: lo cerca que había estado del peligro en una tarde cualquiera.

¿Y si no hubiese bajado antes?

Si hubieses ido al final, hubieran interceptado el tren. Pero probablemente él hubiese ocultado la bolsa, desaparecido. Contigo saliendo antes y cambiando la bolsa, ha perdido los nervios y le hemos pillado.

Miré a Gonzalo.

Entonces… ¿he salvado la investigación?

Y a ti misma me respondió. Porque tu instinto fue el que te salvó. Hiciste lo que debías.

Al día siguiente, desperté en casa. Nada era igual por dentro. Escuchaba la cafetera, el ruido del vecino, pero todo me sonaba distinto. Miraba mi bolso, sobre la silla, preguntándome lo fácil que hubiera sido acabar todo mal. Un paso en falso, una mirada menos, una decisión cobarde.

Por la mañana, Gonzalo preparó café él mismo, algo que hacía semanas no pasaba. Me lo puso delante, se sentó y me miró:

Quise protegerte admitió. Pero me equivoqué. Proteger no es mentir.

Apreté su mano.

Yo he aprendido otra cosa respondí. Que ese “mal presentimiento”, ese desasosiego, no es capricho. Es el cuerpo avisando.

Asintió y, en voz baja, me puso al día:

Han detenido a Sanz. Y la bolsa era clave. Ahora podrán actuar contra muchos más. Y tú estás bien.

Sonreí, tenue y cansada.

¿Sabes qué es lo peor? le pregunté. Que, cuando me miraba, dudé de mí misma. Pensé que exageraba. No lo haré más. Cuando algo grite dentro de mí, le haré caso.

Me apretó la mano un poco más fuerte.

A la tarde siguiente, al volver a subirme al tren con Gonzalo al lado, me vi reflejada en la ventanilla. No era miedo lo que sentí.

Era la certeza de un límite.

Y ahora sé que, si vuelvo a notar en mi piel esa mirada insidiosa, esa amenaza silenciosa, lo haré: me iré, pediré ayuda, me protegeré.

Porque después de la estación de Dueñas, he entendido de verdad: la vida no nos examina por la fuerza que tenemos, sino por la atención que prestamos a lo que sentimos.

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Me bajé del tren antes de tiempo por culpa de un hombre extraño — y cinco minutos después mi marido, horrorizado, me gritó: “¡Vuelve al andén inmediatamente, llevas en el bolso algo que no es tuyo…”
Ya está anocheciendo tras la ventana y mamá aún no ha vuelto. Julia, girando las ruedecitas de su silla de ruedas, se acercó a la mesa, cogió el teléfono y marcó el número de su madre. «El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura», respondió una voz desconocida. La niña miró el teléfono desconcertada; luego, recordando que apenas tenía saldo, lo apagó. Su madre había salido al supermercado y seguía sin regresar. Nunca le había pasado algo así, ella jamás tardaba en volver, especialmente porque su hija era discapacitada de nacimiento y no podía caminar. Se movía en silla de ruedas y, aparte de su madre, no tenía más familiares. Julia ya tiene siete años y no le daba miedo quedarse sola en casa, pero su madre siempre le avisaba adónde iba y cuándo regresaría. La niña no entendía qué podría haberle pasado: «Hoy se fue al supermercado lejano a por la compra, allí sale más barato. Solemos ir juntas a menudo. Aunque es el más alejado, realmente no está tan lejos, en una hora se llega y se vuelve —miró el reloj. Ya han pasado cuatro horas. Tengo hambre». Giró su silla hasta la cocina. Calentó la tetera, sacó una croqueta de la nevera. Se la comió, bebió su té. Su madre seguía sin llegar. Incapaz de resistirse, volvió a tomar el teléfono y marcó de nuevo: «El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura», volvió a oír la voz automatizada. Se acomodó en su cama, dejando el teléfono bajo la almohada. Tampoco apagó la luz; sin mamá, la casa le daba miedo. Estuvo mucho rato despierta, pero al final se quedó dormida. *** Despertó cuando el sol ya iluminaba la ventana. La cama de su madre estaba hecha. —¡Mamá! —gritó hacia el recibidor. Silencio por respuesta. Tomó el teléfono y llamó. Escuchó la misma voz metálica y desconocida. Ahora sí sintió miedo, y las lágrimas empezaron a brotarle de los ojos. *** Constantino regresaba de la cafetería. Allí, cada mañana vendían bollería recién hecha. Su madre y él siempre comenzaban el día así: ella preparaba el desayuno y su hijo iba por las pastas. Constantino ya cumplía treinta años, pero seguía sin casarse. Ni chicas ni mujeres se fijaban en él: poco agraciado, flaco, con mala salud. Desde niño le acosaban las enfermedades. Le hizo falta un costoso tratamiento, pero su madre lo crió sola. El último diagnóstico le llegó ya adulto, informándole de que no podría tener hijos. Ya asumía que jamás se casaría. Entre la hierba divisó un teléfono antiguo y destrozado. Los móviles y los ordenadores eran tanto su afición como su trabajo: era programador y bloguero. Por supuesto, tenía los teléfonos más modernos pero, movido por su eterna curiosidad profesional, recogió aquel aparato. El móvil estaba machacado, como si lo hubiese atropellado un coche y lo hubiese arrojado a un lado. «¿Y si ha pasado algo?», pensó, metiendo el teléfono roto en el bolsillo. «En casa lo miro». *** Tras desayunar, extrajo la SIM del móvil hallado y la colocó en uno de los suyos. Los números guardados pertenecían sobre todo al hospital, a la Seguridad Social y organismos similares, pero el primero guardado era “Hija”. Tras pensarlo, llamó a ese número: —¡Mamá! —respondió una voz infantil aliviada. —No soy tu madre —contestó desconcertado Constantino. —¿Dónde está mamá? —No lo sé. He encontrado un teléfono roto, cambié la SIM y llamé. —Mi mamá ha desaparecido —escuchó sollozar a la niña—. Ayer salió al supermercado y no volvió. —¿Dónde están tu papá, tu abuela? —Yo no tengo ni papá ni abuelita. Solo tengo a mi mamá. —¿Cómo te llamas? —se dio cuenta Constantino de que debía ayudar a la niña. —Julia. —Yo soy el tío Constantino. Julia, ¿puedes salir a avisar a los vecinos de que estás sola? —No puedo salir, mis piernas no funcionan. Y en la vivienda de al lado no vive nadie. —¿Cómo que no te funcionan? —ahora él ya estaba hecho un lío. —Nací así. Mamá dice que si juntamos dinero me operarán. —¿Y cómo te desplazas? —En silla de ruedas. —Julia, ¿te sabes tu dirección? —preguntó Constantino, tomando la iniciativa. —Sí: calle de la Independencia, número siete, piso dieciocho. —Ahora mismo voy y encontraremos a tu mamá. Colgó el teléfono. Nina Antonia entró en la habitación de su hijo: —¿Qué pasa, Constantino? —Mamá, encontré un móvil destrozado. Le puse la SIM en uno mío y llamé… Resulta que hay una niña sola en casa, inválida y sin parientes. Ya sé su dirección. Voy a ir a ver. —Vamos juntos —dijo su madre, comenzando a prepararse. Nina Antonia había criado sola a su hijo, siempre enfermo; sabía bien lo que era ser madre soltera con un hijo enfermo. Ahora jubilada, su hijo tenía muy buen empleo. Pidieron un taxi y salieron de inmediato a rescatar a la niña. *** Llamaron al portero automático. —¿Quién es? —contestó una vocecita triste. —Julia, soy yo, Constantino. —¡Pasad! Entraron en el portal. La puerta del piso indicado estaba ya entreabierta. Allí estaba, delgada, en su silla de ruedas, mirándoles con ojos tristes: —¿Vais a encontrar a mi mamá? —¿Cómo se llama tu madre? —preguntó Constantino. —Lidia. —¿Y su apellido? —Pereda. —Espera, Constantino —le detuvo su madre, dirigiéndose a la niña—. Julia, ¿tienes hambre? —Sí. Había una croqueta en la nevera, pero me la comí ayer. —Bueno, Constantino, ve al súper donde solemos ir y compra lo de siempre. —Entendido —y salió rápidamente. *** Cuando volvió, su madre ya estaba cocinando. Desempaquetó, puso la mesa, y tras comer, Constantino se puso a buscar noticias sobre la madre de la niña abordando la página de sucesos del ayuntamiento. «A ver, a ver… En la calle Mayor, un conductor atropelló a una mujer. La llevaron en estado grave al hospital». Sacó el teléfono y empezó a llamar. Tras el tercer intento, le contestaron: —Sí, ayer trajeron una herida de la calle Mayor. Su estado es grave, sigue inconsciente. —¿Cómo se apellida? —No tenía documentación ni móvil. ¿Es usted familiar? —Bueno… todavía no lo sé… —Venga a este hospital… —Ya conozco la dirección. Voy para allá. Colgó y se dirigió a la niña: —¿Tienes una foto de tu madre? —Sí —acercó la silla a la mesilla, sacó un álbum—. Aquí salimos juntas, de hace poco. —¡Qué guapa es tu madre! Constantino fotografió la imagen y sonrió a Julia: —Voy a buscar a tu mamá. *** Abrió los ojos. Un techo blanco. Poco a poco fue saliendo de su letargo. Recordaba un coche… Intentó moverse; el dolor se lo impedía. Se acercó una enfermera y preguntó suavemente: —¿Has despertado? Entonces los ojos de Lidia se abrieron de par en par por el susto: —¿Cuánto llevo aquí? —Dos días. —Mi hija está sola en casa… —¡Lidia, tranquila! —le posó la mano en el pecho la enfermera. —Ayer vino a verte un chico joven. Dejó este número. Dice que tu móvil fue aplastado por un coche. —Quiero llamar… —¡Ahora! —pulsó con el dedo el contacto “Hija” y se lo acercó al oído. —¡Mamá! —Julita, querida, ¿estás bien? —¡Todo va bien! Estoy con la abuela Nines y el tío Constantino viene a verme. —¿Quién es ese tío Constantino? —No se altere, paciente —intervino el médico al entrar—. O le quito el teléfono. Le voy a revisar. —Hija, te llamo luego —alcanzó a decir Lidia antes de colgar. El doctor la revisó y le indicó algo a la enfermera, que enseguida le colocó un gotero. Cuando salió el médico, la enfermera guardó el móvil en su bolsillo. —¿Puedo hablar un minuto con mi hija? —susurró Lidia. —El doctor le ha prohibido alterarse —pero le pasó el teléfono y marcó el número. —Hija mía… —Lidia, soy Nines —sonó una voz femenina—. Escúchame. Mi hijo encontró tu teléfono roto. A través de la SIM localizó a tu hija y a ti. Yo soy jubilada. Mientras estés en el hospital, cuidaré de tu niña. No te preocupes, te la paso. —¡Mamá, no llores y recupérate pronto! —le dijo su hija. —¡Haz caso a la abuela, cariño! —suplicó Lidia. —Se acabó la llamada —intervino la enfermera. *** Al día siguiente, Lidia pasó a planta y por la tarde, en horario de visitas, entró la enfermera: —Pereda, tienes visita. Lidia casi no pudo reaccionar. Entró un chico flacucho, con rostro poco agraciado: —Hola, Lidia. Me llamo Constantino —sonrió—. He venido a verte. ¿No te importa que te tutee? —No. Dejó sobre la mesita una gran bolsa: —Aquí tienes lo que mi madre ha preparado. —Pero Constantino, ni te conozco… —dijo Lidia, desconcertada. —Encontré por casualidad tu móvil destrozado. La SIM funcionaba. Llamé a tu hija. Después te encontré a ti. —¿Y mi Julita? —Un momento. Tomó de la mesilla el teléfono que había dejado en su última visita. Lo manipuló un poco. —¡Aquí tienes! Lidia vio en pantalla a su hija. —¡Mamá! ¿Te duele mucho? —No, cariño, ya casi nada. ¿Tú cómo estás? —Me viene a ver la abuela Nines. Conversaron mucho tiempo. Finalizada la llamada, Lidia bajó la cabeza: —Ahora os lo debo todo… —Anda, mujer —sonrió él—. Y tutéame, Lidia. *** Pasaron dos semanas. El responsable del atropello fue al hospital y le entregó a Lidia una compensación de doscientos mil euros, acompañado de su abogado. Al día siguiente Lidia fue dada de alta. Constantino la fue a buscar y la llevó a casa. —¡Mamá! —gritó su hija feliz. Parecía que, de la emoción, la niña iba a saltar de la silla. Lidia se arrodilló, la abrazó y lloró de alegría. Luego se acercó a la anciana: —Muchísimas gracias, Nines. —Nada, Lidia. Ya veo a Julia como mi nieta. —Nines, el causante me ha dado una indemnización —sacó el dinero—. Tómala. No puedo agradecéroslo de otro modo. —Guárdate el dinero, Lidia —dijo seria la anciana—. Nosotros no lo necesitamos. Tú tienes que curar a Julia. Constantino ya ha contactado con una clínica. —¡Mamá! —exclamó contenta Julia—. El tío Constantino dice que iremos a la clínica y me harán andar. *** Lidia y su hija estuvieron quince días en la clínica. Le colocaron agujas ortopédicas. En tres meses, vuelta a la clínica. Lo repetirían tres veces más en los años siguientes. Al cabo de tres años y tras las operaciones y rehabilitación, le prometieron que Julia podría andar. Por el momento, la niña seguía en silla de ruedas. Las agujas, además, eran molestas. Pero el destino aún quería ponerles a prueba. Nines enfermó del corazón y fue hospitalizada en estado grave. Lidia pasó varias noches en vela acompañándola, volviendo a casa solo para cocinar y dormir un rato. Por las noches, Constantino cuidaba de Julia. Al cuarto día, Nines por fin recuperó la conciencia. Miró largamente a Lidia y murmuró: —Hija mía, me queda poco tiempo. Cásate con mi Constantino. Es un hombre bueno. Juntos haréis que Julia camine. —Nines, ¿cómo va a quererme él? —¡Claro que sí! —la anciana sonrió—. Seguro que sí. *** Una mujer mayor sostenía de la mano a una niña con mochila y ramo de flores. Si no fuera por la altura de la niña, cualquiera diría que iba por primera vez al cole. Y era cierto que era su primer día de colegio, pero en cuarto curso. Hasta entonces, había estudiado desde casa. Había acabado los cursos anteriores con sobresalientes y notables. Y ahora, por fin, Julia iba al cole andando con sus propias piernas. —Yaya, me da un poco de miedo. —¿Qué dices, Julia? ¡Ya tienes diez años! ¡Mira, ahí vienen papá y mamá! —¿Por qué tan seria, cariño? —le preguntó Lidia. —Tiene miedo de ir al cole —dijo Nines, negando con la cabeza. —¡Dame la mano! —Constantino le tendió la suya—. ¡Vamos! —Contigo, papá, ya no tengo miedo —sonrió Julia. Y todos se dirigieron juntos al colegio, charlando felices, seguidos de mamá y abuela, igual de contentas.