Ratón gris

17 de octubre

Hoy, a las 14:00 en punto, me acerqué a casa de mis padres en el barrio de Salamanca. No podía evitar preguntarme en el camino por qué mi padre había insistido tanto en que viniera. ¿Qué querrá decirme esta vez? Seguro que vuelve a la carga con alguna idea absurda…

En cuanto abrí la puerta, mi madre salió corriendo a abrazarme.

¡Ay, Martita! exclamó con esa voz dulce que solo ella tiene.

¡Ya era hora de que aparecieras! refunfuñó mi padre mientras iba hacia el comedor. Anda, sienta a comer.

Les seguí a la mesa, dándole vueltas a lo mismo de siempre: ¿qué querrá papá ahora? Probablemente alguna tontería relacionada con el trabajo, o quizás quiera discutir sobre mi forma de vivir.

Nos sentamos los tres a la mesa. Mamá sirvió la comida y se hizo un silencio incómodo, apenas roto por el tintineo de cubiertos. De vez en cuando, papá pedía la sal o el pimentero, pero poco más.

¿Por qué comes tan poco? me espetó, frunciendo el ceño. Tu madre se ha matado a cocinar.

¡Víctor! le cortó mamá, con ese tono entre cansado y paciente al que ya nos tiene acostumbrados.

Laura, no he dicho nada malo. ¿O es que no te has esforzado en cocinar para tu hija?

Vi cómo mamá le lanzaba una mirada fulminante mientras bajaba la cabeza. Odiaba cuando papá se ponía a buscar faltas a todo el mundo en casa; era la señal de que estaba de mal humor.

¿Por qué me habrá llamado hoy? Con lo fácil que sería que me invitara a pasear por El Retiro o a tomar un café en la Plaza Mayor Pero, claro, él necesitaba su despacho, sentirse el rey y yo la sumisa.

Mamá, está todo riquísimo, en serio dije forzando una sonrisa. ¿Me puedes poner un poco para llevar?

Claro, cariño.

El silencio volvió a la mesa. Papá, tras apurar su plato, lo apartó y, apenas levantando la voz, me ordenó:

Te espero en el despacho.

Me asustó un poco el tono. Cuando se marchó, aproveché para correr junto a mamá.

Mamá, ¿sabes de qué quiere hablar papá? ¿Ha pasado algo?

Mamá se encogió de hombros con gesto resignado:

No tengo ni idea, hija. ¿Y tú, todo bien?

Le expliqué por encima que el trabajo iba bien y, antes de que pudiera insistir, le planté un beso en la mejilla y me dirigí hacia el despacho de papá.

Llamé a la puerta. Él, de espaldas a la ventana, ni se giró.

¿Por qué tardas tanto? gruñó. Me limité a encogerme de hombros.

Me miraba de arriba abajo, casi como si estuviera juzgando algo en su cabeza, y yo ya me olía lo que venía. Había que cortar el silencio:

Bueno, papá, ¿de qué se trata?

Puso cara de sorpresa:

¿Y todavía me lo preguntas? ¡Debería preguntártelo yo a ti! Marta, ¿qué pasa contigo?

No me pasa nada respondí, tensa.

¡A mí sí me pasa! soltó. ¿Hasta cuándo crees que tu madre y yo vamos a esperar?

Le miré, perpleja.

¿Esperar qué?

A quién, no a qué. ¡Queremos nietos, Marta!

No pude evitar reírme.

Papá, ¿nietos? ¡Si ni siquiera tengo novio!

¡Ese es el problema! interrumpió, casi gritando. ¡Ese es exactamente el problema!

Ahora lo vi claro: otra vez intentaría emparejarme con el hijo de algún socio o algún pijo del barrio.

Veo tus redes sociales ¡Pero si pareces una ratita gris ahí! Mírate, hasta hoy pareces invisible. En cambio tu madre, siempre elegante, resaltando sus encantos… ¿Y tú?

Papá, déjame vivir mi vida intenté mantener la calma. Yo decido cómo me visto y cómo soy.

¡No! Es cosa nuestra también. Eres una chica preciosa, no entiendo por qué quieres esconderlo.

Papá

¿Qué? ¡Lo digo porque me preocupa! Seguramente piensas que vuelvo a buscarte pretendiente, ¿a que sí?

Si lo haces, me parece fatal me lancé. Quiero casarme si yo lo decido, cuando me apetezca, ¡y con quien me apetezca!

Papá suspiró:

Ay, Marta con el nombre tan bonito que te pusimos, con la ilusión de tener contigo armonía ¡y siempre estás en contra de todo!

Papá, dejemos el tema, ¿vale?

Ya tienes veinticuatro años, Marta

Solo tengo 24. No quiero casarme.

¡Ay, Marta! ¿Y a quién le voy a dejar la empresa yo después?

Déjamela a mí. La cuidaré.

¿Tú? ¡Pero si eres mujer! Las mujeres en los negocios no entienden nada.

Yo sí entiendo, papá.

Eso lo dices tú gruñó. ¿Ves? Por eso digo que elegiste mal la carrera. Tenías que haber estudiado otra cosa, periodismo, diseño, bellas artes Pero no, tuviste que complicarte tú sola.

Elegí lo que me gusta, simplemente.

¿Negocios y tú? ¡Qué risa! Siempre tan calladita, tan discreta… ¡El mundo de los negocios te devora! insistió. Así que, jovencita, lo que tienes que hacer es casarte. Y tengo ya alguien…

¡No! grité, saliendo indignada de su despacho.

Temblaba de rabia. Papá había decidido por mí que tenía que casarme, buscado candidato y encima pensaba que yo era una ratita gris, vestida siempre de gris y negro, invisible e insulsa. Aunque, en el fondo, tenía razón… Mis trajes oscuros y discretos me hacían pasar inadvertida. ¿Debería probar algo más colorido? ¿Y si no encuentro pareja por esconderme tras esos tonos apagados?

¡No! Si alguien me quiere, debe verme tal cual soy, sin artificios, sin vestidos chillones y maquillaje escandaloso.

Al llegar al trabajo me crucé con Nuria siempre en recepción últimamente:

¡Hombre, mira quién llega, la “maquinita”! Llegas tarde, ¿el semáforo estaba muy rojo?

Le dediqué una mirada fría.

Qué graciosa murmuré.

Qué nombre te pusieron, de verdad, imposible no meterse un poco.

Por suerte, Marina mi compañera de marketing me alcanzó:

No la aguantes, Marta… Está picada porque no le diste bola a su hermano. Ahora va y se venga.

Al pasar, Ana también intervino:

¿Nuria otra vez? Pasa de ella, hoy está amarga con todos. Total, la han sentado en recepción porque María se ha puesto mala y aún encima, su Vitori, el marido de su fantasía, le ha dicho que pasa de dejar a la mujer Y claro, con ese sueldo, no le llega para comprarse caprichos, así que está que muerde.

En fin, encendí el ordenador y al momento sonó el teléfono.

Marta, pásate por mi despacho era Don Álvaro, mi jefe.

No llevaba ni cinco minutos y ya me reclamaba el mando supremo de la oficina. Fui hacia allí, resignada.

Me encontré a Don Álvaro y a un chico.

Buenos días dije.

Hola, Marta. Te presento a Jaime, hijo del director. Estará hoy y mañana viendo cómo funciona el departamento; cuéntale lo que hacemos y enséñale todo.

Le lancé una mirada de soslayo: otro niñato heredero, de esos que mi padre adoraría para casarme. Seguro que están considerando ponerle al mando algún día ¡Qué horror! Pero sonreí, como siempre, sin decir lo que pensaba.

Vi en la mirada de Jaime el aburrimiento de quien preferiría estar en cualquier otro sitio. Casi me sentí identificada. Él también, seguramente, tenía a su padre decidiendo por él.

Mientras comía en la cafetería, de repente Nuria se me acerca, lanzando su ataque habitual.

¿Aburrido? insiste, poniendo deliberadamente su escote en evidencia.

No, estoy comiendo responde Jaime, algo incómodo.

Pues me siento contigo, ¿te importaría?

Nuria ni espera respuesta y empieza a divagar sobre coches. A Jaime se le iban los ojos buscando escapatoria.

Al final, cuando vio a Nico, de ventas, apuró el café y murmuró una excusa para marcharse con él.

Vi cómo Nuria se quedaba mordida, llena de rabia.

Esa tarde salí tarde de la oficina. Ya apenas quedaba luz en las calles de Madrid y eso me dio un poco de inquietud. Era raro, normalmente no me da miedo volver a casa, pero quizás el aire de octubre, frío y silencioso, me puso nerviosa. De pronto, unos chicos me cerraron el paso.

¿Dónde vas tan deprisa, guapa? ririeron.

A casa contesté con serenidad fingida aunque tenía el corazón en un puño.

Ven con nosotros uno me cogió del brazo.

Y entonces, escuché la voz de Jaime:

Marta, espera, ¡espérame!

Me giré y le vi acercándose rápido.

Por fin te encuentro, Marta. Chicos, disculpad, viene conmigo.

Noté cómo me ayudaba a salir del círculo de esos tipos, nos lanzamos rápidamente hacia la Calle Goya, iluminada y llena de gente.

Qué alivio.

Más tarde, ya en una cafetería, me confesó entre risas que tampoco esperaba que volviera a buscarle.

¿De verdad pensabas que te iba a dejar ahí? le pregunté yo.

Charlamos sobre todo: desengaños familiares, aspiraciones, sueños. Caminamos juntos hasta mi portal.

No eres como los demás hijos de empresarios, Jaime.

¿Tú qué sabes de los hijos de empresarios? rió él.

Francamente, nada.

Ni yo quiero quedarme en la empresa. Yo soy programador me confesó.

¿Y tu padre lo sabe?

Se lo he dicho, claro. Pero no quiere entenderlo. En fin Nos dimos un beso en la mejilla y se marchó.

Siguiente día, salí tarde otra vez. Corría hacia la oficina porque el despertador no sonó. Al llegar, Nuria chismorreaba con la de administración:

Ayer vi a Marta por ahí, y, ¿sabéis con quién? ¡Con Jaime! Están juntos, fijo.

Le lancé una mirada de desprecio.

¿Y qué pasa? Salgo con quien quiero le contesté fría.

¿Qué le verán estos chicos a una ratita gris como tú?

Tal vez me aprecien la cabeza le respondí, caminando hacia mi despacho.

Pero tampoco llegué; Don Álvaro me atajó en la puerta:

Llegas tarde, Marta. Ven, tenemos que hablar.

Mi corazón se aceleró.

Nos sentamos y estuve en silencio mientras él daba vueltas al despacho.

Por fin habló:

Te has metido con el chico equivocado. Quiero que recojas tus cosas. Estás despedida.

Me quedé helada. Media hora después, salí del edificio con una mezcla de rabia y risa amarga.

¡Marta! me llamó Jaime, corriendo hacia mí.

¿A dónde vas?

A casa. No me queda otra.

No te preocupes me dijo. Don Álvaro va a recomendarte a amigos suyos. Ya verás que pronto encuentras algo mejor.

Ojalá. Todo pasa por algo le respondí mientras intentaba esbozar una sonrisa.

Yo tampoco pienso volver ahí. Sólo iba porque estabas tú. Jaime sonrió. Tengo un pequeño estudio que compré en Madrid, ¿por qué no vienes a vivir conmigo?

Pasaron los meses.

Mi padre y mi madre llegaban corriendo a la entrada de la maternidad de La Paz.

La culpa es tuya por consentirle siempre todo refunfuñaba él. Así está ella, haciendo siempre lo que le da la gana.

Pues bendito resultado, Víctor decía mamá con gesto triunfal. Nuestra hija ha buscado su camino, su amor y acaba de ser madre de una preciosa niña.

Eso sí, casarse en secreto ¡ni una palabra nos dijo!

Bastante que nos avisó del nacimiento y nos invitó a la salida del hospital, abuelito rió mamá.

Mientras esperaba, mi padre reconoció en el pasillo a un conocido, un proveedor suyo.

¡Hombre, Santiago! ¿Tú también por aquí?

Los dos se dieron la mano.

¡Otra niña para nuestra familia! dijo Santiago.

¡Igual que nosotros! Mi hija, Marta, acaba de ser madre anunció mi padre, orgulloso.

En ese momento, salieron Jaime y yo. Llevaba a nuestra hija envuelta en una mantita.

Los dos padres corrieron a recibirnos, se miraron y, tras preguntarse si de verdad éramos nosotros, rieron a carcajadas:

¡Así que tu hija es su nuera y mi hijo tu yerno!

Y yo pensando que acabaría con un pobretón

Y yo, criticando a mi hijo por andar con una don nadie

Al final, es cierto eso de que el dinero llama al dinero refunfuñó mi padre.

Pero mamá intervino:

¿Qué dices? Nuestros hijos no recibieron nada regalado. Todo se lo han ganado con trabajo y cariño. Y si acabaron juntos, fue puro destino.

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Ratón gris
El testamento del hijo menor