Hace ya dos años, empecé a preparar mi maleta. La mía y la de mi hijo. Coloqué la sillita en el coche, esa especial para viajar seguro. Metí un pequeño calefactor, por si acaso. Conduje hasta el juzgado de familia en Salamanca para recoger la resolución de la tutela.
Unas horas después, iba de camino a la habitación de mi hijo. Era el día en que nos volvíamos a reunir. Durante toda la semana, había hecho 60 kilómetros de ida y vuelta para poder verle y regresar a casa. Una semana muy larga, interminable.
Entonces era tan pequeño. Solía tumbarlo boca abajo, en la manta, y soñaba que dormía dentro de mí, como si siempre hubiera sido mío. Seguramente él sentía lo mismo. En esos momentos se quedaba tranquilo, sosegado.
En España, los que han adoptado hijos llaman a esto el Día de la Cigüeña. Ese día en que la familia recibe finalmente al niño tan esperado y deseado, y toda la casa se llena de alegría. Los padres sienten que su vida tiene finalmente sentido, y el niño encuentra por fin unos padres. Tiene esperanza de una vida normal.
Para mí, con mi hija, tardé varios meses en sentirla mía de verdad, en aceptarla. Con mi hijo fue todo mucho más rápido. Enseguida tuvo un hueco irremplazable en mi corazón. Y también en mi casa. Aún hoy no alcanzo a comprender cómo su madre pudo tomar esa decisión, renunciar a él. Ni siquiera se despidió, ni lo miró una sola vez antes de marcharse. Si lo hubiera hecho aunque solo fuera una vez, quizás habría cambiado algo. Es que era imposible no quererle. Tal vez estaba escrito así. Estaba destinado a ser mi hijo.
A él le llamo mi pequeño milagro. Tiene carisma, una luz especial. Ojalá crezca feliz, con esa alegría que le caracteriza. Mi Eric. Es un verdadero honor ser tu padre.
Hoy he aprendido que el amor no siempre nace de la sangre, pero sí se asienta para siempre en el corazón.







